Rodrigo Cortés convierte a los niños en monstruos y recuerda que detrás siempre hay un adulto peor
En Hija del cielo, el escritor, guionista y director de cine convierte en la vida en un orfanato en un relato sobre posesiones, miedos y secretos.
Editorial: Random House
Fecha de publicación: 2026
Los niños satánicos están de moda, ¿lo están porque nos hablan sobre lo que el auge del evangelismo y el catolicismo rancio puede hacer a nuestros niños? O por la misma razón por la que nos fascinan las batallas de aura: porque la infancia es incomprensible y aterradora.
Los niños satánicos están de moda
El caso es que en un año hemos podido disfrutar de Dulcenombre de Marina Arrabal, la historia de una niña que transita entre la santidad y el vampirismo satánico a través de una infancia recluida entre cristos y rosarios. La reedición de El Opoponax de Monique Wittig en Bamba Editorial ha recuperado un libro fundamental sobre cómo escribir cuando los niños son los protagonistas de la historia, un testigo digno de No sé hablar del mar de Javier Correa Román donde la violencia marca la infancia de su protagonista.
Así que es inevitable sentir que Hija del cielo va a clase con algunas de estas compañeras, o al menos en la imaginación de quien escribe esta reseña. Rodrigo Cortés ambienta su historia en un orfanato regido por curas, repleto de monjas y a donde van a parar cientos de niños desamparados o malignos. Un lugar apartado, en un pueblo, Gabaón, construido al filo de un cortado que vendría a representar el estado anímico de sus habitantes.
El Hombre Guapo
En un cuarto sin ventanas, apartada del resto del rebaño vive su protagonista. Una niña poseída por las voces del Hombre Guapo, una suerte de ente o idea que le susurra y eriza la conciencia a cada tanto. Sus días transcurren en las visitas ocasionales del padre Alén, encargado de aquel lugar; el padre Solitude, quien batalla sus propios demonios o la madre Adriana, parapetada tras unas enormes gafas.
Cortés nos introduce en la conciencia de unos y otros para pasearnos por el caudal de sus miedos
Cortés nos introduce en la conciencia de unos y otros para pasearnos por el caudal de sus miedos que siempre van a dar al mismo mar: el de aquella niña extraña y demoníaca. Desde la cama observa el desfile de sombras que es su vida, escuchando atenta a lo que el Hombre Guapo le susurra e insta a decir a los adultos.
En Hija del cielo no hay cabezas que giran 360º ni chorros de vómito que un intrépido padre Karras pueda esquivar. Porque el mal es más sutil y está por todos lados, anidando incluso entre quienes rezan cada noche para que otros le libre de él.
Hija del cielo
Volviendo a los niños, en especial a los que corretean por la historia de la literatura. No los de Dickens que sufren y yerran, los malos, los que puso Musil a pergeñar en Las tribulaciones del estudiante Törless o los de Mishima en El marino que perdió la gracia del mar, capaces de cualquier cosa. Esos niños temibles que uno ve venir, los de Chicho Ibáñez Serrador en '¿Quién puede matar a un niño?', que además cumple 50 años este año, una razón más para hablar de infantes aberrantes.
Donde hay un niño malo, les aseguramos que antes ha habido un adulto peor
Cortés convierte las confesiones infantiles, esas que salen a bocajarro en el peor momento, en la excusa perfecta para poner a su protagonista a declamar sobre su propia maldad. Porque si en algo destaca un niño malo, que además habla largo y tendido, es en su capacidad de alumbrar lo que ya estaba mal de antes. Porque donde hay un niño malo, les aseguramos que antes ha habido un adulto peor.
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