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El pueblo de Aragón que es uno de los más bonitos de España y que parece salido de Frozen

Lanuza, en pleno Valle de Tena, quedó completamente deshabitado a finales de los años setenta por la construcción de un pantano. Sus antiguos vecinos lo levantaron de nuevo piedra a piedra y hoy es una de las postales más fotografiadas del Pirineo aragonés.

Hay paisajes que uno juraría que solo existen en el cine. Casas de piedra y pizarra apiñadas en una ladera, cumbres de más de 2.000 metros al fondo y un lago que, cuando el agua se calma, refleja las montañas como un espejo. La imagen recuerda tanto a Arendelle, el reino helado de Frozen, que más de un viajero ha hecho la broma al llegar. Pero aquí no gobierna la reina Elsa: estamos en Lanuza, en el Valle de Tena, y su historia real es todavía más sorprendente que cualquier guion de Disney.

Porque este rincón de Huesca, hoy uno de los más fotografiados del Pirineo aragonés, estuvo condenado a desaparecer bajo las aguas. Te contamos cómo pasó de pueblo fantasma a destino de cuento.

El pueblo que se negó a desaparecer

Lanuza | Imagen cortesía de Turismo de Aragón

Lanuza pertenece al municipio de Sallent de Gállego y se asoma al embalse que lleva su nombre, a 1.285 metros de altitud. Documentado desde el siglo XIII y cuna de varios justicias de Aragón, entre ellos Juan V de Lanuza, vivió durante siglos de la ganadería… hasta que todo cambió en los años setenta: la construcción del embalse para regular el río Gállego supuso la expropiación de casas y tierras y, a finales de esa década, el pueblo quedó completamente deshabitado.

La paradoja es que el agua nunca llegó a tragarse el casco urbano, aunque el abandono fue deteriorando los edificios. En los años noventa los antiguos vecinos y sus descendientes regresaron para rehabilitar el pueblo respetando su fisonomía original. Gracias a ese empeño, hoy Lanuza vuelve a lucir su estampa montañesa y presume de una historia de resistencia que pocos destinos pueden contar.

Qué ver en Lanuza

Embalse de Lanuza | Imagen cortesía de Turismo de Aragón

Pasear por su casco urbano es la mejor manera de entender el mimo con el que se reconstruyó. Fachadas de piedra con escudos, portadas con dinteles de medio arco y tejados de pizarra componen un conjunto compacto de arquitectura pirenaica que se recorre en un paseo tranquilo, con el embalse siempre presente.

La joya patrimonial es la iglesia del Salvador, levantada en el siglo XIX sobre un templo románico anterior que fue incendiado durante la Guerra de la Independencia y del que aún se conserva un crismón en la portada. En su interior guarda un tesoro inesperado: un relicario de plata de 1557 con restos de Santa Quiteria, la patrona del lugar. El pueblo también ha recuperado sus tradiciones más antiguas, como el Palotiau, un baile entre pastoril y guerrero en el que los danzantes entrechocan cayados de madera.

Conciertos sobre las aguas

En julio Lanuza se convierte en un escenario único en España, y esta vez en sentido literal. Desde principios de los años noventa, el pueblo acoge Pirineos Sur, el Festival Internacional de las Culturas, que reúne cada verano a artistas de los cinco continentes sobre un escenario flotante instalado en el propio embalse. Ver un concierto al atardecer, con el agua y las montañas de fondo, es una de esas experiencias que justifican por sí solas la escapada. Este verano el festival vuelve a celebrarse del 9 al 26 de julio, así que conviene consultar la programación y las entradas en su web oficial antes de organizar el viaje.

Un pueblo que estuvo a punto de borrarse del mapa y que hoy mezcla:

  • Historia de superación
  • Patrimonio pirenaico
  • Música sobre el agua.

Si buscabas excusa para subir al Valle de Tena este verano, Lanuza te da tres de golpe.