TODO ESTÁ EN BOURDIEU
Los chulos de Abascal entran en declive
"Cada derrota internacional de la alianza posfascista hace más difícil a la derecha y la extrema derecha española tomar el poder, porque son una hidra que comparte cabeza con los repudiados. Se están desangrando y es imperativo que la sangría no coagule. Echen sal, que Abascal llore, celebremos".
El patriarca ha caído. La madame de los ultras europeos ya no podrá pagar con el dinero de sus bancos a los partidos que sirven para garantizarse los casoplones de Bedman y consorte. El jerarca de la extrema derecha europea, el faro de la autocracia del posfascismo, el paladín de Moscú para derribar la Unión Europea, ha sido vapuleado por un brote de su mismo tronco. Péter Magyar no es progresista. Ni falta que hace. La caída de Viktor Orbán trasciende al sucesor porque no importa de quién ha sido la victoria, sino lo que implica la derrota. El aspirante a dictador húngaro era un soporte fundamental de la extrema derecha europea que sostenía con sus recursos a la familia política filofascista de todo el continente. Su derrota hace más débil a Santiago Abascal y toda su familia en el continente.
El pendulazo no está siendo como los ultras vaticinaban con la llegada de Donald Trump al poder. Su advenimiento hizo que las familias serviles de la ultraderecha europea pensaran que el demente naranja en la Casa Blanca abriría una ventana de oportunidad, pero el delirio del megalómano y amigo de pedófilos la está cerrando de par en par. La estrategia de seguridad nacional que alentaba la llegada de los partidos ultras a los gobiernos europeos para favorecer sus intereses les hizo prometérselas muy felices a los quintacolumnistas de Trump en nuestras patrias, pero no contaban con que el apoyo solo pasaría por mandarles a JD Vance a un mitin, una llamada de teléfono y un tuit en Truthsocial prometiendo inversiones de millones de dólares. Su injerencia trucha está consiguiendo el fenómeno contrario al pretendido y mueve a las masas en contra de lo que Trump señala. Son tóxicos. Un lastre.
Europa no es Argentina, donde no hay instituciones supranacionales que sostengan las democracias cuestionadas. La injerencia económica descarnada que realizó en el país de América Latina consiguió torcer el momento gris que sufría Javier Milei prometiendo unas inversiones en la deuda que sostuvieran el país al borde de la enésima crisis que recordaba a la de 2001. Ganó allí. Intentó repetir en Hungría y fracasó. La izquierda europea tiene que ser consciente de que, en tiempos de repliegue democrático, las instituciones que podemos cuestionar de manera legítima pueden ser garantes de nuestros derechos. Por eso ahora la Unión Europea, por mucho que haya que cambiar, es una garantía para evitar la erdoganización de nuestros países.
Los últimos procesos electorales de ámbito nacional, que se han dado en Europa desde la constancia internacional de que el caos lo traen Trump y Netanyahu y todos sus socios, han sido muy desesperanzadores para los intereses de los posfascistas. Las elecciones municipales en Francia donde Reagrupamiento Nacional no consiguió ninguno de sus objetivos, la debacle de Giorgia Meloni el año previo a las elecciones generales con la derrota contundente en su referéndum sobre la reforma judicial y sobre todo la tremenda derrota del jerarca ultra en Hungría hacen prever un momento de reacción electoral a la barbarie ultra. El peligro no ha pasado, como indican los resultados autonómicos en muchas regiones europeas, pero sus grandes bazas se están tambaleando gracias a la locura de Trump que traslada a la opinión pública internacional lo que ocurre cuando se dan las riendas a los personajes de su cuerda.
Todos los países tienen especificidades propias y trasladar esa debacle ultra a nuestro país tiene riesgos y sería un análisis incompleto porque aquí nunca han gobernado y siguen siendo la novedad frente a un gobierno progresista desgastado. Eso no impide que la internacionalización del debate público y las agendas hagan más débil a nuestra ultraderecha por estar plenamente sometida a los intereses de Donald Trump, Benjamin Netanyahu o Viktor Orbán. Su adhesión inquebrantable los hace cada vez más endebles en España, porque está quedando en evidencia que no son libres para oponerse a EEUU ni al sionismo. Son la guerra y traen la peste. Cada derrota internacional de la alianza posfascista hace más difícil a la derecha y la extrema derecha española tomar el poder, porque son una hidra que comparte cabeza con los repudiados. Se están desangrando y es imperativo que la sangría no coagule. Echen sal, que Abascal llore, celebremos.