Detalle de la portada de 'No sé hablar del mar' de Javier Correa Román | Demipage

Cómo contar la historia de un maltrato a través de los ojos de un niño en una de las novelas del año

En No sé hablar del mar, Javier Correa Román construye un relato en torno a la violencia desde la perspectiva de un niño. Un libro duro e incómodo que trata de escapar de su propia complejidad a través de la poética.

 |   | 02/06/2026

Javier Correa Román

Editorial: Demipage

Fecha de publicación: 2025

Los personajes de No sé hablar del martienen miradas de "cable pelado" o "silla abandonada". En su infancia, juegan "a que no pase nada", enumeran las líneas de autobús de Madrid y la noche se les mete dentro del cuerpo hasta que dejan de dormir. No hablan en verso pero la poesía se les pega porque es la única forma de nombrar lo que viven a medida que crecen.

Javier Correa Román publica una novela escrita en clave de prosa poética, que entra de lleno en la temática de la violencia intrafamiliar y lo hace desde una perspectiva tan infantil como lúcida. Una obra escrita con el convencimiento de que quienes están al otro lado también son capaces de hacerse lo suficientemente pequeños como para caber a través de sus menos de cien páginas y así comprender a sus protagonistas.

1- Plaza de Cristo Rey - Prosperidad

En La Ilíada o el poema de la fuerza, Simone Weil dedica una parte a los hombres que han sido convertidos en cosas, privados de su humanidad por la violencia que otros han ejercido sobre ellos: "Es una muerte que se estira a todo lo largo de una vida; una vida que la muerte ha congelado mucho antes de suprimirla".

Esa es la vida que parecen transmitirnos sus dos protagonistas, Dani y su hermano, víctimas de un mal que se cocina en los hogares y que sienta a la mesa de la barbarie a todos sus comensales. La narra su hermano, quien encuentra imágenes en los "dedos de caracol" del pequeño para hablarnos del miedo que instiga su padre y que le agarrota los músculos de puro temor.

Víctimas de un mal que se cocina en los hogares y que sienta a la mesa de la barbarie a todos sus comensales

Un miedo que cada miembro de la familia materializa de una forma distinta. El de su madre, que convive con la bestia que transforma su vida, que le insufla la crueldad y que continúa un ciclo sin fín. Cada miembro de la familia acaba buscando la forma de transmitir la desdicha que han heredado desde el progenitor hasta el más pequeño e indefenso de todos ellos, quien más sufre las consecuencias.

Por eso, cuando empiezan los golpes y los gritos y las amenazas del vecino de llamar a la policía, los dos hermanos se encierran para nombrar todas las líneas de autobuses que conocen, una a una, como si se prometiesen escapar en alguna de ellas o pudiesen alejarse a medida que las van invocando.

Cómo desaparecer completamente

Mientras ambos crecen, los juegos cambian y les separan. Los hermanos que estaban siempre unidos se convierten en extraños, como si sintiesen la vergüenza de haber compartido palizas y gritos. El lenguaje poético, infantil e insospechado de los primeros capítulos se transforma en la literalidad más adulta, emulando la misma violencia engendrada en la infancia.

La rabia hacia una madre que no supo revolverse y cambiarlo todo, contra el hermano que se va apagando y haciendo cada vez más frágil, contra uno mismo por conservar la forma de los palos recibidos en la infancia, por haberse amoldado a ella. Y así un largo etcétera de rotos y descosidos que van construyendo las frustraciones adultas, el mirar atrás con rabia de los traumas de la infancia.

'No sé hablar del mar' se transforma a medida que leemos

No sé hablar del mar se transforma a medida que leemos, como un ejercicio de equilibrio entre la literalidad de sus metáforas y todo cuanto encierra realmente. Porque el lenguaje sirve a su autor precisamente para esconder ciertas cosas, crear un trampantojo que se mueve a la misma velocidad que la capacidad de nombrar de sus protagonistas.

Así, su protagonista va perdiendo esa capacidad infantil de convertir la realidad en otra a placer. El escapismo habitual de la infancia que convierte las situaciones más lúgubres en escenarios de juego a los que, como adultos, no nos está permitido regresar.

No sé hablar del mar

Explicaba Javier Correa Román durante la presentación de No sé hablar del mar en la librería Pérgamo, que su motor inmóvil literario fueron Los salmos fosforitos de Berta García Faet. Antes de escribir, dedicaba unos minutos a leerlo para coger la velocidad de crucero, el tono y la intención que buscaba para este libro.

Recuerda por momentos al Opoponax de Monique Wittig, intentando hacer del lenguaje más pueril una clave nueva con la que nombrar lo indecible con cierta valentía infantil.

Compuesto en las notas del móvil y recopilado a lo largo de varios meses, fue la lectura de sus amigas la que fue dándole forma. Escuchando dónde y cuándo se quebraba la atención o aparecía el llanto. Solo así, logra su autor construir un texto ágil, que podemos recorrer varias veces, con distintos grados de atención y, como los traumas, revisitar cuantas veces queramos en busca del momento exacto en que todo se quebró.

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