Todo está en Bourdieu

La Kitchen en Paracuellos

Juicio KitchenlaSexta
  Madrid | 09/04/2026

"Lo que ocurrió en el gobierno de Rajoy fue más grave, pero acaba sepultado cuando se empieza a desgranar hasta el detalle lo que ocurrió con la pata del gato a la que Ábalos le pagó el veterinario o la enchufada que se iba a la biblioteca a leer para aprender sobre trenes".

La "casualidad" ha querido que la causa de las mascarillas de José Luis Ábalos conviva en la agenda con la Kitchen del PP para que la derecha pueda permitirse que su corrupción no ocupe los tiempos en la agenda pública que permitan recordar cuán corrupta es la reacción.

La convivencia en la agenda de ambas causas permite entender quiénes son unos expertos en el arte de la corrupción y quiénes son meros principiantes que se dejan llevar por lo humano. No sabría decir cuál es más dañino para su partido, pero sí tiene unas diferencias fundamentales que permiten evitar la equiparación y encontrar una genealogía de la maldad en la corrupción de los partidos.

La corrupción del PP es siempre más grave. Es peor. Llega a lugares que no solo dejan sin recursos públicos las arcas de todos, sino que pervierten los derechos fundamentales de muchos ciudadanos hasta dejar tocada la esencia misma de la democracia. La derecha consigue la sublimación de la corrupción poniendo en cuestión los resortes mínimos de la participación política al usar las más altas instituciones de la seguridad de un país para ocultar pruebas que les perjudican y perseguir a adversarios políticos que ponen en cuestión el mantenimiento en el poder de la derecha.

El PP es el Ministerio del Interior usando un cura falso para robar pruebas que les permitan librarse de una condena. Es usar al DAO para perseguir adversarios políticos con pruebas falsas. Es la eliminación misma de la democracia jugando con el autoritarismo.

El abalismo es corrupción cutre, chusca, torrentiana, la que usa el dinero público para contratar prostitutas y pagarle la operación al gato de la meretriz. La que se ve empujada a coger lo que no debe por una vida disoluta en la que la fiesta le domina y el vicio supera a la virtud.

Ladronzuelos de cuarta categoría que empiezan a coger de la caja para pagar sus deudas de vida y placer, de película de sobremesa con poco presupuesto, que defienden su honor a los cuatro vientos antes de entrar a juicio para negar que hayan sido puteros, pero cuando llegan delante de un juez, lo primero que dicen es que esa señora que los acusa es puta. Que ellos solo son culpables de los placeres de la carne.

Y luego los escándalos impostados en la prensa patria. Porque no se acaba de entender la condescendencia con el comportamiento de la ínclita Jessica de los análisis sobre el hecho de que se quiera despreciar su opinión porque se pudiera haber dedicado a la prostitución.

Siempre teniendo en cuenta que ella no es la principal responsable del desfalco de fondos públicos, es indudable que ha sido beneficiaria de ese desfalco, siendo consciente de ello, porque nadie que no va a un trabajo en una empresa pública pero cobra el sueldo no puede ser liberada de responsabilidad; sea prostituta, dentista, azafata o mediopensionista.

La diferencia entre ambas corrupciones, entre ambos procederes, es similar al proceso de represión durante la Guerra Civil que la propaganda historiográfica fascista intenta equiparar para expiar sus culpas. La represión republicana se puede definir en Paracuellos, la de miembros fuera del poder que, al margen de las instituciones republicanas, llevaban a cabo procesos de asesinatos masivos, mientras personajes como Melchor Rodríguez evitaban que se produjeran esas matanzas.

En el bando fascista, la eliminación de los izquierdistas era dirigida desde arriba, estructurada, organizada y ordenada por los dirigentes. La fasciosa es la que sigue la cadena de mando y busca la eliminación sistemática; la ordena el general y acaba manchando la sangre de la plaza de toros de Badajoz sin dejar a uno vivo. La reaccionaria es metódica y calculada; la progre es atribulada y caótica, de piel. Todas matan. No todas son iguales en su proceder.

Estos días, lo más que se oye en el debate público cuando se ve a Koldo y Ábalos sentados de manera patética en la tribuna del Tribunal Supremo en contraposición con la cúpula del Ministerio del Interior del PP es que lo que ocurrió en el gobierno de Rajoy fue más grave, pero acaba sepultado cuando se empieza a desgranar hasta el detalle lo que ocurrió con la pata del gato a la que Ábalos le pagó el veterinario o la enchufada que se iba a la biblioteca a leer para aprender sobre trenes.

Así, poco a poco, con lo folclórico y lo degenerado, con la broma y el puterío, el de siempre y el mediático, lo que fue uno de los mayores escándalos de la democracia queda olvidado gracias a esa pareja de corruptos decadentes que operaban desde el Ministerio de Transportes, haciendo daño a su partido y a la democracia, ofreciendo un último favor a la reacción para ir erosionando nuestras instituciones, incluso ocultando los crímenes corruptos de la derecha.

Igual que cuando se denuncia la represión sistemática del franquista que acaba silenciado y olvidado, gritando: "¿Y Paracuellos, qué?".

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