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MAULLIDOS EN EL LABORATORIO

Ciencia felina: el año que un gato firmó un estudio sobre física de partículas

En 1975, la revista ‘Physical review letters’ publicaba un artículo firmado por dos investigadores de la Universidad Estatal de Michigan. Uno de ellos resultó tener orejas puntiagudas y cola felina.

Un científico incluyó a su gato entre los autores de un ‘paper’ en los años 70. vszybala en flickr cc

Para ser aceptado en una revista científica, los artículos enviados por investigadores deben pasar un proceso de escrutinio conocido como revisión por pares. Varios expertos ajenos al trabajo los revisan y evalúan su calidad y rigor antes de ser admitidos por el medio.

Aunque depende de la publicación, el proceso tiene fama de ser muy estricto. Sin embargo, hay una parte del examen que aparentemente cuenta menos para la nota final: los autores. Algunos ‘papers’ llegan a tener cientos o incluso miles de firmantes, cuyos nombres ocupan decenas de folios anexados al estudio. Y muchos de estos multitudinarios ensayos tratan sobre física de partículas, un campo en el que, además de aficionados a las masas, lo son a los animales. Especialmente a los felinos.

En 1975, la revista ‘Physical review letters’ publicaba un estudio titulado ‘Los efectos de intercambios de dos, tres y cuatro átomos en bbc 3He’. La investigación analizaba el comportamiento de un isótopo del helio a varias temperaturas y (teóricamente) correspondía a dos científicos: Jack H. Hetherington y F. D. C. Willard. No obstante, este último no podía sostener una probeta ni pronunciar el nombre del gas.

Pese a que los resultados del trabajo tuvieron cierta importancia para la física moderna, a Hetherington, investigador en la Universidad Estatal de Michigan, le pusieron pegas en la publicación. Ya se lo advirtió uno de sus colegas antes incluso de enviarlo: pese a encontrarlo interesante, le previno del rechazo.

Las trabas no se debían a falta de validez o rigor, sino a una cuestión editorial. El hasta entonces único responsable del estudio optó por utilizar la segunda persona del plural (nosotros) para describir su actividad investigadora, en vez de utilizar la primera del singular (yo). Así lo redactó y lo imprimió.

Pero la revista sólo permitía la forma verbal que Hetherington usaba durante todo el texto cuando había varios autores. A aquellas alturas, “cambiar el ‘paper’ a una voz impersonal parecía bastante complicado, así que simplemente pedí a la secretaria que incluyera el nombre de mi gato, un siamés llamado Chester”, explica el físico en el libro ‘Más paseos aleatorios en la ciencia’, de 1985.

Con el fin de darle credibilidad (debían figurar todas las iniciales del supuesto investigador), añadió las letras F y D, de ‘felis domesticus’, uno de los nombres científicos no oficiales del gato doméstico. Por último, eligió Willard como apellido en honor al padre del minino.

Hetherington defendía su argucia con varios argumentos. Por una parte, si compartía el mérito con otra persona, no sólo se diluía la reputación derivada del hallazgo, sino también el dinero que iban a pagarle por el artículo. Por otra, el físico no ignoraba el valor promocional de su idea: “Si finalmente se probaba que mis resultados eran correctos, la gente recordaría más el artículo si conocía la anómala autoría”, decía.

Por suerte para el científico, el estudio fue aceptado y Chester se convirtió en un reputado autor en el mundo de la física. Su dueño se arrepintió pocas veces de la travesura. “La mayoría de las personas lo han encontrado divertido, sólo los editores, por alguna razón, parecen verle poca gracia”, bromeaba el experto.

El engaño se hizo público cuando un visitante se presentó en la universidad preguntando por el físico. Como no estaba disponible, pidió entrevistarse con el segundo autor del estudio, el tal Willard. Pero Willard no estaba ni se le esperaba. “Todo el mundo empezó a reírse y el gato salió pronto de la bolsa” cuenta Hetherington.

No contento con su logro, el científico siguió con las bromas. A finales de los '70 los organizadores de una conferencia en Ginebra solicitaron algunas copias del artículo para invitar a sus responsables a participar en el evento. El científico les envió los ejemplares con autógrafo incluido: junto a su rúbrica aparecía la huella de su colega gatuno. Por supuesto, en Suiza cambiaron de opinión.

En la universidad, no obstante, le cogieron cariño, y antes de su muerte, Willard apareció citado en otras publicaciones académicas. Incluso como autor principal en la revista francesa ‘La recherche’. Con los años tampoco le han olvidado: en el 2014, la Sociedad Estadounidense de Física anunció que todos los ‘papers’ escritos por gatos quedaban disponibles en abierto. Sin duda un avance importante para la ciencia felina.