TODO ESTÁ EN BOURDIEU
Capitalismo, liberalización, turismo masivo y gestión negligente
"España ha vendido su alma al turismo y eso ha implicado una depauperación de los servicios públicos estructurales. Sufrimos un deterioro masivo del estado del bienestar que se ha dejado en manos de un turismo parasitario que solo puede revertirse con más inversión pública y el cambio de modelo productivo".
Óscar Puente dio un dato hace meses que explica de manera diáfana cuál es el problema al que nos enfrentamos. En los años 90 la línea de alta velocidad entre Madrid y Sevilla tenía seis trenes al día; en la actualidad, la misma vía en uno de sus tramos cuenta con un uso de 289 trenes diarios. Las infraestructuras que tenemos están en una situación crítica por falta de inversión y por la liberalización y privatización que se dio en el año 2020, que aumentaron de manera crítica el estrés sobre las infraestructuras que no pueden ser replicadas y siguen siendo las mismas que cuando se construyeron. No podemos exprimir más con menos.
El gobierno ha corrido a hablar del fallo humano para explicar lo que es un fallo sistémico de un sistema fallido, como es de la alta velocidad que ha sido exprimido hasta llevarlo a un estrés dramático. No hay que buscar responsables en caliente excepto cuando se trata de un currito al que se pueda echar a los leones.
En este sistema han participado los dos grandes partidos porque han llevado la misma política al respecto con matices prácticamente inexistentes. La liberalización del sistema ferroviario implicó que en el primer trimestre después de que entrara en vigor hubiera 1.045.000 viajeros, cuando en el trimestre anterior había habido 728.000. Eso implica que en solo un trimestre aumentó de manera instantánea un 43% el número de viajeros con la misma infraestructura.
Desde el año 2019 han aumentado los viajeros de la alta velocidad en un 70%, mientras la inversión solo lo ha hecho un 34%. Los ramales de Madrid-Sevilla (incluyendo el ramal hasta Torrejón de Velasco) y la línea Madrid-Barcelona absorben el 87% de todos los viajeros de alta velocidad en una red completamente centralizada que vive alrededor de la capital. Tenemos espacios infrautilizados y otros a punto de explotar que, de manera paradójica, son donde han ocurrido los dos últimos accidentes. Y nos extrañamos.
La Comisión Nacional del Mercado de la Competencia (CNMC) ha arbitrado la mayoría de las ocasiones en favor de las operadores privadas para garantizarles una rentabilidad por encima de la operatividad y la eficiencia y seguridad del sistema. Las estaciones principales son cuellos de botella que no admiten más tráfico y que tendrían que reducir la llegada de trenes a pesar de que sigue habiendo surcos existentes, pero el beneficio prima por encima de la seguridad. Tensionamos las estructuras hasta que revientan y después buscamos el cabeza de turco del momento para que la rueda capitalista siga funcionando porque ya nadie puede pinchar la burbuja del turismo.
No, no es un fallo humano. Porque para que el fallo humano se produzca, en última instancia estamos llevando los servicios públicos a un estrés inasumible para quien tiene que hacerlos funcionar en situación de seguridad. El fallo humano se produjo porque el sistema de seguridad LZB se cayó y como la rueda no puede parar y los trenes tienen que llegar a tiempo, se activa el modo degradado, así se llama y el nombre marca el problema, en el que los trenes circulan con balizamiento lateral y siguiendo instrucciones del centro de control de Atocha.
El accidente se produjo porque la alta ocupación de la vía, en la que circulan cada vez más trenes, hace que cualquier fallo implique un mayor riesgo de colisión. El fallo humano se produjo porque los operarios que controlaban el tráfico antes asumían 10 convoys y ahora más de 40, y la tragedia se produjo porque los operarios tienen cada vez más trabajo y llegan a ese puesto con menos experiencia. Así claro que el fallo humano puede costar 69 muertos.
Somos cada vez más habitantes y cada vez más turistas, sobrecargando las infraestructuras que no crecen acompasadas a la demanda de tanta gente. En la infraestructura ferroviaria pasa lo mismo que pasa con la vivienda, descuidamos durante años su situación hasta que estalla y nos echamos las manos a la cabeza. Hacen falta mucha más inversión pública y muchos más impuestos para garantizar la seguridad del servicio o revertir el proceso de incremento gigantesco extractivista que el modelo económico español hace recaer sobre los servicios públicos. Decrecimiento o impuestos progresivos.
La gestión política del servicio ha sido negligente o, cuanto menos, imprudente. Los gobiernos han priorizado las grandes inauguraciones y la construcción elefantiásica que garantiza votos y es electoralista, olvidando mantener la inversión en infraestructura que cuesta mucho dinero y es poco agradecida y visible para los periodos electorales.
Ni siquiera voy a entrar en si Óscar Puente tiene que dimitir o no porque me parece política de corto alcance, sabiendo la dimensión del problema y creo que su marcha no va a solucionar nada por la dimensión del agujero negro en las infraestructuras ferroviarias que trasciende a este gobierno. Pero si eres de izquierdas pregúntate qué pedirías si un ministro del PP tiene dos accidentes en la misma línea en el mismo año que han costado más de 100 muertos. No contestes, sé la respuesta.
España ha vendido su alma al turismo y eso ha implicado una depauperación de los servicios públicos estructurales. Sufrimos un deterioro masivo del estado del bienestar que se ha dejado en manos de un turismo parasitario que solo puede revertirse con más inversión pública y el cambio de modelo productivo, porque las decisiones políticas que repercuten sobre las infraestructuras críticas y las llevan al límite tienen una repercusión directa sobre la vida de las personas.
La mortalidad propiciada por la degradación de los servicios públicos inmersos en el sistema capitalista se produce de manera paulatina y no siempre se ve de manera tan rotunda como en un accidente ferroviario, pero casi siempre tiene como salida intentar echar los muertos al eslabón más débil de la cadena. Se es de izquierdas mirando al sistema, a la estructura, a quien la propicia, no buscando culpar a quien sufre esa degradación en su puesto de trabajo y no puede sostener sobre sus hombros el peso de un sistema injusto y sobrecargado.