Juventudes hitlerianas en 1936 desfilando en el Campamento Siegfried (Long Island), el mayor campamento de este tipo en Estados Unidos. | Alamy

Cuando los nazis inundaron de propaganda Estados Unidos (y ya nunca más se marcharon)

Con el ascenso de Hitler, los Estados Unidos fueron invadidos de desinformación y propaganda nazi que trataba de tumbar las instituciones democráticas. Hoy recorremos ese capítulo con Precuela, de Rachel Maddow.

 |   | 19/03/2026
Rachel Maddow

Traductora: Laura Carasusán

Editorial: Capitán Swing

Fecha de publicación original: 2023

Es 1938 y dos jóvenes rubios, vestidos de lo que podría ser un uniforme de boy scouts levantan una bandera en el centro de un campamento de verano. La estampa, típicamente americana, cambia radicalmente cuando la bandera negra con la cruz gamada empieza a ondear al viento. No es Baviera, Austria ni los Sudetes, son niños estadounidenses y el aire que la mece es el de Nueva Jersey.

Durante los años 30, los Estados Unidos vivieron una amenaza silenciosa, la del nazismo

Durante los años 30, los Estados Unidos vivieron una amenaza silenciosa, la del nazismo que se fue abriendo paso dentro de la sociedad norteamericana. Los hijos del Reich al otro lado del Atlántico prepararon durante más de una década atentados, campañas de odio y desinformación que fue financiada por la cancillería de Hitler. Una estrategia de nazificiación de los Estados Unidos que funcionó con el beneplácito de las instituciones democráticas del país.

En Precuela, Rachel Maddow recorre la desconocida historia de estos grupos. Un relato ágil que viaja por más de una década de historia y dibuja un triste itinerario hasta nuestros días: el de la enfermedad del fascismo en nuestras instituciones. Una época en la que el águila calva estadounidense se fue haciendo cada vez más negra, a medida que la esvástica sobrevolaba las conciencias de millones de estadounidenses.

Y justicia para todos...

Podríamos preguntarnos cómo el país de la "libertad" que luchó codo a codo con las potencias europeas por la erradicación del nazismo, pudo ser inspiración para el mismo. Pero la respuesta está en el corpus legal del país norteamericano. A mediados de los años 30, con el Reichstagtomado por el Partido Nacionalsocialista, Estados Unidos se convirtió en un faro para los legisladores alemanes.

El propio Ministerio de Asuntos Exterior alemán, en 1933, envió al abogado Heinrich Krieger a la Universidad de Arkansas precisamente para estudiar las entretelas más racistas de su jurisprudencia. Fruto de aquella investigación publicó un libro Legislación racial en Estados Unidos, donde Krieger exponía que la "protección de la raza" había sido uno de los pilares principales de la construcción de la estructura legal del país.

Las leyes de segregación racial del país americano se convirtieron en algo a imitar para Hitler

Las leyes de segregación racial del país americano se convirtieron en una consigna a imitar para la Alemania de Hitler. Entre 1876 y 1877, en el periodo de Restauración, con la población negra liberada de la esclavitud, las instituciones políticas del país (blancas y racistas en su mayoría) crearon las leyes de Jim Crowe para la segregación racial. Desde ese momento, las personas no blancas debían utilizar entradas diferenciadas, locales específicos y hacer una vida anexa a la de la población aria.

La forma en que todo esto se consiguió, interesó enormemente a figuras como la de Hans Globke, artífice de las Leyes de Nuremberg que en 1935 dejaron a los judíos en la categoría de ciudadanos de segunda y sin la posibilidad de abrir negocios, practicar su fe o incluso mantener sus propiedades. Según Maddow, los nazis envidiaban la forma en que aquel país había gestionado la existencia de los nativos americanos: sin derechos y encerrados en reservas dentro del país.

Enamorados de Hitler

A mediados de los años 20, el crack de la bolsa y la dust bowl habían dejado a millones de estadounidenses en la estacada. El paro, el hambre y la desesperación llevó al gobierno de Roosevelt a aprobar un paquete de medidas, el New Deal, con el que paliar la situación de millones de ciudadanos por primera vez en la historia de su economía. Para muchos estadounidenses de cabellera rubia y ojos azules, aquellas medidas intervencionistas eran sinónimo de comunismo y por ende de problemas.

Bernard Shaw llegó a decir de Viereck que era un genio además de "un tarugo integral"

No es de extrañar que, al son de la oposición a las políticas de Washington, surgieran debajo de cada piedra voceros del Reich. El primero y más célebre fue George Viereck, escritor, diletante y un enamorado de Hitler. Bernard Shaw llegó a decir de él que era un genio además de "un tarugo integral". A pesar del moderado éxito que cosecharon sus obras, lo que más célebre le hizo fue su interés en blanquear el nazismo dentro de Estados Unidos.

Colaboró con medios afines al Reich en Estados Unidos, llegando a entrevistar al Káiser Guillermo II, exiliado en Holanda tras la Guerra Mundial que él mismo provocó; pero también a Hitler en un artículo muy difundido en la década de los 40, explicando las mismas mentiras que ya campaban a sus anchas por Alemania. El castillo de naipes que construyó Viereck se desmoronó cuando se descubrió que había recibió millones de dólares del Ministerio de Asuntos Exteriores nazi para espiar a su país.

¡Heil Henry Ford!

El multimillonario y fundador de la marca de automóviles Ford, Henry Ford, tuvo mejor suerte. Dio pábulo a todas las teorías antisemitas que apuntaban a una conspiración global para sumir a los Estados Unidos en el comunismo sin percibir ninguna represalia por ello. En la década de los 20, su semanario, el Dearborn Independent, publicó semanalmente Los Protocolos. Una serie de teorías que apuntaban a los judíos como conspiradores comunistas en todo el globo.

El propio Hitler colgó la fotografía de Henry Ford en su despacho

Quien le facilitó el texto a Ford y a su secretario, Ernest G. Liebold, fue Leslie Fry, colaboracionista e instigadora de odios varios en el país. Dos años pasaron estos hombres fascinados por sus falsedades, dividiendo en más de 90 entregas las mentiras que allí se diseminaban y que abarcaban temas tan variados como el sexo, la música jazz y la política, todo bajo la insignia del más flagrante antisemitismo.

Para 1921, el panfleto estaba más que desmontado como falso. Pero ni Ford ni Liebold se echaron atrás y siguieron publicando sus mentiras e incluyéndolas como obsequio en el asiento del copiloto de cada modelo de coche que la empresa vendía. La noticia debió de correr como la pólvora, porque el propio Hitler, entrevistado por un medio americano antes de convertirse en canciller, colgó la fotografía del magnate en su despacho de las oficinas del Partido Nacionalsocialista.

California über alles

Un rápido vistazo a la demografía estadounidense hacia 1930 muestra una población mayoritariamente blanca y orgullosamente germanoestadounidense. Un siglo de migraciones había dado lugar a una ciudadanía que no veía la palidez alemana como algo ajeno.

La mayoría se concentró en el sur de California y no fue de extrañar que cuando Leon Lewis, un veterano de la Primera Guerra Mundial, oyó hablar sobre cómo otros compañeros habían sido movilizados en torno a organizaciones nacionalsocialistas, todas las alarmas saltasen.

Los Camisas Plateadas llevaban ya varios años operando por todo el país. William Dudley Pelley, su fundador, primero intentó ganarse la vida como escritor y cuando fracasó estrepitosamente empezó a inventar historias paranormales que fascinaron a sus seguidores, mezclando la venida de Jesucristo con el ubermensch de Nietzsche en un pastiche digno de un telefilm.

Dudley Pelley mezcló la venida de Jesucristo con el ubermensch de Nietzsche para ganar adeptos

Pero los Camisas Plateadas no eran ningún chiste. Estas tropa de choque se inspiraron en las SA hitlerianas para formar células cívico-militares por todo el país. Con el beneplácito de las instituciones estadounidenses, policía y demás agentes del orden armonioso de la sociedad, consiguieron infiltrarse en casi todos los ámbitos de la vida de los estadounidense y urdir sus planes.

Leon Lewis vio con creciente preocupación las intenciones de Dudley y decidió actuar por su cuenta. Utilizó su influencia entre sus compañeros y su dilatada experiencia como agente de la inteligencia estadounidense para infiltrarse en varias de estas células. Lo que descubrió le horrorizó.

Dudley y los suyos habían tejido una red nacional que planeaba un golpe de Estado bajo el pretexto de la amenaza judeo-comunista en el país. Cuando por fin consiguió convencer a las autoridades (quienes veían una amenaza mayor en el comunismo y a los nazis como aliados contra el bolchevismo), descubrieron documentos que ponían sobre la mesa un plan para dar un golpe de Estado en todo el país, reuniendo armas y uniendo fuerzas con el Ku Kux Klan en su propósito.

Un Hitler de altos vuelos

De lo único que adolecían los seguidores de Hitler en el país era, precisamente, de no contar con su propio Hitler. Bien lo sabía Philip Johnson, quien, fascinado por la oratoria y presencia de los líderes nazis en sus mítines en el Reich, trató de generar un golpe de efecto similar en la política de su país. Buen ejemplo de esto fue Huey Long, senador del estado de Luisiana, de gran popularidad y muy pocos escrúpulos en sus políticas, el candidato perfecto para este menester.

Johnson trató de elevar a Long hacia la política nacional, pero este último prefería la importancia del control estatal. Usó cuantos elementos tenía a su disposición (policía, Guardia Nacional...) con el objetivo de convertir Luisiana en su propio gobierno fascista. Aunque nunca pudo culminar su proyecto porque fue asesinado por un otorrinolaringólogo de 28 años que le disparó en el abdomen a la salida del vestíbulo del Capitolio de Luisiana.

Charles Lindbergh fue el primer aviador en cruzar el océano Atlántico y un reputado antisemita

El siguiente en la lista de Jonhson fue Charles Coughlin, sacerdote católico y reputado fascista estadounidense. Para este último llegó a diseñar un escenario que trataba de imitar el efecto visual de las marchas en Nuremberg y Múnich que el Partido había realizado para fascinación de Jonhson. Pero aquello tampoco funcionó, necesitaban a alguien con un carisma de altos vuelos y lo encontraron.

Nadie mejor que un héroe nacional para representar a los millones de fascistas americanos que pugnaban por encontrar a su amadísimo führer yanqui. Charles Lindbergh fue el primer aviador en cruzar el océano Atlántico a bordo del Espíritu de San Luis y un reputado antisemita que recibió los elogios del Tercer Reich en 1938 y una medalla de manos de Hermann Göring, así que Johnson lo vio claro.

Lindbergh hizo lo propio en política en los años siguientes, evitando que Estados Unidos se uniese a la guerra y cerrando filas en torno a las figuras que pedían el aislacionismo del país durante el conflicto. Aunque las razones que enarbolaba poco o nada tenían que ver con la paz y la armonía en el mundo, sino con la no agresión a su admirado Reich. La tarea, sin embargo, se hizo mucho más complicada tras los ataques japoneses sobre Pearl Harbour, momento en que Estados Unidos se unió a los Aliados.

Precuela

El trabajo que Rachel Maddow desarrolla en Precuela es digno de admiración. En primer lugar porque la historia de los vínculos entre figuras públicas estadounidenses y el nazismo ha sido sistemáticamente desestimada. Nos advierte al principio del libro de que mucha de la literatura consultada para este propósito no ha sido reeditada nunca y razones no han faltado.

Es imposible recorrer las páginas de 'Precuela' y no tener una sensación de familiaridad con lo que se cuenta

Es imposible recorrer sus páginas y no tener una extraña sensación de familiaridad con lo que aquí se cuenta. No fueron los hechos ni la veracidad los que empujaron a millones de americanos a los brazos del Reich, sino los males engendrados desde un sistema que trataba de culpar sistemáticamente a otros por sus faltas. Maddow nos advierte con una magistral lección de historia que no estamos nunca exentos de revivir a los mismos fantasmas.

Quizás lo más descorazonador de este libro es su epílogo, donde vuelven a aparecer los nombres de sus protagonistas, como en esas películas malas de media tarde en la que un locutor nos actualiza sobre lo que ocurre con sus personajes después de que los créditos pasen a toda velocidad. La mayoría cumplieron condenas de dos o tres años, se enfrentaron al señalamiento del armisticio pero la mayoría acabó siendo útil para esa otra sociedad que se dibujaba en el horizonte: la de la Guerra Fría.

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