Todo está en Bourdieu
Lo bonito sin mamá
"El recuerdo es tan vivaz que sigo viéndola y pensando en ella cada vez que veo el mar. He dejado de poder disfrutar de las cosas bonitas sin que me sobrevuele la punzada amarga del dolor".
En la última foto que tengo de mi madre sonriendo, estaba sentada en un sillón de mimbre sobre un manto de flores de cerezo caídas y con las ramas sobre su cabeza dibujando un parasol.
La enfermedad no le quitó las ganas, mientras el cuerpo se lo permitió, de irse a ver lugares bonitos y hacerse fotos con los atardeceres, frente a la playa en Xixón, en un río salvaje en los Picos de Europa o con el florecer de los árboles en Cáceres.
Los recuerdos que tengo de ella son haciéndose mil fotografías ante cualquier paisaje que le parecía bello, hasta el punto de que no soy capaz de pensar en ninguna ciudad del norte de España sin poner a mi madre posando frente a esos lugares.
El recuerdo es tan vivaz que sigo viéndola y pensando en ella cada vez que veo el mar. He dejado de poder disfrutar de las cosas bonitas sin que me sobrevuele la punzada amarga del dolor.
Joan Didion decía en 'El pensamiento mágico' que el sentimiento del duelo se conforma con ondas, en forma de picos y valles. Creo que no hay mejor manera para describir su funcionamiento.
El dolor por la pérdida de un ser querido no está presente todo el tiempo; hay momentos en los que puedes hacer tu vida con normalidad, a veces estás mejor, otras peor, pero cuando menos lo esperas, incluso en medio de un momento feliz, especialmente en medio de un momento feliz, aparece y te desmonta.
Han pasado siete meses desde la pérdida de mi madre y hasta hace unos días yo no había parado. La manera de soportar el dolor para mí fue ocupar el tiempo de todas las maneras posibles y unir mi trabajo habitual a la promoción del libro que se publicó cuando ella apenas se había ido y que no habría podido escribir sin su memoria.
Los primeros meses tras su marcha los ocupé leyendo libros sobre el duelo, a Sarah Manguso, Joan Didion, Julian Barnes, Yiyun Li, Delphine Horvilleur o Siri Hustvedt, y encontré compañía y consuelo entendiendo el dolor ajeno para apaciguar el propio. El trabajo y la familia hicieron lo demás para mantenerme a salvo.
Lo cierto es que había creído que lo estaba viviendo mejor de lo que me esperaba; a veces incluso me culpaba por estar bien y calmado, pensando que no me dolía tanto como exigía lo muchísimo que la quería, pero ha sido cuando me he dado un tiempo para disfrutar, para admirar las cosas bellas, pensar y sentir sin reflexionar cómo estaba viviendo el duelo, cuando he sido consciente de esa teoría de Didion sobre el dolor.
Miro un atardecer en el Atlántico, lo disfruto, lo paladeo, pierdo la noción del tiempo admirándolo. Soy feliz en ese instante, mucho, y de repente quiero compartirlo con mi madre, se me aparece para mandarle una foto, para pensar lo mucho que le gustaría ver lo bonito que se pone el cielo sobre el océano, para contarle el nuevo lugar que he descubierto y que me gustaría mirar junto a ella.
Lo primero que hice tras su muerte, los primeros días, que me hizo darme cuenta de que mi mundo ya no sería igual jamás, fue eliminar su número de teléfono de los favoritos. Había cogido la costumbre de llamarla cada vez que me montaba en el coche para ir a trabajar y ocupar el trayecto conversando con ella.
El día siguiente a su muerte la llamé tres veces, para colgar rápidamente cuando me percaté de que ya jamás me contestaría. Uno de los momentos más duros de la pérdida es la conciencia de que los momentos cotidianos ya nunca serán como fueron.
La niebla del pesar no me hace pensar con claridad, pero este dolor en mitad de lo bello es la mejor suerte que jamás me va a acompañar. Por mucho que me llene de amargura ahora cuando el dolor sucede y las lágrimas me perturben cuando surge la hora dulce, no hay mejor regalo que ese recuerdo de mi madre que brota en mitad de las cosas bellas, como en un día con dos amaneceres. Ya no es posible lo bonito sin mamá.