DESCÚBRELO
Cuando llega el invierno, Estonia se convierte en un destino único para los amantes del hielo, con pistas de patinaje que surgen tanto en sus ciudades históricas como en espectaculares paisajes naturales, ofreciendo una forma mágica y muy local de disfrutar del frío.
Cuando las temperaturas descienden en Estonia, el país entero se transforma en una inmensa pista de patinaje. Desde plazas medievales hasta rincones remotos de áreas protegidas, esta actividad invernal puede practicarse en una sorprendente variedad de entornos.
Ya sea en el Casco Antiguo o en los distritos de Nõmme y Mustamäe, los amantes del hielo encontrarán varias pistas sobre las que deslizarse en la capital estonia. Una de las más icónicas se encuentra a los pies de la histórica Iglesia de San Nicolás y permanece abierta de diciembre a abril, mientras que en el barrio de Telliskivi, conocido por su carácter bohemio y cosmopolita, se sitúa otra de las opciones.
En Tartu, al sur del país, la Plaza del Ayuntamiento se transforma cada invierno en un escenario de ensueño. Cerca de 1.000 metros cuadrados de hielo rodean la icónica fuente de los Estudiantes Besadores, creando un entorno especialmente romántico para una tarde de patinaje.
Los más aventureros también pueden probar este deporte en plena naturaleza, ya que muchos lagos, estanques y bahías se mantienen congelados durante los meses de mayor frío. El lago Peipus, o las bahías de Pärnu y Haapsalu, a las orillas del mar Báltico, son algunas de las localizaciones más famosas para ello, aunque también es recomendable visitar el Parque Nacional de Soomaa y sus turberas congeladas, un tipo de humedal autóctono formado por la acumulación de materia vegetal.
Tras el esfuerzo, lo habitual es refugiarse del frío con una bebida caliente (chocolate o glögi, un vino especiado) o relajar los músculos con una tradicional sesión de sauna, poniendo el broche de oro a esta actividad perfecta para disfrutar del invierno estonio.