¿TE ATREVERÍAS?
¿Una dieta con insectos? La ciencia dice que te gustarían más de lo que piensas
Más de dos de cada tres voluntarios de un reciente estudio, se inclinaron por un producto hecho con proteínas de insectos.
El lápiz labial rojo, el color del kétchup, de algunos chicles, helados y yogures… Todos ellos deben sus tonalidades llamativas a insectos. Llevamos conviviendo con ellos desde el inicio de nuestra especie. Y eso incluye usarlos como alimento también, aunque a menudo de forma disfrazada o "invisible".
Y es que pocos productos nos generan tanta resistencia como la idea de comer insectos. Saltamontes, grillos o gusanos aparecen con frecuencia en programas de supervivencia, donde el hecho de comerlos se presenta como una prueba de valentía más que como un alimento. Sin embargo, para una parte importante de la humanidad son simplemente comida.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que más de dos mil millones de personas consumen insectos de forma habitual. La pregunta es inevitable: si tanta gente los consume, ¿por qué nos resultan tan extraños?
El interés científico por los insectos no surge únicamente por curiosidad gastronómica. La población mundial continúa creciendo y la producción de alimentos representa una de las mayores presiones sobre el medio ambiente. La ganadería tradicional consume enormes cantidades de agua, terreno y recursos energéticos, además de generar una parte importante de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Los insectos ofrecen una alternativa interesante. En el apartado dietético, ambiental y económico. Para comprenderlo basta ver las cifras de un análisis realizado por Andrea Liceaga de la Universidad Purdue. De acuerdo con esta experta en Ciencias Alimentarias, mientras el ganado necesita hasta 22.000 litros para producir 1 kilo de proteína, los insectos requieren tan solo de 1 a 10 litros. El uso del suelo también señala las enormes diferencias: el ganado necesita de 50 a 200 m², mientras que los insectos tienen suficiente con 5 m². Y las emisiones se reducen un 80%.
Por ello, la Unión Europea reconoció oficialmente los insectos como "nuevo alimento" en 2018 y desde entonces ha autorizado varias especies para consumo humano. Entre ellas se encuentran los gusanos de la harina, los grillos domésticos y determinadas especies de langostas, que pueden comercializarse enteras, secas o convertidas en harina proteica.
Pero una cosa es que sean sostenibles y otra muy distinta que la gente quiera comerlos. Un nuevo estudio publicado en Journal of Neuroscience Psychology and Economics y liderado por científicos de la Universidad de Beira Interior, en Portugal, sugiere que la diferencia podría estar más relacionada con la psicología que con el sabor.
Para ello, un equipo liderado por Andreia C. B. Ferreira, reclutó a 38 adultos portugueses de entre 18 y 55 años que nunca habían probado alimentos elaborados con insectos. Antes de comenzar, los participantes respondieron preguntas sobre sus opiniones y conocimientos acerca de este tipo de productos.
Después probaron dos barritas diferentes: una convencional de cereales y otra elaborada con proteína de insectos.
Lo interesante es que los científicos no se limitaron a preguntar cuál les gustaba más. Mientras los participantes degustaban las barritas, registraron su actividad cerebral mediante electroencefalografía (EEG) y monitorizaron su frecuencia cardíaca mediante electrocardiografía (ECG).
La idea era observar qué ocurría no solo en sus respuestas conscientes, sino también en las reacciones fisiológicas del organismo. El equipo de Ferreira esperaba encontrar una fuerte resistencia hacia el producto elaborado con insectos, pero ocurrió justo lo contrario.
"Los resultados fueron muy sorprendentes – señala Ferreira -. La literatura científica nos decía que los consumidores tienden a rechazar estos nuevos alimentos. Sin embargo, observamos algo diferente. Los resultados muestran la importancia de las experiencias de degustación para promover esta alternativa".
Los registros fisiológicos revelaron que los participantes mostraban una mayor atención e implicación mientras consumían la barrita elaborada con proteína de insectos. También detectaron un aumento de la actividad cardíaca, interpretado por los investigadores como una señal de atención y activación emocional.
Lo más llamativo es que estos efectos aparecieron incluso cuando algunos participantes no sabían que estaban comiendo una barrita elaborada con insectos. Pero el experimento tuvo un ingrediente extra que no eran insectos: a algunos participantes se les informó correctamente sobre lo que estaban comiendo, pero a otros se les dijo que estaban probando una barrita convencional cuando en realidad se trataba de la versión elaborada con proteína de insectos.
Si el rechazo dependiera únicamente de la idea de comer insectos, las respuestas deberían haber cambiado drásticamente entre ambos grupos. Pero no fue así. Las reacciones fisiológicas aparecieron incluso cuando los participantes desconocían el origen del producto, lo que sugiere que la experiencia sensorial en sí misma puede resultar más agradable de lo que muchos consumidores imaginan.
Al final del experimento, cuando se les preguntó directamente cuál preferían, una proporción significativa eligió la barrita de proteína de insectos frente a la convencional: hasta un 84%, dependiendo del grupo, se inclinaron por esta opción.
Los resultados apuntan a una idea interesante. Quizá el principal obstáculo para la adopción de estos alimentos no sea su sabor, sino la percepción que tenemos de ellos antes de probarlos.
"Desde un punto de vista práctico, los resultados muestran la necesidad de mejorar la comunicación sobre los alimentos basados en insectos – concluye Ferreira -. No basta con presentarlos como algo nuevo. También es importante explicar claramente sus ventajas nutricionales y de sostenibilidad frente a otras alternativas proteicas".
Pese a que se utilizaron electroencefalogramas, se evaluaron constante vitales y se ocultó parte de la información para evitar prejuicios, el estudio también concluye que la muestra fue pequeña y se realizó únicamente en Portugal.
Aun así, los resultados encajan con una tendencia observada en otros ámbitos de la alimentación: muchas veces rechazamos aquello que nos resulta desconocido hasta que lo probamos ¿Veremos un Food Truck de insectos en un futuro?