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‘EAU DE TORMENTA’

¿A qué huelen realmente los relámpagos y otros fenómenos meteorológicos? La ciencia responde

La formación de ozono y la liberación de ciertos compuestos adheridos a las rocas son algunos de los responsables de que asociemos las tormentas con fragancias características, como el olor a tierra mojada.

Las descargas eléctricas provocan cambios en la composición de la atmósfera Visualhunt

Sabemos que producen potentes destellos y un ruido atronador que puede llegar a poner los pelos de punta incluso a los más valientes. Pero los relámpagos que iluminan el cielo durante una tormenta de verano también producen otro tipo de estímulo que pasa bastante más desapercibido: tienen un sutil olor que impregna el aire a su paso.

Además de calentar sus alrededores hasta temperaturas que superan los 30.000 grados centígrados, provocando una rápida expansión del aire responsable del fuerte sonido, este fenómeno produce cambios a nivel molecular que alteran la composición de la atmósfera y segregan un peculiar aroma.

En condiciones normales, predominan dos moléculas en las primeras capas de la cubierta gaseosa de la Tierra: el nitrógeno y el oxígeno en sus formas moleculares (N2 y O2).

Las descargas eléctricas que tienen lugar durante una tormenta provocan la separación de sus átomos, que vuelven a unirse una vez la zona se enfría, pero que pueden hacerlo en combinaciones diferentes. De ahí que se formen moléculas de óxido nítrico y ozono (O3).

Así, el ozono que se produce es el causante de ese extraño perfume que dejan los relámpagos y que las corrientes de aire transportan a las zonas bajas de la atmósfera, donde podemos percibirlo. No en vano, la nariz humana puede captar concentraciones muy pequeñas, de hasta 10 partes por millón, de este compuesto cuyo olor puede recordar al del cloro o de productos de limpieza.

La fragancia de la lluvia

Pero las tormentas traen consigo un cóctel de olores que va más allá de los producidos por las descargas eléctricas. La lluvia también provoca la aparición de distintos aromas al golpear las superficies y liberar en el aire las moléculas odoríferas que se situaban sobre ellas, ya sean hojas de árboles o el asfalto de una carretera.

Cuando las gotas caen sobre suelos secos, la fragancia que se desprende tiene un nombre: petricor, un término acuñado por dos geólogos australianos en los años 60. Como bien describían estos científicos, el perfume se debe a los aceites segregados por ciertas plantas y depositados sobre la tierra o la roca. El agua causa la liberación de estas sustancias que, junto con la geosmina, un producto del metabolismo de ciertas bacterias, son responsables del peculiar olor a tierra mojada.

Tormenta | Visualhunt

La cosa cambia cuando las precipitaciones se producen en forma de nieve. Por un lado, la alta humedad que alcanza la atmósfera estimula el olfato. Por otro, podemos percibir el frío aire que respiramos por la nariz gracias al nervio trigémino, responsable también de las sensaciones que nos producen la menta o las comidas picantes. Aunque su respuesta sensitiva es independiente del sistema olfativo, el cerebro la asocia a ciertos aromas habituales.

De esta forma, el supuesto aroma que algunos pueden percibir durante una buena nevada es más bien una experiencia sensorial resultado de un cóctel de factores que van desde la humedad a la excitación de ciertos nervios de la cara.

Mensajes olorosos

Para algunos animales, ese combinado de químicos que se desprenden durante una tormenta puede ser una útil fuente de información. Algunos científicos sospechan que el petricor en ríos indica a los peces de agua dulce que ha llegado el tiempo de desovar.

Y la microbióloga británica Keith Chater sugiere que los camellos pueden seguir el aroma de la geosmina para rastrear oasis en el desierto, mientras que las bacterias que producen estos compuestos utilizan a estos animales jorobados para diseminar sus esporas.

En el caso de los humanos, se ha comprobado que, en ciertas culturas, el olor de la lluvia se asocia a eventos naturales. Por ejemplo, el pueblo australiano Pintjantjatjara lo relaciona con el color verde y el inicio de la temporada de precipitaciones, así como con la abundancia de alimento. La autora de un estudio sobre este grupo humano cree que se trata de una sinestesia cultural o asociación de diferentes estímulos sensoriales a nivel de una sociedad como consecuencia de su historia y evolución.

La próxima vez que te huela a tierra mojada o a humedad, piensa que podría tratarse de una capacidad heredada de nuestros ancestros que les permitía detectar los cambios de estación y periodos de bonanza alimentaria.