John Irving vuelve al orfanato de 'Las normas de la casa de la sidra' para hablarnos del trauma de la adopción y el aborto
En La reina Esther, John Irving traza el viaje de una huérfana del orfanato que popularizó en Las normas de la casa de la sidra, donde identidad, adopción y feminismo se cruzan.
John Irving
Editorial: Tusquets Editores
Año de publicación: 2026
La noche cae con violencia sobre Maine y el frío se vuelve casi mortal cuando una niña es abandonada en la puerta de un orfanato. No llora, no suplica, solo observa con una furia silenciosa que no parece propia de su edad. A su alrededor, el mundo ya ha dictado una sentencia que ella aún no comprende, pero que marcará cada paso de su vida.
Entre libros, silencios y afectos torpes, Esther encuentra un lugar desde el que mirar el mundo
En La reina Esther, John Irving recupera el escenario del orfanato St. Cloud’s, presente en su otra obra Las normas de la casa de la sidra, para narrar la historia de Esther Nacht, una huérfana judía que crece entre el abandono y la resistencia. Años después, su llegada a la casa de los Winslow, una familia numerosa y poco convencional, abre una grieta en su aislamiento, aunque no logra borrarlo del todo.
La convivencia con los Winslow en New Hampshire no es un final feliz, sino un nuevo comienzo lleno de tensiones y aprendizajes. Entre libros, silencios y afectos torpes, Esther encuentra un lugar desde el que mirar el mundo, mientras su vida se expande hacia escenarios históricos más amplios que la empujan a definirse.
Marcados a sangre y fuego
En St. Cloud’s, los niños esperan ser elegidos como si su vida dependiera de un gesto ajeno, y en efecto así es. El autor describe con precisión esas visitas incómodas en las que posibles padres observan, preguntan y descartan. Esther, ya mayor para los estándares de adopción, aprende pronto que ha quedado fuera de ese circuito.
La novela, sin caer en sentimentalismos, sugiere que adoptar no es rescatar
El contraste con otros niños más pequeños, que sí encuentran hogar, acentúa la sensación de jerarquía dentro del propio orfanato. No todos tienen las mismas oportunidades, y esa desigualdad se vuelve evidente en detalles cotidianos: quién recibe más atención, quién es presentado primero, quién queda atrás.
Frente a ese sistema, la decisión de los Winslow adquiere un valor distinto. No buscan perfección ni docilidad y aceptan la complejidad. La novela, sin caer en sentimentalismos, sugiere que adoptar no es rescatar, sino asumir una historia previa con todas sus heridas.
La soledad de esa niña
Esther, ya instalada con los Winslow, observa desde la escalera cómo la familia comparte una cena ruidosa. No se sienta con ellos de inmediato, sino que prefiere quedarse en la sombra, como si la felicidad ajena fuera algo de lo que todavía no sabe si quiere ser partícipe.
Su soledad no desaparece, se transforma y esa ambigüedad es una gran logro de la novela
Incluso cuando cuida a los hijos pequeños o acompaña a Connie, su nueva madre, a la biblioteca, su actitud conserva una rigidez defensiva. Irving insiste en esos gestos mínimos, respuestas cortantes, miradas esquivas, para mostrar que la integración no es automática. Esther no confía en la permanencia de nada.
Su soledad no desaparece: se transforma. Pasa de ser abandono a convertirse en elección parcial y en una coraza que la protege. Esa ambigüedad es uno de los logros más distintivos de la novela.
La decisión final
Desde la llegada de Esther al orfanato, recién nacida, hasta su partida definitiva con los Winslow, a los diez años de edad, ese lugar vive inmerso en la dualidad. Mientras que de día funciona como un hogar para niños huérfanos, durante la noche, se transforma en una oportunidad para que mujeres desesperadas puedan poner punto y final a una pesadilla: un embarazo no deseado. Gracias al doctor Larch, todas ellas pueden abortaren un momento y contexto social en el que este hecho era todo un sacrilegio.
Las escenas nocturnas, casi clandestinas, están protagonizadas por este doctor. En ellas las mujeres llegan con miedo y urgencia. Irving no describe estos momentos con dramatismo excesivo, sino con una sobriedad que los hace más impactantes: habitaciones cerradas, decisiones rápidas y consecuencias inevitables.
Irving no suaviza la incomodidad del tema, pero deja claro que la prohibición no elimina la necesidad
Dar vida y evitarla, recorre la novela sin resolverse en una moral única. Larch actúa desde una convicción práctica. Busca reducir el sufrimiento, aunque eso implique desafiar la ley. En La reina Esther, el regreso a St. Cloud’s nos devuelve a Las normas de la casa de la sidra, pero con un enfoque más político y menos conciliador. Si allí el aborto se abordaba desde el aprendizaje individual, aquí se presenta como una cuestión social y urgente, mostrando a un John Irving más directo en su posicionamiento.
Leído hoy, ese planteamiento dialoga con debates aún abiertos. Irving no suaviza la incomodidad del tema, pero deja claro que la prohibición no elimina la necesidad. Su mirada, más que polémica, resulta profundamente humana, ya que pone el foco en quienes no suelen tener voz.
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