INVESTIGACIÓN

Consecuencias para la salud por el uso de móviles entre los 13 y 14 años

Más de dos millones de menores de 15 años tienen smartphone en España. Y un factor muy específico afecta tanto a la salud física como a la mental.

Una joven con el teléfono móvilPixabay

Pocos objetos han generado tanta preocupación entre padres, educadores y pediatras como el móvil. En apenas quince años ha pasado de ser una herramienta de comunicación a convertirse en una extensión permanente de la vida social, educativa y de ocio de millones de adolescentes.

La pregunta parece sencilla: ¿a qué edad debería recibir un niño su primer teléfono inteligente? La respuesta, sin embargo, es mucho más compleja.

En España, el acceso a los smartphones comienza cada vez antes. Según los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística, alrededor de siete de cada diez menores entre 10 y 15 años disponen ya de teléfono móvil propio. A partir de los 12 años la cifra aumenta rápidamente, hasta el punto de que el smartphone se ha convertido en un elemento habitual de la adolescencia temprana.

Durante años, psicólogos, pediatras y responsables educativos han advertido sobre los posibles efectos de las pantallas en el sueño, la salud mental, el rendimiento académico o la actividad física. Sin embargo, muchas de estas discusiones han girado alrededor de una cuestión concreta: la edad de adquisición.

Un nuevo estudio publicado en Jama Pediatrics, sugiere que quizá hemos estado formulando mal la pregunta. Los autores, liderados por Ray Barzilay de la Universidad de Pensilvania, analizaron la relación entre la adquisición de un smartphone a los 13 años y diversos indicadores de salud al cumplir los 14.

La conclusión más llamativa es que el simple hecho de recibir un teléfono inteligente a esa edad no se asoció con un aumento significativo de la depresión ni con un mayor riesgo de obesidad un año después. Es un resultado importante porque contradice parte del discurso más alarmista que suele acompañar a estas tecnologías.

Sin embargo, el estudio sí detectó una relación con otro aspecto fundamental para la salud adolescente: el sueño. Los menores que habían adquirido un smartphone a los 13 años presentaban una mayor probabilidad de dormir menos de lo recomendado a los 14 años.

Y aunque pueda parecer un detalle menor, los especialistas llevan años señalando que el sueño es uno de los pilares más importantes del desarrollo físico y cerebral durante la adolescencia.

La adolescencia es una etapa de profundos cambios biológicos. Durante esos años el cerebro continúa reorganizándose, consolidando conexiones neuronales y desarrollando funciones relacionadas con la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional. Gran parte de ese trabajo ocurre mientras dormimos.

Por eso la reducción crónica del sueño preocupa tanto a los expertos. Las pantallas pueden interferir en el descanso por varios mecanismos simultáneos. La luz emitida por los dispositivos altera la producción de melatonina, la hormona que ayuda a regular los ciclos de sueño. A ello se suma la estimulación provocada por vídeos, videojuegos, mensajes o redes sociales, que dificulta la desconexión mental antes de acostarse.

La parte más reveladora del estudio apareció cuando los científicos analizaron no quién tenía un smartphone, sino cuánto tiempo pasaba utilizándolo. En este caso la relación fue mucho más clara.

Los adolescentes con mayores niveles de uso presentaban más probabilidades de sufrir los tres problemas analizados: síntomas depresivos, obesidad y sueño insuficiente. La diferencia es fundamental.

Es comparable a lo que ocurre con un automóvil. Poseer un coche no determina por sí mismo el riesgo de accidente; lo que realmente importa es cómo se conduce, cuánto se utiliza y en qué circunstancias. Con los smartphones podría estar ocurriendo algo parecido. El dispositivo en sí mismo no parece explicar los problemas observados. Lo que marca la diferencia son los hábitos que se desarrollan alrededor de él.

El equipo de Barzylan también subraya que los resultados muestran asociaciones estadísticas, no relaciones directas de causa y efecto. Eso quiere decir que es posible que intervengan numerosos factores simultáneamente.

Por ejemplo, un adolescente que pasa muchas horas frente a una pantalla puede disponer de menos tiempo para realizar actividad física, practicar deporte o relacionarse cara a cara con otras personas. Del mismo modo, menores que ya presentan dificultades emocionales podrían recurrir con más frecuencia al teléfono como forma de entretenimiento o evasión.

Esta complejidad explica por qué el estudio evita la "relación fácil" de móvil equivale a obesidad o smartphone igual depresión. La salud mental, el peso corporal y los hábitos digitales forman parte de una red de factores que interactúan constantemente.

Quizá la conclusión más práctica del estudio sea que existen medidas relativamente sencillas capaces de reducir parte de los riesgos observados. La primera consiste en limitar el tiempo de uso diario del smartphone y la segunda, y probablemente la más fácil de aplicar, es mantener los teléfonos fuera de los dormitorios durante la noche. Ambas estrategias buscan proteger precisamente el factor que parece más vulnerable: el sueño.

Durante años el debate público ha girado alrededor de una cifra concreta: la edad adecuada para comenzar a usar un móvil o para acceder a redes sociales. Pero el estudio del equipo de Barzylan apunta hacia una realidad más matizada: no es cuándo, sino qué lugar ocupa ese dispositivo en su vida cotidiana.

Al igual que ocurre con la alimentación, el ejercicio o el descanso, el problema no parece residir únicamente en la herramienta, sino en los hábitos que construimos alrededor de ella.

TecnoXplora» CienciaXplora