Un rastro imborrable

Niños como cebo, violencia contra personas vulnerables y dos muertos: las huellas de la brutalidad del ICE en Minneapolis

El contexto La ciudad va a tardar en dejar atrás el caos sembrado por los matones de Donald Trump, que han actuado con total impunidad y sin límites causando el terror entre la población.

El ICE se va de Minneapolis. Se va de Minnesota. Se va de una ciudad, de un Estado, en el que han dejado una huella imborrable. En el que, según dice Tom Homan, han llevado a cabo una "exitosa" misión. Así se expresa el llamado 'zar de la frontera' de Trump. Así se expresa sobre la labor de los matones del presidente de EEUU, que han llevado el caos y el miedo a una ciudadanía que va a tardar en olvidar, en dejar atrás, las huellas de estos agentes federales.

Porque no han tenido límite alguno. Porque dejan tras de sí multitud de víctimas. Porque han actuado con total impunidad. Con, además, un libre albedrío tal que nadie podía sentirse seguro ante su presencia. Que nadie sabía si le tocaba él salir detenido. Si era el turno de ser esposado y de acabar entre rejas. O si iba a ser el último día de sus vidas.

Su "exitosa" operación en Minneapolis ha dejado dos muertos. Porque a tiros han terminado con las vidas de Renée Nicole Good, madre de tres hijos, y de Alex Pretty. Tanto la primera, tiroteada en su propio coche, como el segundo, asesinado en una protesta, han sido señalados por la Casa Blanca. Por una Administración de Trump que les ha tildado de radicales, de violentos y de extremistas.

Así ha actuado el ICE. Sin necesitar motivo alguno para sacar sus armas. Sin necesitar razón para disparar a civiles, a estadounidenses, desarmados. Así ha sido, así ha sido su "exitosa" operación en Minnesota. En un Estado en el que su brutalidad no ha conocido límite alguno y que ha tenido en los niños y las niñas, en menores de edad, como otro de sus objetivos.

No han dudado en usarlos como cebo. Como carnaza. Como señuelo en escuelas para atraer así a sus padres y detenerles dejándoles sin sus familias. Es lo que sucedió con el pequeño Liam, un niño de nueve años arrestado junto a su padre y llevado a un centro de detención de Texas. Porque allí han llevado a varios padres y madres como Marisol, la progenitora de Joselyn, que se vio sola con su mamá a miles de kilómetros de distancia.

Con su mamá entre rejas como otros tantas personas por el mero hecho de ser hispanohablantes. Por ser latinos. Por su acento. Por cosas que han llevado a los agentes a usar toda la fuerza posible contra ellos. "Tengo una discapacidad. Tengo una lesión cerebral", afirmaba una persona detenida por los matones de Trump. Ni eso, ni la enfermedad, les ha frenado.

Y tampoco les ha frenado la edad. "¿Por qué me golpean? ¿Por qué me tumban? ¿Por qué hacen eso?", se cuestionaba Francisco, un hombre de 82 años al que arrestaron en su puesto de trabajo.

Es el ICE. Es el proceder de esta milicia sin experiencia a la que Trump ha armado porque sí, sin ningún requisito y sin que tengan que conocerse la ley que deberían proteger. El modo de actuar de unos agentes que han dejado huella en Minnesota. En Minneapolis. En un lugar que no va a olvidar la brutalidad de los matones del presidente por más que ya no estén allí.

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