Imagen de Grigori Rasputín en 1910. | Wikimedia Commons

El mito de Rasputín expuesto en un nuevo libro: el curandero lascivo y maleducado que enamoró a la zarina

Antony Beevor se adentra en Rasputín y la caída de los Romanov en la vida y obra del místico ruso. Una figura controvertida y plagada de mitos que, según el escritor, aceleró el final de los zares.

 |   | 18/05/2026
Antony Beevor

Traducción: Gonzalo García

Editorial: Crítica

Fecha de publicación: 2026

Antony Beever nos recuerda, parafraseando al erudito Dmitri Ovsiániko-Kulikovski, que "cuando el orden político está a punto de desintegrarse, siempre busca el respaldo de lo sobrenatural". Se nos viene la imagen de Donald Trump en aquella plegaria histriónica en el Despacho Oval o Javier Milei moqueando desconsolado en el Muro de las Lamentaciones, vaya usted a saber por qué.

Rasputín era una mezcla entre sabio, brujo y pseudomonje ortodoxo

La primera década del siglo XX pilló al autoritarismo zarista a pie cambiado. Nicolás II subió al trono heredando todos los complejos de grandeza de su linaje y casi ninguna dote para el mando. A la enorme pobreza y desigualdad en el país, se le sumaron una serie de campañas militares desastrosas en Japón y las acuciantes revueltas sociales que culminarían con la Revolución de Febrero, el asalto al Palacio de Invierno y la creación de la Rusia comunista.

El zarismo intentó remediar sus problemas terrenales a través de Rasputín, una mezcla entre sabio, brujo y pseudomonje ortodoxo. Capaz de ganarse el favor de los Romanov y de la alta alcurnia zarista, así como de crear un verdadero terremoto en la opinión pública por los escándalos que su figura, lascivia, mentiras y métodos acabaron provocando.

Una sombra que para Antony Beevor terminó por acelerar el final de los zares y que investiga en Rasputín y la caída de los Romanov.

Un gigante de mirada de hielo

Grigory Yefímovich Rasputín nació en 1869 en Pokróvskoye, Siberia. Hijo de una humilde familia de campesinos, muzhiks. Su apellido, habitual en dicha región, proviene del término ruso 'encrucijada', aunque se acerca fonética y peligrosamente al de rasputny, 'depravado', una casualidad nada desdeñable dadas las historias que generó el místico.

Beevor trata con cautela todas y cada una de las mentiras y leyendas que se construyeron alrededor de su poblada barba y que, en buena medida, defiende el historiador que favorecieron el final de la Rusia de los zares. En menos de dos décadas, pasó de ser un peregrino errante a convertirse en confidente directo de la zarina y las clases altas de San Petersburgo. Una influencia nada desdeñable y que le hizo ganarse muchos enemigos.

Beevor trata con cautela todas y cada una de las mentiras y leyendas que se construyeron a su alrededor

La imagen que nos devuelve la historia no impresiona menos cien años después. Alto, imponente y de una mirada fría que cuando se clavaba sobre princesas y zarinas lo hacía con la convicción de que los pensamientos de su interlocutor podían ser leídos.

Tal era el efecto que causó sobre la psicología de cuantos se cruzaron en su camino, que el historiador defiende que todo cuanto rodeó al siberiano más tenía que ver con la psicología que con la magia y que Rasputín sabía exactamente qué decir y a quién.

Un brujo en palacio

Rasputín llegó a la esfera de influencia de los Romanov en el momento justo. La familia real esperaba el nacimiento de su primer hijo, quien se convertiría en heredero al trono. La zarina, Alejandra Fiodoróvna buscaba el milagro desesperadamente que le diese un varón.

Probó iconos, peregrinaciones y remedios de todo tipo. Después del nacimiento de Olga, Tatiana, María y Anastasia, la llegada al mundo de Alekséi se convirtió en una esperanza que se truncó al saber que el pequeño era hemofílico.

La influencia de Rasputín era tan fuerte que ni los numerosos escándalos que le rodearon podían quebrar la confianza de sus señores

El místico juraba que podía curar cualquier mal, ayudar a la recuperación de cualquier enfermedad y dar consejos espirituales que la familia real aceptaba de forma desesperada. El futuro de Rusia era más que precario. La Duma había abierto la posibilidad de un paso hacia la monarquía parlamentaria, pero Nicolás no daba muestras de desear dicha transición y endureció la represión con el objetivo de acallar las protestas que se daban cada día a lo largo y ancho del país.

Para cuando los consejeros de los Romanov se dieron cuenta del peligro que entrañaba la relación de vasallaje que los zares habían establecido con este muzhik, era demasiado tarde. La influencia de Rasputín era tan fuerte que ni los numerosos escándalos que le rodearon podían quebrar la confianza de sus señores.

Los placeres de Rasputín

Con las reformas que introdujo la Duma, la libertad de prensa garantizó que los medios pudiesen publicar todos los rumores y sospechas que rodeaban al místico. Las alas más conservadoras veían con recelo a aquel hombre que parecía haber subyugado la voluntad de los Romanov, y los Bolcheviques sostenían que aquel hombre no era más que un charlatán al servicio de una dinastía supersticiosa y aislada del mundo real.

Beevor mantiene que fueron muchas de esas mentiras y noticias falsas las que terminaron por dinamitar la credibilidad del, ya debilitado, régimen absolutista. Una suerte de tormenta perfecta que terminaría por precipitar el resto de eventos históricos pero que se fraguó con las visitas de aquel extraño y maleducado hombre a las mejores casas de San Petersburgo.

La libertad de prensa garantizó que se pudiesen publicar los rumores y sospechas que rodeaban al místico

El escritor recoge testimonios de diarios, publicaciones y entrevistas de quienes giraron alrededor de la cábala del ruso, pero principalmente de las pesquisas que la Unión Soviética mantuvo sobre su influencia en la política zarista que tuvo el místico.

De dichas crónicas se recoge, entre otras cosas, la frialdad con la que el Zar recibió las múltiples noticias que informaban sobre las violaciones y abusos que Rasputín dejaba a sus espaldas, entre ellas la de la niñera de sus propios hijos, María Vishniakova.

Inmortal

Antony Beevor trata de aplicar algo de coherencia a la extraña biografía del ruso, incluyendo su rocambolesco asesinato, una de las piezas principales que forjaron su leyenda: la de su supuesta inmortalidad. Las leyendas populares han mantenido que el ruso fue casi inmune a los métodos que sus conspiradores aplicaron para matarle: pasteles y vino con cianuro, armas de fuego y una enorme maza con la que golpearon su cabeza. Nada más lejos de la realidad.

El historiador reduce la anécdota de su muerte a una extraordinaria resistencia física, pero nada sobrehumano y explica que, por ejemplo, el azúcar de los pasteles envenenados pudo transformar el cianuro en otro tipo de compuesto completamente inocuo. Lo mismo ocurre con los datos de la autopsia que revelan que si bien el tiro de gracia fue el que se le dio en la cabeza, el místico habría fallecido debido al resto de heridas sufridas.

El historiador reduce la anécdota de su muerte a una extraordinaria resistencia física, pero nada sobrehumano

El escritor finalmente pone en valor la importancia transformadora que Rasputín tuvo en la vida pública rusa. Defiende así en sus últimas páginas que los rumores que relacionaban al siberiano con la zarina, provocaron una reacción en cadena que terminó por mermar la credibilidad del absolutismo ruso.

No sabemos si es una cuestión de cornamentas, magia negra u oportunismo político, pero Beevor le da tan poco crédito a la propia Revolución de Octubre que acabó con el zarismo, que pretende escudarse en esta otra teoría en la que la falta de estatura y hombría de Nicolás fueron más determinantes que los esfuerzos de los bolcheviques y marineros de Kronstadt por acabar con el régimen absolutista, hechos que omite al final del relato su autor.

En cualquier caso, nos recuerda el escritor que fue un muzhik, un simple campesino, quien consiguió ascender en el poder sin más medios que los de la sugestión y la superstición de sus víctimas. Curiosamente, Beevor termina por darle pábulo a una única profecía que enunció el místico y que sí se cumplió: "Si la nobleza rusa acaba conmigo, la familia real será aniquilada antes de dos años".

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