Adiós a Robe Iniesta

Cómo Extremoduro marcó toda una vida, contado en pequeñas historias cotidianas

La muerte de Robe Iniesta duele a muchos, casi como si fuera alguien cercano. En cierto modo, lo es. Extremoduro ha pasado con honores por muchas generaciones y ahora, con su adiós, nos paramos a pensar en ellas.

Robe Iniesta e Iñaki Antón (Uoho), en la presentación de la gira de despedida de Extremoduro de 2019Ricardo Rubio / Europa Press

El adiós a Robe Iniesta nadie se lo espera. Al menos, tan pronto. Toda una vida dedicada a la música que llega a su fin de manera drástica, inesperada, dolorosa, sin despedidas. 38 años hace desde que Robe Iniesta fundó Extremoduro, y en estas cuatro décadas cientos, miles, millones de veces han sonado sus letras, sus acordes, su particular voz en los reproductores de casi cualquier generación. Ahora, en Spotify; hace 30 años, en radio casette. Porque sí, aunque al Dios tuitero le moleste la gente que dice ser fan de Extremo desde siempre —"Ahora resulta que todo el mundo lo era"—, Extremoduro siempre ha tenido mucho fandom, quizás más —o quizás menos— que Robe en solitario.

Y es que para muchos, Extremoduro lo fue todo. O, al menos, mucho, muchísimo. Irene tiene 41 años y no puede separar a Extremo de su vida. "Empecé a escucharlos porque un chico que me gustaba del instituto llevaba una sudadera de Extremo. Le cogí una cinta a mi hermano, 'Agila', y cuando escuché la primera canción (Buscando una luna) dije... '¿Esto es el famoso Extremoduro?'. Todas las canciones decían algo que me representaba en algún momento de mi vida... y ya nunca más lo solté".

"El concepto que yo tenía de Extremoduro a los 15 años era de macarra. Y cuando escuché Buscando una luna me sorprendió muchísimo". Y esto es exactamente lo que vivió mucha gente cuando en los años noventa empezó a escuchar Extremo. "Que no, que ha sido un momentito solo de bajada. Que aquí no pasa nada". "Es que me lo estaba diciendo a mí ese hombre. Me estaba hablando", afirma Irene.

Su primer concierto del grupo fue con 15 ó 16 años —"Yo no sé si hoy en día te dejan entrar a un concierto así siendo menor de edad", bromea— y arrancó "un trozo de corchopán" de una de las vallas de seguridad. "Todavía lo tengo guardado". En aquel primer concierto, en la Cubierta de Leganés, Irene se quedó sentada en medio de la plaza de toros al terminar la actuación. Ella se llevó el corchopán; su amigo se echó un puñado de arena al bolsillo. Como quien consigue la púa del guitarrista, la baqueta del batería o la camiseta sudada del cantante. Un trozo de poliespán y un puñado de arena.

Pero lo cierto es que Extremo trascendió mucho más, en muchos aspectos de muchas vidas. "Gracias a Robe he sacado mi primer y único 10 en un trabajo", explica Diana. Tiene 38 años y cuando iba al colegio, ya escuchaba Extremoduro. "En clase de música, con 10 años, pensaba que todo el mundo escuchaba ese tipo de música, por lo bien que te hacía sentir", explica a laSexta.com.

Las melodías, la voz de Robe y sus letras "te arropaban cuando estabas triste" y así lo plasmó en un trabajo para clase, con toda naturalidad, pensando que era lo más habitual. "Mi profesora de música lloró y me felicitó". Ahora, casi tres décadas más tarde, trata de trasladar a sus hijas la misma emoción gracias a la música.

Tania también tiene 38 años y años arriba, años abajo, comparte generación con Irene y Diana. A diferencia de ellas, Tania vive en una ciudad muy pequeña, bastante alejada de la capital, donde las convenciones sociales están mucho más marcadas. Más aún, en los noventa y los dos mil. "Era muy difícil escuchar algo que no fuera lo que sonaba en la radio comercial a todas horas". En 1997, lo normal entre los jóvenes era escuchar a Alejandro Sanz, Eros Ramazzotti, Laura Pausini o a las Spice Girls; quizás algo de Oasis, y Héroes del Silencio no estaba del todo mal visto. "Pero que una niña de 12 ó 13 años cantara 'Yo del aire me enamoro y hago siempre lo que quiero...' en aquel momento no era tan fácil".

No fue sencillo entrar en esa música. Sin Internet y sin grandes referentes, fue un compañero de clase el que, gracias a las camisetas de grupos que llevaba al instituto, la introdujo en esta música. "Me dejaba CDs, los grababa y se los devolvía y cada semana descubría grupos nuevos", explica. Extremoduro marcó esa época y atravesó muchas fronteras, incluso algunas de clase, en aquel momento. "Uno de mis mejores recuerdos de la adolescencia es cantar a grito pelado las letras de Extremoduro con una de mis amigas de la infancia. Ideológicamente estamos en las antípodas, pero en aquel momento las dos cantábamos el 'Voy a tatuarme azul una casita' juntas".

Ella no pudo ir a ningún concierto, aunque consiguió trabajar como camarera durante la actuación del grupo en un festival de Madrid en 2012. Y cuando anunció su despedida dijo 'Tenemos que ir'. No fue fácil, pero consiguió entradas para aquellos conciertos que se anunciaron en diciembre de 2019, al borde de la pandemia. La pandemia fue retrasando el tour y las discrepancias entre Robe Iniesta y su entonces aún compañero, Iñaki Antón, Uoho, acabaron haciendo estallar la gira, la banda y todo. "Me quedaré con que mientras ponía cervezas pude escucharlos de fondo en directo".

Marta y Rocío tienen 37 años, compartían campamentos de verano y aunque cada una fue a un colegio diferente, acabaron encontrando el mismo camino. Marta iba a un colegio de frailes; en este contexto es bastante más curioso escuchar a Extremoduro —¿quién no recuerda a aquel Jesucristo García (1989) de 'Tú en tu casa, nosotros en la hoguera' o la portada de 'Yo, minoría absoluta' (2002)—. "Yo los descubrí en un canal de la tele de esos raros; primero salió Dover; luego, Extremoduro y Eskorbuto. ¡Todos me volaron la cabeza!". Recuerda que su primer casette se lo grabó una amiga de su hermana mayor —"Todavía la tengo, la de 'Rock transgresivo' (1989)—. Y en 6.º de Primaria o 1.º de la ESO, en ese colegio de frailes, su profesora de Ética les dio una canción de Extremoduro para analizar: Decidí —"aprender a hacerme yo la maleta para poder vivir"—. "Acostumbrada a cantar salves y avemarías... ahí vi esperanza en la humanidad", bromea.

Cuando tenían 14 años, fueron ella y Rocío a un concierto en Vistalegre (Madrid), el primero de varios. "Yo era una niña entonces de colegio concertado, no me pegaba nada escuchar algo así", nos cuenta Rocío. Desde entonces, ha podido ir a más conciertos, aunque es consciente de que "el primero siempre marca". Para el último, el de la gira de despedida, fue su ahora marido el que consiguió las entradas. "Pero no me dijo nada y cuando llegué a casa estaban colgadas en un árbol con unas guirnaldas de Navidad. Y me puse a llorar...".

Una historia de amor con Extremo de BSO en plena pandemia

Fue precisamente en aquella gira de despedida cuando Bea, de 40 años, estaba empezando una relación nueva. "Cuando salieron las entradas, Jose y yo llevábamos cinco días... compró las entradas a cuatro meses vista", recuerda. Es casi como que en el inicio de una relación te inviten a acompañar a una boda o un gran evento familiar, parecía que se hacía todo grande y real. Pero, sobre todo, rápido. "Le dije que estaba yendo muy deprisa y que yo en tres meses no sabía dónde iba a estar". Ahora se ríe, porque seis años después sigue con el mismo Jose, con el que comparte toda su vida, los hijos de ambos inclusive.

"Luego suspendieron todo" a raíz de la pandemia del coronavirus y, aunque se estiró el chicle a más no poder —Robe quería tocar, Uoho parecía que no— Live Nation finalmente tuvo que dar por cancelada de manera definitiva la gira. "Tenía esperanza en que algún día se volviesen a juntar", recuerda Bea, como han hecho muchos otros grupos en los últimos años. Extremoduro no se volverá a juntar, pero en su casa seguirá sonando.

De cómo Extremoduro dijo lo que muchas no sabían expresar

A Silvia, Extremoduro le llegó a través de un amigo, de pequeña, gracias a 'Iros todos a tomar por culo' (1997). "Me grabó una cinta de casette y me fliparon desde el primer momento. Yo escuchaba música comercial y ahí empecé a escuchar rock", explica. Y es que muchos rockeros de hoy se hicieron gracias a la banda de Robe. Su hermano mayor ya escuchaba Héroes del Silencio o Pearl Jam, pero para Silvia, Extremo "consiguió expresar lo que sentía en esos años de adolescencia rebelde".

Es precisamente una de las grandes virtudes de las letras de Extremoduro: saber expresar lo que para muchos era propio. "Siempre he pensado que Robe era capaz de plasmar de la manera más clara y perra las cosas más bonitas y las más tristes de la vida", afirma, antes de señalar cuál es, para ella, el mejor piropo que se le puede decir a alguien: "Si no fuera pa' mirarte ya no tendría cinco sentidos..." (Prometeo). "Conseguí que mis amigas del pueblo, que no sólo no eran rockeras, sino que eran, más bien, todo lo contrario, cantaran a voz en grito Jesucristo García en las noches de verano".

Extremo ha unido (y también desunido), entró en mucha gente y nunca más salió. Existe una leyenda en Japón que asegura que un hilo rojo invisible ata, a través de los meñiques, a las personas destinadas a conocerse: el talento de Robe ha sido ese hilo rojo invisible, enganchado a los dedos meñiques de millones de manos, todas ellas destinadas a sentir lo que él convirtió en arte. Al menos sí es ese hilo entre todas las que han hablado aquí a las que unen, entre otras cosas, Robe Iniesta, Extremoduro y el rock: estas pequeñas historias cotidianas forman parte de un pequeño grupo de amigas y aunque al Dios tuitero le pueda parecer que hoy todo el mundo se sube al carro de Extremoduro; que se lo digan a la Silvia que tiró de las letras de Extremo (y de muchos otros grupos) para el discurso que dio durante la boda de Tania. "Como veis, nuestra vida parece que sí tiene forma de canción; por eso, escribid cada día vuestra propia sintonía (...), que la melodía de vuestra vida resuene para siempre, igual que las buenas canciones, que son eternas".

*Sigue a laSexta en Google: la actualidad y el mejor contenido aquí.