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SEGÚN LOS EXPERTOS
Si encuentras algún alimento con uno o más de estos síntomas, lo mejor es tirarlo a la basura.
¿Plátanos demasiado maduros? ¿Verduras arrugadas? ¿Pan duro? No todos los alimentos que parecen viejos están necesariamente estropeados. Sin embargo, los expertos en seguridad alimentaria advierten de que existen cuatro señales claras que indican que un alimento debe acabar en la basura para evitar posibles intoxicaciones.
La primera es la presencia de moho visible. Aunque en algunos alimentos muy firmes, como ciertas frutas o quesos curados, puede retirarse la zona afectada, en productos blandos o porosos como las bayas, el pan o los quesos frescos lo más recomendable es desecharlos por completo, ya que el moho puede extenderse mucho más allá de lo que se ve a simple vista.
La segunda señal es la aparición de una textura viscosa o gelatinosa. Esta capa resbaladiza suele indicar la proliferación de microorganismos que han comenzado a descomponer el alimento. Si una fruta, una verdura o cualquier otro producto presenta esta característica, lo más prudente es no consumirlo.
También hay que prestar atención a las fugas de líquidos. Cuando un alimento empieza a liberar líquidos de forma anormal, especialmente si se trata de carnes, verduras o productos preparados, puede ser un indicio de deterioro y crecimiento bacteriano. En estos casos, los expertos recomiendan no correr riesgos.
Por último, los olores fuertes, ácidos o desagradables son una de las señales más evidentes de que un alimento ya no está en buen estado. Nuestro olfato puede detectar compuestos producidos durante la descomposición, por lo que un cambio notable en el aroma suele ser motivo suficiente para desecharlo.
En cambio, otras características como las arrugas en la piel de una manzana, una zanahoria algo blanda o un plátano muy oscuro no significan necesariamente que el alimento sea peligroso. En muchos casos siguen siendo aptos para el consumo y pueden aprovecharse en recetas como batidos, cremas, sopas o repostería. La clave está en diferenciar entre un producto simplemente envejecido y otro que realmente se ha estropeado.