El asesinato de Lorca a través del libro que rompió con el mito de que "ningún granadino tuvo que ver con el crimen"
La editorial Almuzara recupera Los últimos días de García Lorca de Eduardo Molina Fajardo. Una completa investigación que provocó el cisma entre los granadinos y que ahora vuelve a ver la luz.
Editorial: Almuzara
Año de publicación original: 1983
En 1980 el programa La Clave de TVE dedicó un debate al asesinato de Federico García Lorca en el que participó el poeta Luis Rosales, amigo íntimo y una de las últimas esperanzas del escritor de salvarse de la represión tras el Golpe de Estado. España dejaba las vestiduras del franquismo y se intentaba acomodar el sayo de la modernidad. Una modernidad que empezaba por recuperar las investigaciones sobre la muerte de una de las figuras más importantes de su literatura.
Durante el coloquio, Rosales afirmó que, cuando Federico decidió dejar Madrid y marchar a Granada, este "se iba a un peligro". Aquel peligro terminó por asesinarle cruelmente en algún lugar entre las localidades de Víznar y Alfacar. Dos décadas antes, el periodista granadino, Eduardo Molina Fajardo, comenzó una investigación que trataba de recuperar la memoria de sus vecinos, protagonistas y testigos del crimen.
Provocó denuncias y el estupor entre quienes vieron su nombre entre los posibles captores, conspiradores y asesinos del escritor
Lo hizo en Los últimos días de García Lorca, publicado póstumamente y eclipsado por la del hispanista irlandés, Ian Gibson y su obra La muerte de Federico García Lorca. Cuando la editorial Plaza y Janés adquirió los derechos de la segunda —que no vio la luz hasta casi 8 años después en nuestro país, editándose antes en París, en 1971, por la editorial Ruedo Ibérico— y dejó sin reedición a esta, a pesar de la importancia de la obra del periodista español.
Hoy, la editorial Almuzara recupera este texto, en una edición preparada por Fernando Molina González, hijo del periodista. Un libro con decenas de entrevistas con quienes vieron o vivieron el suceso, así como gran cantidad de documentos de la época transcritos y escaneados. Un libro que ya en su momento causó una conmoción tan grande en la ciudad andaluza que provocó denuncias y el estupor entre quienes vieron nombres familiares entre los supuestos captores, conspiradores y asesinos del escritor.
En su Granada
Eduardo Molina Fajardo comienza su relato en los días previos al Golpe de Estado. El poeta se encontraba en Madrid cuando ocurrieron los asesinatos del teniente Castillo y Calvo Sotelo, hechos que terminarían por incendiar y precipitar el conflicto. En esos días, Lorca desoyó los consejos de sus amigos que iban desde el novelista Agustín de Foxá al ministro Fernando de los Ríos, quienes insistían en que la capital era un refugio más seguro que su Granada.
Federico cogió un tren nocturno el día 13 de julio de 1936, el mismo día del asesinato de Calvo Sotelo, para ponerse él en camino a citarse con su propio destino. Se alojó en la casa familiar de la Huerta de San Vicente, aunque no por mucho tiempo. La visita de un grupo de golpistas, violenta y realizando unas supuestas 'pesquisas policiales', terminó por confirmarle al poeta que la casa no era segura y que estaba en grave peligro.
Lorca desoyó los consejos de sus amigos que insistían en que la capital era refugio más seguro que Granada
En los días previos a la salida de Federico de la Huerta, Fajardo reconstruye la llegada de Alfredo Rodríguez Orgaz a la casa familiar. A principios del mes de agosto, este joven arquitecto buscó entre los Lorca un refugio mientras huía de los fusilamientos que ya se estaban dando en Granada. Según esta crónica, intentó convencer al poeta de que escaparan juntos, aunque este se negó. Orgaz consiguió refugio en la zona republicana para contar años después esta misma historia.
Unos días más tarde, los Lorca se reunieron para decidir qué hacer con el poeta. El joven Luis Rosales estaba presente en esa reunión, no participó pero escuchó atentamente al clan deliberar cuál era el mejor lugar para esconderle. Decidieron que la casa de los Rosales, en la calle Angulo, era el lugar más seguro por tratarse de 'camisas viejas' de la Falange. Ligero de equipaje, Federico se dirigió hasta allí acompañado de su amigo. Es el último hogar que conoció antes de su detención y asesinato.
"Ningún granadino tuvo que ver en su muerte"
Volvemos a 1980 y al escritor Luis Rosales recostado en su asiento del plató de RTVE. El poeta hace memoria de su amigo y sentencia el pacto de silencio de la Granada posterior a la muerte del escritor: "Ningún granadino tuvo que ver en la muerte de Lorca".
Los cambios de plano nos devuelven la imagen del propio Gibson, quien ya había publicado su famoso monográfico sobre la muerte del poeta. La frase de Rosales entraría en contradicción con la versión de Fajardo tan solo tres años después de que la recogiesen los micros de la televisión pública española. Cuando vio la luz Los últimos días de García Lorca, surgieron los nombres, granadinos muchos, de conspiradores, denunciantes, testigos y demás personas que estuvieron, vieron o hicieron aquel agosto del 36.
"Ningún granadino tuvo que ver en la muerte de Lorca"
Gibson ya aludió a uno de los elementos más controvertidos sobre la muerte de Lorca en su investigación, aquel que afirmaba que fue su propia hermana la que reveló su paradero cuando vio que los agentes intentaban detener al patriarca de la familia: "¡Mi hermano no está huido! Está en casa de un amigo". Aunque solo fuesen habladurías, con la Transición se iba rasgando esa línea de lealtades granadinas a las que aludía Rosales en 1980.
La crónica de El País del 21 de enero de 1983 recoge lo que ocurrió durante la presentación del libro en el palacio de la Madraza. Hasta allí fueron "varios centenares de personas, que abarrotaron hasta los pasillos y escaleras exteriores de la sala", demostrando el interés que el asesinato de Federico ya generaba en ese momento.
El periodista granadino Juan Bustos estuvo a cargo de uno de los discursos en el que aludió a que la demora para publicar de Fajardo se debía a que "era granadino y sabía que su libro estaba llamado a alterar la tranquilidad de ciertas gentes después de mucho tiempo". Tanto retrasó su salida por ese miedo quizás, que murió antes de terminarlo y fueron su viuda e hijos los encargados de completarlo de forma póstuma.
Fueron la viuda e hijos de Fajardo los encargados de completarla de forma póstuma
Su publicación vino acompañada por la denuncia de Rafael Martínez Miranda, redactor de El Ideal, a la viuda del autor, cuyo padre fue señalado en el libro como uno de los responsables del arresto y posterior ejecución del escritor. Una querella criminal de la que desistió a cambio de que el nombre fuese eliminado en su segunda edición de Los últimos días de García Lorca. Aunque ya se ponía de manifiesto todo lo que estaba por venir todavía en materia lorquiana dentro de la ciudad.
Amigos y enemigos
Los testigos consultados por Eduardo Molina Fajardo recuerdan un gran despliegue policial en torno a la casa de los Rosales el 16 de agosto de 1936. Calles cortadas y Guardias de Asalto en cada esquina y tejado. Temían que Federico pudiese escapar y no querían dejar ningún cabo suelto, una versión que se contradecía con otra que describía una operación policial casi improvisada: Fajardo es claro, sabían lo que hacían.
El granadino pone el peso de la operación sobre un grupo conformado por miembros de la CEDA —el partido político de Gil Robles de corte ultraderechista—. Fajardo señaló a Ruiz Alonso, Federico Martín Lagos y Juan Luis Trescastro como perpetradores de la detención bajo este signo, este último era el propietario del Oakland negro que esperaba aparcado en la puerta de la calle Angulo.
Los hermanos Rosales intentaron ejercer presión dentro de Falange y se presentaron en el edificio con varios Camisas Azules, intentando evitar el asesinato de su amigo
El poeta fue enviado al Gobierno Civil de Granada para declarar, aunque a partir de ahí los hechos se precipitaron rápidamente. El periodista recogió cómo los hermanos Rosales intentaron ejercer presión desde la Falange y se presentaron en el edificio con varios Camisas Azules, intentando evitar el asesinato de su amigo, aunque resultó inútil.
El libro describe las casualidades que llevaron a que la cadena de mando se declinase en favor de su traslado a Víznar, a la Casa de Colonias, convertida ya en esos días en prisión improvisada. Una de estas razones era la victoria política y simbólica que representaba para la CEDA la detención de un amigo de los Rosales en su propia casa, considerada casi la sede de Falange en la ciudad, según Fajardo.
Una de estas razones era la victoria política y simbólica que representaba para la CEDA la detención de un amigo de los Rosales
La ausencia del gobernador de la ciudad y la supuesta llamada atribuida por Gibson de Queipo de Llano con la consigna "dadle café, mucho café", habría sido el código final para condenarle a muerte. Fajardo se opuso con sus pesquisas y más de 40 entrevistas a las versiones que afirmaban que pasó hasta 48 horas detenido, poniendo especial énfasis en la celeridad con la que fue trasladado y ejecutado "en las primeras horas del 17 de agosto de 1936", fechando así su asesinato que Gibson coloca el día 19.
Palabras del Caudillo
En agosto de ese mismo año, el Cuartel General de Salamanca escribió al gobierno de Granada pidiendo explicaciones de las circunstancias de la ejecución y sus motivaciones. La España republicana se preguntaba por qué se había asesinado al poeta y los medios internacionales ya se hacían eco del crimen.
En el año 1965, por presiones de la escritora francesa Marcelle Auclair, la embajada gala pidió un informe sobre las circunstancias en las que se dio el asesinato de Lorca. Hasta entonces, la versión oficial franquista afirmaba que este murió "mezclado con los revoltosos", en lo que el propio dictador tildaba, en declaraciones en 1937, de "accidentes naturales de la guerra", recogidas más tarde en el libro Palabras del Caudillo.
La versión oficial franquista afirmaba que Lorca murió "mezclado con los revoltosos"
Aquel informe lo completó la policía de Granada y no contaba con información que se desmarcase de la 'oficial' dada hasta el momento, aunque se reconocía, por primera vez, que fue asesinado en 1936 por las fuerzas sublevadas. Se incluyeron además las distintas acusaciones que se vertían sobre él, como la de masonismo y pertenencia a la logia 'Alhambra' con el nombre de Homero, cuestión que Fajardo desmintió a través de entrevistas a sus miembros.
También su relación con la 'Asociación de Amigos de la Unión Soviética', cuya membresía había sido registrada junto con un recibo de cinco pesetas por su afiliación. Así continúan los cargos que mencionan la amistad con políticos del Frente Popular. El texto incluye también la cuestión de la homosexualidad del escritor, añadiendo que se trataba de "vox populi" en el informe, aunque "sin denuncias previas".
Se reconocía, por primera vez que fue asesinado en 1936 por las fuerzas sublevadas
Fajardo menciona la cuestión de la homosexualidad del poeta de forma muy somera, se preocupa más por hacer un perfil psicológico de Lorca en el que le muestra asustadizo y débil, un ser casi enfermo y que se siente más cómodo en las conversaciones y reuniones de salón que en cualquier otra circunstancia. Suponemos que no era relevante desde su tiempo mencionar una cuestión que será el centro, junto con su afiliación política, de las investigaciones en torno a su asesinato las décadas siguientes.
"Un tiro por maricón"
Hay aquí una cuestión que Ian Gibson recogió años antes, en una cita atribuida a Trescastro, uno de sus captores, escuchada por los parroquianos del café del Pasaje: "Yo mismo le he metido dos tiros por el culo por maricón". La cita tiene un lugar anecdótico, en un pie de página en la investigación de Fajardo, aunque con su contenido modificado: "Acabamos de matar a Federico García Lorca, y el tiro de gracia se lo he dado yo". Misma fanfarronería, contenido muy distinto.
En lo que están de acuerdo todos cuantos trataron con Trescastro es en que era "un bocazas" —en palabras de Gibson— y que dicha frase respondía más a alguien que "cuando se tomaba unas copas no sabía ni lo que decía". Este último entrecomillado pertenece a Ruiz Alonso, quien estuvo con Trescastro en la detención y fue entrevistado por Fajardo en los años 70.
"Yo mismo le he metido dos titos por el culo por maricón"
A este volumen que se reedita ahora se le añaden las transcripciones y documentos históricos que el periodista consultó en su investigación. Las entrevistas, realizadas durante décadas, recogieron las dificultades a las que se enfrentó su autor a la hora de elaborar su crónica.
Cada cual recordaba y ponía el foco en su inocencia. A Alonso le preocupaba, en 1973, la memoria de sus compañeros muertos y el "deber cristiano de modificar lo que contestaba" en un cuestionario que languideció durante años antes de tener respuesta.
Quienes se vanagloriaban del asesinato de Lorca o participaron sin miramientos fueron cambiando de versión mientras el Régimen languidecía
Luis García-Alix, unos años antes desmiente en estas entrevistas la versión de Alonso para desaparecer del imaginario del asesinato, llegando a incluso a intentar hacerlo del Batallón Pérez del Pulgar, el cuerpo de origen cedista formado tras el Golpe con el objetivo de 'purgar' a elementos republicanos de forma sumaria en la ciudad andaluza. Tanto se distanció que afirmó no haber conocido al poeta en persona, o que su "interés por la política y el levantamiento fueron muriendo a medida que avanzaba la contienda".
Hay una pequeña historia dentro de la historia. Quienes se vanagloriaban del asesinato de Lorca o participaron sin miramientos fueron cambiando de versión mientras el Régimen languidecía. Se convierte en ignominia lo que antes se premiaba. Buena cuenta de ello lo da todo lo que a partir de la década de los 70 se empezó a publicar sobre el asesinato del escritor.
Los últimos días de Lorca
Los últimos días de García Lorca ha sido durante años un libro "de referencia pero de muy difícil acceso", como afirma Ángeles González, viuda del escritor, en su prólogo. Hoy podemos volver a disfrutar de una obra que tuvo fuentes de lujo, que cuenta además con la implicación de un autor que amaba profundamente su ciudad y su cultura. Tanto fue así que no quiso ver en vida el efecto que la verdad tendría entre sus vecinos.
Hoy nos asomamos a una investigación que brilla más por su documentación que por sus conclusiones, escasas y comedidas sobre el asesinato del escritor
Hoy nos asomamos a una investigación que brilla más por su documentación que por sus conclusiones, escasas y comedidas sobre el asesinato del escritor. Leemos por tanto sus consideraciones través de un trabajo al que dedicó dos décadas, con el tesón de intentar hablar con quienes llevaban callando desde aquel vergonzoso agosto de 1936 que nos arrebató al autor del Romancero gitano.
Fajardo recurre a veces a un lenguaje lorquiano, a un juego de símiles entre su poesía y su vida. No sabía el periodista la fascinación y rabia que el asesinato del poeta seguiría causando en nuestra memoria. No conocería las mil trabas y problemas que el relato seguiría generando 90 años después de los hechos. Todavía sin huesos ni fosa; sin nada más que esa memoria frágil que vive en un mundo que es hoy más lorquiano que el que el propio Lorca vivió.
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