La novela que pasó 50 años en un cajón por desafiar a Stalin y su edificio imposible
La zanja de Andréi Platónov se centra en la construcción del Palacio de los Soviets. Una impresionante obra que nunca llegó a finalizarse y que cristalizó el espíritu estalinista de la década de los 30.
Andréi Platónov
Traductora: Marta Sánchez-Nieves
Editorial: Armaenia Editorial
Fecha de publicación original: 1987 (escrita en 1930)
Esta es la historia de un edificio que nunca llegó a ser construido y cuya ausencia acabó creando una enorme metáfora de seis millones de toneladas y 415 metros de altura. El 5 de diciembre de 1931, sobre la Catedral del Cristo Salvador se proyectó el Palacio de los Soviets, una mole que debía cristalizar el poder omnímodo que el estalinismo fue conquistando en esos años y del que solo se pudo completar la enorme zanja que debía albergar sus cimientos.
Andréi Platónov escribió en la década de los 30 La zanja, aunque el texto permaneció oculto hasta 1987. La Perestroika le brindó un marco al escritor desde el que sumarse a la publicación de textos críticos con el comunismo y que coincidió en aquellos años con el Archipiélago gulag de Aleksandr Solzhenitsyn. Hoy es la editorial Armaenia quien nos brinda el mejor trabajo del escritor ruso.
Una novela coral
Ingeniero de profesión, Platónov vivió los años de colectivización, el paso de la Rusia agrícola a la industrial dejó a millones de rusos perdidos, alejados de la retórica comunista. El politburó veía con preocupación la figura del terrateniente y cuando comenzaron su actividad las primeras grandes estatales o koljós, se fueron creando categorías dentro del campesinado que el estalinismo nunca vio con buenos ojos.
Sus protagonistas coinciden achicando la tierra que debe albergar el Palacio de los Soviets
En dicho marco se encuentran los personajes de La zanja. Sus protagonistas podían coincidir coinciden achicando la tierra que de lo que podría ser el Palacio de los Soviets, un edificio real que tuvo la vocación de rivalizar (y superar con creces) con cualquier rascacielos neoyorquino. Platónov nos presenta una novela coral, donde cada uno de sus personajes representa un eslabón del pueblo ruso de la época, incluyendo todas sus contradicciones.
La zanja
En plena excavación nos encontramos con Vóschev, en su primer día de desempleo, guiándose por la ciudad y llegando hasta aquel agujero casi por el magnetismo de la infelicidad. En aquel lugar se encontrará con la marea humana que trata de hacerse hueco en la Rusia de los años 30. Los desplazados por la colectivización del campo, como Prushevski, quien encarna el espíritu de los kulaks, los campesinos más privilegiados, con mano de obra a su cargo y aplastados por el gobierno estalinista.
El escritor utiliza aquella obra monumental para presentarnos un agujero en la tierra, una enorme tumba colectiva
Otros como Safrónov se comunican a través de la retórica de esos años, una en la que el estalinismo utiliza el entusiasmo como moneda de cambio para motivar a los cadáveres en vida que atestan la miserable cabaña donde conviven los trabajadores.
Algunos se sitúan al margen de ambos mundos: tullidos, parias, niños... se convierten por momentos en poderosos narradores, de los que Platónov se sirve para colocar nuestra mirada justo a la misma altura que la suya. Los no útiles, quienes escapan de la retórica de clases, de la productividad o la lealtad para un régimen para el que tampoco existen.
El escritor utiliza a su favor aquella obra monumental para presentarnos un agujero en la tierra, una enorme tumba en la que, a medida que sus protagonistas achican tierra, se encuentran con las paredes cada vez más insalvables de la cárcel que ellos han ayudado a levantar.
De Cristo a Stalin
El 5 de diciembre de 1931 se escucharon los primeros estruendos que anunciaban la voladura de la Catedral de Cristo Salvador en Moscú. Una mole impresionante que albergaba cientos de kilos de oro fundidos en iconostasios, adornos de mármol decorados con los nombres de los caídos durante las campañas napoleónicas y demás parafernalia que tardó casi medio siglo en levantarse. De la noche a la mañana todo aquello desapareció.
Sobre el solar se planteaba elevar hacia el cielo un edificio de seis millones de metros cúbicos rematado en un enorme pedestal sobre el que se elevaría la figura de Lenin estirando su brazo hacia el mañana. Solo el dedo del artífice de la Revolución de octubre mediría seis metros y la anchura de sus hombros prácticamente lo mismo que toda la altura de la Estatua de la libertad: unos 32 metros.
Solo el dedo de la estatua de Lenin mediría seis metros
Stalin soñó con un Moscú que renunciaba a la herencia de los zares. Bajo los planes del Partido desparecieron barrios enteros, casas y negocios. La última impronta de la vida antes de 1917. Los planos de la época muestran un edificio de proporciones titánicas, que dialogaba con los rascacielos norteamericanos y demostraban la fuerza con la que pugnaba el pueblo ruso.
En El Imperio, el periodista polaco Ryszard Kapuściński recoge parte de la historia de su construcción, señalando cómo la ubicación terminó por desbaratar el proyecto. El millón y medio de toneladas que pesaría el edificio debía descansar sobre las movedizas aguas del lecho del Moscova. Resultó imposible levantar nada en aquel suelo a pesar de los esfuerzos de miles de trabajadores. Finalmente se construyó una piscina climatizada que operó hasta que, a mediados de los 90, Yeltsin volvió a levantar la antigua Catedral.
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