Detalle de la portada 'Un día en la vida de Clarita' | Alfaguara

Clarita lleva treinta años sin que nadie la vea pero Rosa Montero le da 144 páginas y el resultado es demoledor

La Premio Nacional de las Letras Españolas regresa con un torrente narrativo sobre una mujer que lleva treinta años siendo ignorada en su trabajo. Hoy es su último día. Y el primero en que alguien va a tener que mirarla de verdad.

 |   | 25/09/2026

Rosa Montero

Editorial: Alfaguara

Año de publicación original: 2026

Clarita se despierta un minuto antes de que le suene el despertador. Siempre. Lleva treinta años haciéndolo a esa hora. El cuerpo ya no necesita señales externas: ha interiorizado la rutina hasta convertirla en algo parecido a la identidad. Se ducha, se viste, desayuna de pie y sale de casa con la puntualidad de quien sabe que si llega tarde alguien lo notará. Y que si llega pronto, nadie.

Clarita lleva treinta años siendo invisible. Hoy es su último día. Y va a ser el primero en que alguien la vea

Así arranca Un día en la vida de Clarita, la última novela de Rosa Montero. Y en esas primeras páginas ya está todo lo que importa: una mujer de sesenta y cinco años que lleva tres décadas siendo invisible en el banco donde trabaja, que ha aprendido a ocupar el espacio mínimo, a no molestar, a ser el blanco de las bromas de sus compañeros con la resignación de quien ha normalizado el maltrato —tanto en el trabajo como en el hogar—.

Hoy es su último día antes de la jubilación. Debería ser un día sin importancia. No lo va a ser.

Un regalo envenenado

Rosa Montero lleva casi cincuenta años escribiendo y publicando. Desde Crónica del desamor en 1979 hasta hoy, ha firmado más de veinte novelas, varios ensayos, una obra periodística descomunal en El País y recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2017. Es, sin discusión, una de las escritoras más importantes de la literatura española contemporánea.

Rosa Montero lleva casi cincuenta años escribiendo y publicando

Y también una de las que más ha variado de registro: ciencia ficción, thriller, ensayo personal, novela histórica. Lo que no ha variado nunca es la pregunta que subyace en toda su obra: ¿qué hace una persona cuando la vida la empuja al límite?

Un día en la vida de Clarita es su respuesta más comprimida y también más explosiva. Ciento cuarenta y cuatro páginas. Sin capítulos. Un torrente narrativo que no da respiro porque Montero sabe perfectamente lo que hace: si el lector respira, piensa. Y si piensa, puede anticipar lo que se viene. El ritmo sin pausas es una decisión estructural, no estilística. Es una trampa bien tendida.

La página 61

Las primeras sesenta páginas son una acumulación cuidadosamente orquestada. Montero va construyendo el ambiente de la oficina con una precisión casi entomológica: los compañeros que ignoran a Clarita, el jefe que la humilla con la sonrisa de quien sabe que puede permitírselo, la sensación de que ese banco es un ecosistema cerrado con sus propias jerarquías y sus propias crueldades. El lector va asimilando todo eso como contexto, como telón de fondo. No sospecha que es el detonador.

Algo ocurre en la página sesenta. Y la novela que creías estar leyendo se convierte en otra

Algo pasa en la página sesenta y uno. No vamos a decir qué. Lo que sí podemos decir es que ese algo obliga a Clarita a tomar una decisión. La primera decisión real de su vida adulta. Y que a partir de ese momento la novela que creías estar leyendo se convierte en otra. Una que no esperabas pero que, si lo piensas bien, Montero llevaba construyendo desde la primera línea.

La propia Montero lo resume con una imagen perfecta: podría ser el cuento del patito feo que deviene en cisne, pero se parece más al de una insólita rana transmutada en tiranosaurio. Eso es exactamente lo que es. No una historia de redención dulce sino de transformación violenta. De alguien que descubre, demasiado tarde pero justo a tiempo, que tenía una fuerza interior bloqueada por malas personas.

La herencia de Carmen Martín Gaite

Hay algo en la construcción de tensión de esta novela que recuerda a Carmen Martín Gaite: esa manera de hacer que lo cotidiano resulte amenazante, de convertir una oficina de banco en un espacio tan claustrofóbico como cualquier cripta. Montero no necesita monstruos ni villanos de cartón. Le basta con el jefe que sonríe demasiado y el compañero que ríe las gracias de todos. El horror de Un día en la vida de Clarita es completamente reconocible. Y por eso funciona.

Es la historia de alguien que descubre, demasiado tarde pero justo a tiempo, que la rabia también es una forma de inteligencia

También hay algo de Paco Roca o Javier Cercas en el manejo de la tensión y la intriga, aunque Montero la subordina siempre a la psicología del personaje. Lo que le importa no es el suceso sino lo que el suceso activa en Clarita. La pregunta que Montero lleva cincuenta años haciendo en sus novelas: ¿hasta dónde puede llegar una persona? La respuesta, esta vez, llega en ciento cuarenta y cuatro páginas sin respiro. Y deja al lector con la extraña sensación de haber estado conteniendo el aliento sin darse cuenta.

Puede que Un día en la vida de Clarita no parezca el libro más ambicioso de Rosa Montero, pero es uno de los más redondos.

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