El proyecto secreto de Franco que dejó 5.000 bunkers olvidados en los Pirineos
El fotógrafo y arquitecto Iñaki Bergera retrata parte de las fortificaciones construidas por el franquismo para una guerra que nunca sucedió en Línea P. Los bunkers del Pirineo.
Iñaki Bergera
Textos: José Manuel Clúa, Ascensión Hernández, Ramón Esparza e Iñaki Ábalos
Editorial: La Fábrica
Año de publicación original: 2026
Al terminar la Guerra Civil, Franco vivía con preocupación lo que estaba ocurriendo en Europa. Sus contactos con Hitler y las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial le estaban dejando aislado al caer el nazismo. Preocupado por lo que pudiera ocurrir, decidió fortificar el único paso posible por tierra: los Pirineos.
La Organización Defensiva de los Pirineos: 10.000 búnkeres desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo
Concibió para ello un proyecto militar secreto, La Organización Defensiva de los Pirineos: construir 10.000 búnkeres que cubrieran desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo. Fortificaciones de hormigón para albergar nidos de ametralladora, cañones de infantería, cañones contracarros e incluso ametralladoras antiaéreas.
Este proyecto secreto se empezó a construir a principios de los años 40 y se alargó más de una década. Sin embargo, en los años 50 la política internacional se estabilizó, Franco se dio cuenta de que no era un problema para casi nadie fuera de sus fronteras y la mitad de los búnkeres proyectados no se llegaron siquiera a construir.
Vestigios de una violencia invisible
Esos bloques de hormigón clavados en la montaña se han quedado ahí, como los restos esparcidos de una guerra que nunca llegó a estallar. Memoria de una violencia invisible, de un terror —el de los supuestos enemigos de la patria— en el que franquismo sumió a España como manera de controlar a la sociedad.
Los bunkers son ruinas de las guerras que no fueron, pero a las que estaban dispuestos a arrojarnos
Restos que, como siempre ocurre, la naturaleza ha reclamado como suyos. La vegetación ha cubierto así gran parte del hormigón y el interior frío y oscuro de los búnkeres se ha llenado de maleza, como una lengua del bosque que tanteara el interior frío y duro, tan ajeno, del hormigón durmiente.
Construcciones olvidadas —el Ejército los mantuvo hasta casi los años 70— de este proyecto secreto que ya forman parte del paisaje y del patrimonio material de nuestra historia. Ruinas del régimen dictatorial, de las guerras que no fueron, pero a las que estaban dispuestos a arrojarnos.
De cerca, de lejos, desde dentro
Es ahí donde entra el ojo experto de Iñaki Bergera. El fotógrafo y arquitecto vitoriano recorre habitualmente las montañas aragonesas. De paseos por el pirineo oscense ha surgido este libro, Línea P. Los bunkers del Pirineo, una colección de fotografías que retratan, como si estas piedras artificiales fueran habitantes de la zona, los rostros inertes del pasado.
Bergera retrata masas grises con sus bocas abiertas a la muerte, una muerte que nunca pasó por allí
Y aunque se dedica a una pequeña parte de toda la Línea P, la que ocurre en parte del Pirineo oscense, lo hace de varias formas. Mirándolas de frente en un primer momento. Cara a cara, sin sublimar ni naturaleza ni esfuerzo humano. Mostrando lo que hay, masas grises con sus bocas abiertas a la muerte. Una muerte que nunca pasó por allí, pero que dejó su rastro oscuro.
Retratos de la "arquitectura del miedo, de la violencia y de la muerte", como dice el catedrático de Proyectos Arquitectónicos Iñaki Ábalos en uno de los textos que acompañan al libro. Fotografía forense, analítica, fría como el objeto retratado.
Al asomarse al ojo por el que tenían que salir las balas, la naturaleza a la espera, la ausencia de enemigo mortal
Da un paso atrás Bergera después, se aleja y ofrece bellas instantáneas de un paisaje sobrecogedor, el de la cordillera más alta de la Península Ibérica, la que le pone fin a la misma. Altos picos, profundos valles, escarpadas gargantas y en cada imagen, como el personaje de los cuentos infantiles, un hueco gris, un espacio para el terror, para la guerra.
Por último, la cámara se introduce en esos espacios pensados para la espera y el fuego. Huecos de la altura de un hombre adulto donde la luz de las montañas juega con sus esquinas. Brillos y sombras para dotarle de una perspectiva y una profundidad canónica. Y al asomarse al ojo por el que tenían que salir las balas, la naturaleza a la espera, la ausencia de enemigo mortal, la derrota de la violencia.
Leer las fotos
Junto a las fotografías, varios textos completan el relato de esta Línea P. El experto en patrimonio aragonés, José Manuel Clúa, nos aproxima a estas casamatas desde el plano personal. Recordando cómo cuando era niño se lanzaba en trineo cerca de las pistas de Candanchú, desde una construcción de hormigón que solo con el tiempo reconoció como parte de esa Organización Defensiva de los Pirineos, que es como se llamó oficialmente.
Las guerras del siglo XX han convertido a las ruinas en recordatorios de la crueldad del ser humano
La catedrática de Arte Ascensión Hernández pone en contexto la fascinación del ser humano por las ruinas, vestigios de un enorme valor simbólico, que fueron romantizadas durante siglos pero que las grandes guerras del siglo XX han convertido en avisos, en recordatorios de la capacidad de aniquilación y crueldad del ser humano.
Por último, además del texto antes citado de Iñaki Ábalos, el profesor titular de Comunicación Audiovisual Ramón Esparza, reflexiona sobre la capacidad de mirar y ser mirado desde dentro de un bunker y plantea la analogía entre la vista y el disparo, una idea que sobrevuela siempre el espacio retratado con precisión por Iñaki Bergera.
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