Crisis migratoria
Las madres al otro lado de la valla en Ceuta: "Un día se levantó, se fue y me la devolvieron muerta"
El contexto Tres madres de tres migrantes que cruzaron el 30 y el 31 de julio narran su historia desde distintos puntos de Marruecos. Hablan de la angustia que sienten, tanto las que perdieron a alguien en el camino como las que han seguido las penalidades de los que alcanzaron su objetivo.
Resumen IA supervisado
El dolor de las madres de migrantes que intentan llegar a Ceuta desde Marruecos es incuestionable. Muchas enfrentan la angustia de perder a sus hijos en el intento. Jamilla, una madre de Tetuán, perdió a su hija Faten, una joven promesa del fútbol marroquí, quien murió al intentar cruzar a nado. Otra madre en Martil llora por su hija y nieto, quienes huyeron de la violencia y pobreza. En Tánger, una madre teme por su hijo enfermo que busca tratamiento en Ceuta. Estas historias reflejan el sufrimiento y desesperación de madres que esperan noticias de sus hijos al otro lado de la frontera.
* Resumen supervisado por periodistas.
Hay pocas cosas en esta vida que puedan ponerse en cuestión. O que, al menos, no deberían ponerse. Una de ellas es el dolor de una madre. Un sentimiento incuestionable. Detrás de las miles de personas que entraron en Ceuta desde Marruecos entre los días 30 y 31 de julio hay multitud de historias. Tantas, probablemente, como madres sufriendo al otro lado de la valla.
Algunas de esas madres de las personas migrantes que, durante tres meses, han malvivido en las calles o en distintas playas de Ceuta, pasando hambre y soportando el rechazo de una parte de una población profundamente dividida, ofrecen su testimomnio de angustia y temor a laSexta desde distintos puntos de Marruecos: Tetuán, Martil y Tánger.
Porque hay madres cuyo dolor es todavía más difícil de soportar. Sus hijos forman parte de las más de 140 personas que perdieron la vida intentándolo. Una de ellas es Faten Ben Amar El Aziz, una joven de 20 años y promesa del fútbol marroquí. Su madre, Jamilla, recibe a laSexta en su casa, situada en una barriada de Tetuán, junto al cementerio donde Faten trabajaba después de los entrenamientos.
"Se pasaba el día del fútbol al trabajo en el cementerio y de allí, otra vez, al fútbol. Ninguna de las dos cosas le daba para vivir. Así que un día se levantó, se fue y me la devolvieron muerta", cuenta Jamilla. Tiene la mirada perdida. Una mirada que parece haberse quedado en el mismo lugar en el que se quedó su hija.
Faten recibió un fuerte golpe contra las rocas cuando intentaba cruzar a nado desde Castillejos hasta Ceuta, por la frontera del Tarajal. Después del impacto, se ahogó. La acompañaba su hermana, de 15 años, que todavía no se perdona no haber podido hacer nada por salvarla. Había tanta gente en el agua que nadie consiguió auxiliarla.
"Llegué a Ceuta y estuve un tiempo allí. Pero había demasiado odio en la calle contra las personas migrantes. Tampoco era capaz de dejar de pensar en mi hermana, así que decidí regresar con mi madre", relata. El otro hijo de Jamilla también cruzó.
"Los jóvenes arriesgan su vida en el mar porque no tienen con qué vivir en este país. Yo ni siquiera tenía dinero para enterrar a mi hija. Aquí invierten mucho en arreglar paseos y calles. ¿Pero por qué no invierten todo ese dinero en que los jóvenes tengan algo que comer?", se pregunta, desgarrada.
Hay una coincidencia especialmente cruel en esta historia. El mismo día que Jamilla recibió la noticia de la muerte de su hija supo también que Faten había conseguido un visado para ir a jugar al fútbol a Europa. Pero ya era demasiado tarde. "Ella solo decía: 'Yo quiero ir a España, yo quiero ir a España…'. ¿Quién era yo para ponerme en mitad de su camino?".
"Se quitó el hiyab y se ató a su hijo al cuerpo"
A pocos kilómetros de Tetuán se encuentra Martil, una ciudad costera donde nos hemos citado con otra madre. Un día antes, su hija había facilitado a laSexta el contacto desde el campamento de las naves del Tarajal, en Ceuta, donde lleva semanas durmiendo junto a su hijo de 11 años, que tiene una discapacidad.
Cuando le contamos que hemos estado con ellos, se emociona. Lleva demasiado tiempo sin verlos y, por un instante, tiene la sensación de estar hablando con su propia hija. Nos agarra de la mano durante la entrevista. Llora. Y no conseguimos que deje de hacerlo.
"Mi hija estaba divorciada porque fue víctima de violencia machista. Cuando se separó tuvo que empezar a sacar adelante sola a su hijo y el dinero no le llegaba. Así que decidió cruzar. Yo sabía que era peligroso para el pequeño, pero un hijo donde mejor va a estar siempre es con su madre. Había que correr ese riesgo", explica.
Después añade un detalle que resume, quizá mejor que cualquier otra cosa, la desesperación de aquella travesía: "Cuando se lanzó al mar, se quitó el hiyab de la cabeza y se anudó a su hijo al propio cuerpo".
Durante todo este tiempo ha vivido pegada al teléfono, pendiente de cualquier noticia que llegara desde Ceuta. "El día que se produjo el incendio en las naves del Tarajal, hasta que mi hija no me llamó para decirme que estaba bien, sufrí un ataque de pánico", recuerda.
Esta mujer, octogenaria, prefiere que no mostrar su rostro. Tiene miedo. Tanto ella como su hija quieren evitar que el exmarido de esta última pueda obtener alguna pista sobre su paradero. De hecho, esa es una de las razones que la empujaron a huir de Marruecos.
"Le supliqué que regresara"
También cuesta conseguir que otra madre, esta vez en Tánger, acceda a ser grabada. Teme las represalias. Tanto en Ceuta, donde su hijo de 19 años sigue durmiendo en la calle, como en Marruecos, donde ella continúa viviendo. Solo accede a ser grabada cuando se tranquiliza y se fía del equipo de laSexta.
El 30 de julio, su hijo tenía una cita médica para someterse a unos controles. "Él está enfermo. Tiene una trombosis cerebral que controla con medicación. Yo me había ido a la montaña con unos familiares, pero cuando volví a casa ya no estaba. No había ido exactamente al centro médico: se había marchado a Ceuta con sus amigos", relata.
"Le llamé y le supliqué que regresara. Pero me dijo que no, que quería recibir un tratamiento en condiciones. Aquí tenía un seguro privado, pero la cobertura estaba a punto de terminarse. Su padre murió cuando él era muy joven. Pensó que allí podía encontrar ayuda", asevera.
Lo que más le preocupa ahora es que su hijo pueda seguir tomando la medicación que necesita. Sabe que duerme en vehículos abandonados junto a otros jóvenes, pero desconoce si tiene acceso regular a sus medicamentos. "A través de un activista marroquí he conseguido enviarle medicación. Me da miedo que no la consiga y empeore", confiesa.
Hay algo que sí intenta hacer para no venirse abajo: mantenerse alejada de los medios de comunicación. No quiere saber qué ocurre en Ceuta. No quiere escuchar más noticias. "Cada vez que alguien viene y trata de contarme algo sobre Ceuta, le digo que no quiero saber nada. Lo dejo todo en manos de Alá. Espero que él pueda ayudarlo".
Y ahí se queda. Esperando. Como tantas otras madres al otro lado de la valla.