Los supervivientes de Chernóbil 40 años después de la tragedia: las 'voces' que recuerdan la vida que se detuvo
La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich compuso, en 1997, un mosaico de voces que dibujaban la realidad de Chernóbil después de la tragedia de su central nuclear. Hoy, 40 años después, recordamos a sus habitantes.
Traductor: Ricardo San Vicente
Editorial: Debate
Año de publicación original: 1997
Explica Svetlana Alexiévich que incluso la literatura de Shakespeare queda muda frente al desastre de Chernóbil. La muerte no se intuye, los enfermos no pueden ser abrazados, besados o consolados; y los gestos quedan huérfanos de significado. La cotidianeidad se rompió hace 50 años en los alrededores de la central, en la ciudad de Prípiat, la más cercana al desastre, pero también en bosques, aldeas y caminos entre Ucrania y Bielorrusia.
Alexiévich nos recuerda en 'Voces de Chernóbil' a quienes sufrieron en primera línea los estragos de la explosión
Lo humano no desapareció al instante, fueron días en los que la radiación fue entrando en los huesos, los platos de comida, los utensilios de sus habitantes, los mismos que hasta entonces habían utilizado para confeccionar su día a día. Quedaron yertos, contaminados y sus propietarios no pudieron despedirse de sus enseres, todo debía quedarse en la Zona de Exclusión.
Los gestos también se fueron y nunca más regresaron a su tierra enferma. En su lugar creció la hierba, la vegetación, los animales salvajes que reclamaron cada camino, porche y esquina de la vida que abandonó apresuradamente su perímetro. Alexiévich nos recuerda en Voces de Chernóbila quienes sufrieron en primera línea los estragos de la explosión del reactor 4, sus vidas en el antes y después de que todo cambiase.
La vida detenida
Cuatro décadas después de la explosión, más del 10% del territorio de Bielorrusia sigue contaminado. A diferencia de Rusia y Ucrania, esta región de la Rusia blanca era mayoritariamente agrícola cuando ocurrió la tragedia. Sus habitantes interpretaban el desastre desde los signos de la tierra en la que habían crecido y trabajado toda la vida.
Las 'Voces' de Alexiévich son las de tractoristas, amas de casa, obreros, agricultores, matronas y científicos
Lo hacían a través de las abejas que dejaron de sonar de fondo, las aves que caían maldecidas por la central, las piedras iridiscentes que el cielo arrojó la noche del 26 de abril de 1986; signos todos que podríamos confundir con los del un mal agüero, más cercano al Antiguo Testamento que a un libro de física nuclear.
Las Voces de Alexiévich son las de tractoristas, amas de casa, obreros, agricultores, vecinos, matronas, políticos y científicos. Gentes que perdieron a hijos, padres, amantes o maridos; que decidieron marcharse y volver o no regresar nunca, que vivieron en los apartamentos que el Estado puso a disposición de las víctimas o que se convirtieron en samosely, vecinos que resisten todavía hoy viviendo entre recuerdos contaminados, casi mortales.
40 años de radiación
La radioactividad no es una medida humana, es algo propio de otros mundos, del universo y su creación. Los hisopos radioactivos nos sobrevivirán a todos y el sarcófago de Chernóbil estará toda la eternidad observándonos, hasta que su sombra se extienda mucho más allá de nuestro tiempo en la Tierra, quizás fundiéndose con el mismo estallido que vio aparecer las estrellas, los planetas y la vida tal y como la conocimos.
Entre 1903 y 2005 son siete los Premios Nobel que se han entregado a estudios vinculados a la radioactividad. Que la Real Academia Sueca dejase de entregarlos un año antes de que explotasen las bombas de Hiroshima y Nagasaki, en 1944, no es casual.
Cuarenta años después del desastre, aquellas siguen siendo las imágenes de la vida después de todo
La energía nuclear había pasado de ser la fuente de energía de la esperanza del siglo XX a alimentar sus peores miedos. En 2005 el galardón fue precisamente al Organismo Internacional de la Energía Atómica que pretendía vincular su uso a la paz.
En 2015 fue el turno de Alexiévich por sus crónicas "polifónicas" del desastre de aquel siglo, la demostración coral de la valentía en sus libros, en especial por las Voces de Chernóbilque nos trajeron el eco de la tragedia de boca de sus protagonistas. Cuarenta años después del desastre, aquellas siguen siendo las imágenes de la vida después de todo, del silencio atómico que sigue resultando imposible de comprender en una sola vida.
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