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Por qué los cruceros son tan propensos a los brotes de enfermedades

No es que tengan más gérmenes, sino que la forma en que están diseñados los convierte en un entorno perfecto para que cualquier infección se propague rápido.

Los cruceros son la escapada ideal: todo incluido, vistas al mar y entretenimiento ilimitado. Pero detrás de esa imagen idílica hay una realidad bien conocida por los expertos en salud pública: son entornos especialmente propensos a la propagación de enfermedades.

La actualidad acaba de recordarlo con el brote registrado en el MV Hondius, donde varios pasajeros han fallecido por hantavirus. Aunque este virus no se transmite con facilidad entre personas y suele estar asociado al contacto con roedores, el caso ha puesto de nuevo el foco en un problema recurrente: la vulnerabilidad de los cruceros ante cualquier brote infeccioso.

Parte de la explicación está en el propio diseño de estos barcos, tal y como detalla un análisis publicado en The Conversation. Un crucero funciona como una pequeña ciudad flotante donde miles de personas conviven durante días compartiendo prácticamente todo: aire, comida, agua y espacios comunes.

Imagen de archivo del crucero MV Hondius | Reuters

Restaurantes, bufés, piscinas, teatros o ascensores son utilizados constantemente por todos los pasajeros. Este uso intensivo de espacios compartidos facilita tanto la transmisión directa entre personas como la indirecta a través de superficies contaminadas. Por eso virus como el norovirus, responsable de gastroenteritis, son habituales en este tipo de viajes.

A ello se suma que gran parte de la vida a bordo ocurre en interiores. Camarotes, comedores y zonas de ocio concentran a muchas personas durante largos periodos de tiempo, lo que favorece la propagación de enfermedades respiratorias como la COVID-19 o la gripe, especialmente si la ventilación no es óptima.

La interacción constante entre pasajeros y tripulación también tiene que ver. Los trabajadores viven en el propio barco, a menudo en espacios compartidos, lo que multiplica las oportunidades de contagio y crea cadenas de transmisión difíciles de cortar.

Además, no todos los riesgos dependen del contacto directo. Algunas enfermedades, como la legionelosis, pueden originarse en sistemas de agua contaminados, como duchas o jacuzzis, lo que obliga a mantener controles muy estrictos en las instalaciones del barco.

Esto pone de manifiesto que, aunque el origen de una enfermedad sea externo, el crucero puede actuar como amplificador debido a la convivencia estrecha y continuada.

El problema se agrava porque muchas infecciones pueden transmitirse antes de que aparezcan los síntomas. Para cuando se detecta un caso, la persona ya ha pasado por múltiples espacios y ha tenido contacto con numerosos pasajeros.

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