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EXPLORACIÓN ESPACIAL
El enfriamiento del interior lunar ha reducido su diámetro unos 50 metros y ha generado fallas en la superficie que podrían influir en las futuras misiones del programa Artemis.
La NASA ha confirmado que la Luna se ha encogido unos 50 metros de diámetro a lo largo de los últimos cientos de millones de años. Este fenómeno se debe al enfriamiento progresivo del interior del satélite, que provoca que sus materiales se contraigan lentamente con el paso del tiempo. Aunque la reducción puede parecer pequeña en comparación con los más de 3.400 kilómetros de diámetro lunar, tiene consecuencias geológicas en su superficie.
Cuando el interior de la Luna se contrae, su corteza rígida debe adaptarse al nuevo volumen. Esto provoca la aparición de arrugas tectónicas y fallas de empuje, estructuras en las que una parte del terreno se desplaza sobre otra y que pueden extenderse a lo largo de varios kilómetros. Estos cambios en la superficie demuestran que el satélite no es un cuerpo completamente inerte, como se pensaba durante mucho tiempo.
Estudios basados en imágenes de alta resolución tomadas por sondas orbitales ya identificaron en 2019 numerosos escarpes en distintas zonas de la Luna. Muchos de ellos parecen geológicamente jóvenes, lo que sugiere que el proceso de contracción del satélite continúa produciendo cambios en su superficie incluso en épocas relativamente recientes.
El interés por este fenómeno ha aumentado porque algunas de estas deformaciones se encuentran cerca del polo sur lunar, una región clave para las futuras misiones del programa Artemis. Allí se han detectado indicios de fallas y deformaciones del terreno cerca de posibles zonas de aterrizaje para astronautas.
Estas fallas pueden provocar pequeñas sacudidas conocidas como "moonquakes" o terremotos lunares. Aunque la Luna no tiene tectónica de placas como la Tierra, sí puede experimentar movimientos sísmicos causados por tensiones internas, impactos de meteoritos o por la influencia gravitatoria de la Tierra y el Sol. Los científicos señalan que estudiar estos riesgos será fundamental para garantizar la seguridad de las futuras misiones tripuladas y de posibles bases humanas en el satélite.