Astronomía, divulgación, descubrimientos, ecología, innovación...
¿TE HA PASADO ALGUNA VEZ?
Los expertos coinciden en que no lo hacemos para engañar a otros, sino para no destrozar la historia que nos contamos.
Todos hemos vivido ese momento incómodo en el que sabes, en el fondo, que has metido la pata… pero tu cabeza empieza a fabricar excusas como si tuviera un departamento creativo propio. No es que lo hagamos por maldad ni por quedar bien: es que nuestro cerebro detesta sentirse en contradicción. Y cuando algo no encaja con la imagen que tenemos de nosotros mismos, activa un mecanismo que lleva décadas estudiándose: el autoengaño.
La famosa disonancia cognitiva, descrita por Leon Festinger en los años 50, explica justo eso. Esa tensión interna que aparece cuando pensamos una cosa pero hacemos otra. Para aliviarla, nuestra mente se pone a trabajar buscando explicaciones, aunque sean absurdas, para que todo cuadre. Minimizar errores, reinterpretar recuerdos o defender lo indefendible son formas de proteger nuestra identidad.
Los expertos coinciden en que no lo hacemos para engañar a otros, sino para no destrozar la historia que nos contamos. Por eso solemos justificar más los fallos de "los nuestros" y ser durísimos con quienes consideramos de fuera. Incluso la memoria juega a favor del autoengaño: no almacena datos tal cual, sino que los reconstruye según emociones y expectativas.
¿Es malo autoengañarse? A veces no. Puede servir de amortiguador emocional. El problema llega cuando distorsiona tanto la realidad que nos impide aprender o asumir responsabilidades. Detectarlo —buscando información contraria, tomando decisiones en frío o revisando nuestras narrativas— es el primer paso para evitar que este mecanismo mental nos controle más de la cuenta.
En el fondo, el autoengaño funciona como un sistema de defensa psicológica bastante sofisticado. Nos permite mantener una sensación de coherencia y estabilidad en medio de decisiones contradictorias, errores o fracasos. Sin ese "colchón" mental, probablemente viviríamos en un estado de culpa o inseguridad constante. El problema es que cuanto más recurrimos a él, más reforzamos versiones cómodas de la realidad que no siempre coinciden con los hechos.
También influye el entorno. Cuando nos rodeamos de personas que piensan igual, la disonancia apenas se activa, porque todo valida nuestra narrativa. En cambio, el contacto con puntos de vista distintos suele incomodarnos precisamente porque amenaza ese equilibrio interno. Aprender a tolerar esa incomodidad, sin reaccionar a la defensiva, es una de las formas más eficaces de crecer. Reconocer que podemos estar equivocados no debilita nuestra identidad: la hace más flexible y, a largo plazo, más sólida.