Chelo Ortega | Caligrama Editorial

'No te olvides de nosotras', de Chelo Ortega: la niña que cruzó la guerra y aprendió a cuidar la memoria

Chelo Ortega lleva media vida escribiendo desde la sombra las palabras que otros dicen ante la cámara. En No te olvides de nosotras rescata la voz de su madre y sus tías, niñas de Madrid evacuadas durante la Guerra Civil.

César González Antón
 |   | 10/07/2026

Chelo Ortega

Editorial: Caligrama

Año de publicación original: 2026

Carmen tiene ocho años. Acaba de bajar de un tren que la ha sacado del Madrid de las bombas y el no pasarán y la ha dejado en un pueblo cerca de Reus. Mientras los adultos deciden en qué casa la van a colocar, ella se limpia a escondidas los zapatos rojos de hebilla, frotándolos contra las pantorrillas, hasta dejarlos como se los dejaba su madre cada mañana antes del colegio.

Le han quitado la casa, la ciudad, a la madre, hasta a los hermanos. Le queda ese gesto. En lo concreto se enciende la emoción, y en ese lustre caben la nostalgia, el abandono y el miedo a lo que viene. Una niña sola sacando brillo a unos zapatos rojos. No hace falta más para contar una guerra.

Contar la guerra sin bombas

Eso es la novela de Chelo Ortega: momentos mínimos que sostienen emociones enormes. Vidas pequeñas que cuentan la crueldad de la guerra sin enseñarte una sola bomba, ni un soldado, ni un muerto. Solo gestos, y las heridas que dejan en la piel y en el alma.

La Historia entrando de puntillas en la vida de una niña que no la entiende. Este libro es diminutamente inmenso

Las manos temblorosas de Rufina repartiendo las migas de un pan duro en cuatro cuencos de leche, cuidando que a ninguno de sus hijos le toque menos. Teresita colándose en el vagón de los pequeños con un trozo de pan escondido en el bolsillo del uniforme: «hacedlo miguitas y comedlo poco a poco». El hierro cruzado con tiras de cuero que le ponen a Carmen en la pierna mala, y el suave chirrido que hace cada vez que da un paso.

Una muñeca de paja y lana a la que se le va la cabeza hacia un lado, cosida por una abuela desconocida. Y el final de la guerra, que no llega con júbilo ni con banderas, sino con unos camiones en la carretera y unos tíos cuchicheando en la planta baja. Ahí está el hambre, el miedo, la ternura de los que no tienen nada, la Historia entrando de puntillas en la vida de una niña que no la entiende. Por eso este libro es diminutamente inmenso.

Mantener vivo el recuerdo

Y todo eso coge una fuerza distinta cuando sabes que esas voces no son un ejercicio de estilo, sino la memoria de la madre de Ortega resistiéndose a ser olvidada. Se usa muy mal la expresión memoria histórica: se ha convertido en un arma arrojadiza, en un eslogan de trinchera, en algo que se grita más de lo que se escucha.

Aquí hay una hija recogiendo lo que su madre le contó para que no se perdiera

En estas páginas Chelo Ortega la devuelve a su sitio y la dignifica. Aquí no hay bandos ni consignas, hay una hija recogiendo lo que su madre le contó para que no se perdiera. Eso es memoria: alguien que se acuerda de alguien. Y saber que Carmen existió, que esos zapatos se limpiaron de verdad, que esas hermanas no volvieron a verse, te encoge el corazón y te hace pasar las páginas con él atravesado en la garganta.

Media vida escribiendo para otros

Chelo Ortega lleva media vida escribiendo lo que dicen otros. Las entradillas, la escaleta, el orden exacto en que la noticia entra en su casa cada tarde: esa primera frase que pronuncia un rostro conocido y que casi siempre ha nacido en la sombra, en la mano de alguien que no sale en pantalla.

Quien suplica que no la olviden es Carmen, una niña de Madrid a la que un día suben a un tren

Es un oficio raro y humilde, el de alimentar la voz de los demás. Pero había una voz que llevaba años sin poder escribir: la de su madre. No te olvides de nosotras nace de las historias que su madre le contaba de su niñez y de la de sus hermanas, para que no se perdieran. De ahí el título, que no es un título. Es una súplica.

Y quien suplica que no la olviden es Carmen. Una niña de Madrid, con una pierna mala por la polio y una diadema roja de la suerte, a la que un día suben a un tren pensando que se va unas semanas.

La guerra vista desde abajo

Ortega escribe la guerra vista desde abajo, a la altura de una cría que lee en voz alta los carteles del camino, que confunde el horror con una aventura porque nadie se ha molestado en explicarle que lo es. Esa mirada infantil sobre el desastre lleva derecha a la Primera memoria de Ana María Matute.

Chelo Ortega no le cuenta a Carmen su historia: se la hace descubrir a pedazos

Lo que de verdad delata a la escritora está en la estructura, y ahí vuelve el oficio. Ortega no le cuenta a Carmen su historia: se la hace descubrir a pedazos, con lo que le sueltan los primos, con secretos que le desmontan una y otra vez lo que creía saber. Los capítulos saltan de voz en voz: Rufina, Esperanza, Teresita, Gabriel. Una escaleta de testimonios, cada pieza cambiando el dibujo de todas las demás. Reconstruir una vida con las palabras de otros: eso es la memoria.

Chelo Ortega se ha pasado la vida escribiendo las primeras frases que dicen otros. Le hacía falta una novela para escribir, por fin, la de las mujeres de su casa. Las que no entendían de bandos y a las que nadie dio opción. Las que solo pedían una cosa, la que da título al libro y cierra el círculo de todo su oficio: que no las olvidemos.

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