TODO ESTÁ EN BOURDIEU
Carta a los fascistas venezolanos y a los venezolanos de buena voluntad
Si en un artículo hablo de la gusanera fascista venezolana no puedes excluir el fascista para decir que estoy insultando a los venezolanos, si insulto, y no me molesta decirlo, lo hago a los fascistas venezolanos. A esos sí. No me merecen ni un ápice de respeto. Por eso digo "gusanera fascista venezolana" y no "gusanera venezolana". Es fácil de entender con un poco de buena fe, voluntad y conocimiento de la lengua española.
Suelo atender a quien se dirige de manera respetuosa y por eso voy a escribir este artículo. Un inmigrante venezolano me hizo llegar su misiva tras la publicación de mi artículo y por eso le contestaré e incluiré su carta íntegra al final de mi artículo. Le contestaré, pero no implica que vaya a ser nada condescendiente con quien es incapaz de comprender un texto sencillo en su totalidad.
El hecho de incluir la carta entera al final de mi artículo se debe a la importancia de leer las argumentaciones de manera íntegra y no a extractos, pantallazos y titulares. Esa es la primera apreciación que le voy a hacer a quien se queja de que en mi texto insulto a los ciudadanos de Venezuela que han emigrado a España. Una de las cosas más importantes que se están perdiendo por la cultura de la premura en las redes sociales es la comprensión lectora. No me hago responsable de lo que entiendes, solo de lo que escribo. Si en un artículo hablo de la gusanera fascista venezolana no puedes excluir el fascista para decir que estoy insultando a los venezolanos, si insulto, y no me molesta decirlo, lo hago a los fascistas venezolanos. A esos sí. No me merecen ni un ápice de respeto. Por eso digo "gusanera fascista venezolana" y no "gusanera venezolana". Es fácil de entender con un poco de buena fe, voluntad y conocimiento de la lengua española. La comprensión de la lengua no es algo que los inmigrantes venezolanos puedan poner como excusa porque la compartimos, así que si no hay mala fe, si no se es un fascista, es sencillo de entender a quién me dirijo y de quién hablo cuando hablo de la gusanera fascista venezolana.
El derecho a ofenderse no existe. Puedes sentirte ofendido por lo que escribo, por supuesto, y yo a no tener en cuenta esa ofensa. Porque a mí también me ofende que sin haber defendido jamás a Nicolás Maduro se me diga que defiendo dictaduras y no respeto los derechos humanos solo porque se hace una generalización sobre cualquier persona de izquierdas española. Yo también tengo que aguantar degeneraciones del debate y no voy llorando por las esquinas cuando algo así ocurre. También me ofendo cuando escucho a muchos de esos miembros de la gusanera fascista venezolana pedir una intervención militar sobre España o Colombia, dos gobiernos democráticos, solo porque no les gusta la ideología de sus presidentes. Y me molesta, mucho, tener que escuchar a cientos de refugiados venezolanos, a los que hemos acogido mejor y con más premura que a muchos otros ciudadanos de muchos otros países con problemas igual o más graves, corear en una plaza de mi ciudad "Pedro Sánchez, hijo de puta" y pedir que el presidente democrático de mi país acabe secuestrado y engrilletado. Me molesta y escribo para mostrar mi disconformidad.
España es una democracia. Precisamente por eso puedo calificar ejerciendo mi derecho a la libertad de expresión como "gusanera fascista venezolana" a los miembros de esa comunidad que celebran la violación del derecho internacional en su país y piden lo mismo para el mío. Porque sí, pienso que son fascistas de la peor condición. Escoria infecta. Pero no por venezolanos, sino por fascistas, que además son venezolanos. He escrito en muchas ocasiones las mismas cosas contra los españoles fascistas y no me han escrito nada más que los fascistas para amenazarme e insultarme. Como ha ocurrido con este artículo, por otra parte. Espero que su carta se deba a una falta de atención al leer y no por este motivo.
A los venezolanos de buena voluntad que hayan emigrado y tengan una opinión nefasta de su gobierno tienen derecho a tenerla y a expresarla, a esos no tengo nada que decirles, incluso a aquellos que hayan celebrado el derrocamiento de Maduro a pesar de la flagrante violación del derecho internacional, a pesar de que me parece catastrófico que lo hagan, porque puedo llegar a entenderlo ya que han salido de su país y se han alejado de su familia y culpan a Maduro. Es humano y comprensible. Creo que es un error pero tienen derecho a equivocarse. Pero sí, me reitero, a esos fascistas venezolanos que se creen con derecho a pedir que mi país pierda la democracia porque no son capaces de articular un pensamiento que diferencie la izquierda democrática de los regímenes autoritarios los desprecio con todo mi alma. Son mis adversarios ideológicos sin importar su origen, porque no soy nada condescendiente y trato como adultos a todo el mundo sin importar su raza ni género. Respeto a quien se lo merece y desprecio a los fascistas, a los venezolanos, y a los españoles.
Como corolario decirte que si alguna vez gana la extrema derecha en este país y monta una policía como el ICE para deportarte a ti o a tu familia será a mí y a los que piensan como yo a los que tengas poniendo el cuerpo para defender tu derecho a hacer una vida en paz en España. No preguntaremos a ninguno lo que piensa para solidarizarnos y defenderos como si fuerais nuestra propia familia. Acuérdate de esto.
Carta de un venezolano al señor Antonio Maestre
Señor Antonio Maestre:
Comienzo esta carta recordando algo que, en teoría, debería ser básico: una sociedad moderna y civilizada se construye con sus ciudadanos —migrantes incluidos—, con independencia de su origen, color de piel, creencias o ideas políticas. Lo digo por si acaso, porque a veces conviene enunciar lo evidente.
Tras leer su artículo, intento comprender de dónde surge tanto odio y desprecio. Frases como —y cito textualmente— «el gobierno español fue muy laxo con la concesión de asilo a una caterva de fascistas que representa lo peor de la ultraderecha mundial» resultan, cuando menos, llamativas en alguien que enarbola con entusiasmo la bandera del «welcome refugees». Debe de ser que hay refugiados de primera y de segunda, aunque no recuerdo haberlo leído en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Permítame detenerme en la palabra «caterva», que según la RAE significa «multitud desordenada de personas o cosas», con una clara carga despectiva. Me pregunto, entonces, cuál es la diferencia sustancial entre ese enfoque y las políticas del «stop migración» de Vox o el «migración sí, pero controlada» del señor Feijóo, porque, sinceramente, a simple vista el matiz parece más estético que ético.
Mi abuelo fue uno de los muchos españoles que escaparon de la dictadura franquista rumbo a Venezuela, huyendo del hambre y la miseria que asolaban España. Allí encontró un futuro para sus hijos y nietos. Irónicamente, esos mismos hijos y nietos hemos tenido que hacer el camino inverso, no por capricho, sino por supervivencia.
Como los españoles, Venezuela recibió a italianos, portugueses, sirios, libaneses, chilenos y a multitud de personas que, sin importar su color de piel, origen, ideas políticas o religión, encontraron allí un hogar y un futuro. Nadie les pidió un carné ideológico en la frontera para saber a quién votaban en su país de origen.
Hoy casi nueve millones de venezolanos hemos tenido que huir de nuestro país. Muchos lo hicieron a pie, cruzando el Tapón del Darién, con una maleta, algunas bolsas y una fe que no siempre fue suficiente. Algunos, de hecho, no tuvieron la suerte de llegar a su destino.
Más de mil presos políticos, desapariciones forzosas y el mayor centro de torturas de Latinoamérica —el Helicoide— configuran una realidad difícil de encajar en las sociedades que se autodenominan modernas. Un edificio concebido para ser un centro comercial de disfrute ciudadano, hoy convertido en el infierno en la tierra. La ironía, aquí, es tan cruel como innecesaria.
Señor Maestre, ojalá nunca tenga que emigrar por sus ideas políticas. Ojalá no tenga que despedirse de su familia en Barajas ni cruzar una frontera sin saber cuándo volverá a ver a los suyos, como lo han hecho millones de personas. Ojalá no tenga que preguntarse si ese abrazo fue el último.
Porque cuando eso ocurre, las etiquetas ideológicas suelen importar bastante menos que la dignidad humana.
Atentamente,
Un venezolano