La antropóloga colombiana que ha novelado la destructiva onda expansiva de la violencia machista
Laurandrea Torres Martínez es antropóloga y periodista. Y en su primera novela, No contaban con las ondas, realiza un retrato demoledor de lo que queda tras un episodio de violencia machista.
Laurandrea Torres Martínez
Editorial: Las afueras
Año de publicación original: 2025
"¿Tú has sabido algo de ella? Martes, lunes, domingo". Es el instante en el que Eliana se percata del tiempo que lleva sin saber nada de su mejor amiga Anto, Antonia, con la que compartió su infancia y de quien la distanció un abismo llamado Fernando, sin ser ninguna consciente de ello hasta demasiado tarde.
El cráter. Así define Laurandrea Torres Martínez el tremendo agujero que deja la ausencia
El día en que la madre de Anto le cuenta que no da señales, que ni responde a llamadas ni mensajes, todo encaja demasiado rápido. Con la cadencia propia de los hechos que se suceden con un orden prescrito: "Hice la cuenta hacia atrás con los dedos de la mano izquierda. Yo también llevaba días sin saber de ti y lo último que me habías contado era que ibas a pasar el fin de semana con Fernando a las afueras de Bogotá".
El cráter. Así define Laurandrea Torres Martínez en No contaban las ondas el tremendo agujero que deja la ausencia. Como la destrucción que deja a su paso, y que no actúa de repente, de forma intempestiva e imprevista, sino que carcome poco a poco.
Primero, mina la voluntad; después, aísla. Tanto que el entorno se queda a veces paralizado por temor a perder el último hilo de conexión que les une con esa amiga, esa hermana, esa mujer maltratada. Como lo es Antonia. Y así cuenta Eliana la culpa que le sobrevino al perderla y ser consciente de que quizás no debía callar ante "las cosas que él hacía o te decía".
La ley del hielo
El maltratador se coló por una fisura, en un momento de debilidad, cuando Antonia tenía la guardia baja tras perder a su padre. Apareció como un rescatista con "oxígeno para tus raíces asfixiadas". Que luego él se encargó de constreñir y secar. Antes, la acostumbró a un nuevo lenguaje, en el que los celos no eran una señal de alarma, una clara red flag, sino la parte incómoda de un comportamiento romántico.
"Que Fernando iba a cambiar. Esa es, tal vez, la mentira más grande que nos dijimos las dos"
De ahí a justificar que tras un enfado él la hiciera ghosting y no le cogiese las llamadas, en lugar de detectar el patrón del maltratador que aplica la ley del hielo y el castigo por respuesta para someterla. "'No sé qué hice yo'. Esa era la frase que repetías cada vez que Fernando te dejaba de hablar o te soltaba un comentario hiriente".
El día que lo dejó fue fiesta. A Eliana se le escapó un "grito de impresión". Pero el eco de la felicidad al saber que su amiga lo plantó tras descubrir una infidelidad duró poco. Apenas unos meses en los que la Antonia anterior afloró, recuperó sus vestidos, maquillaje y hasta pintó de rosa las paredes de apartamento nuevo en el que iba a empezar su nueva vida, dejando atrás todo lo que apagó Fernando.
Hasta que volvió con él. Lo perdonó. "Que Fernando iba a cambiar. Esa es, tal vez, la mentira más grande que nos dijimos las dos".
La incomprensión del maltrato
En No contaban las ondas no hay clemencia con el asesino. Pero apenas se le dibuja. Tampoco su crimen. "¿Para qué? No necesitas saber eso y yo no necesito repetirlo", le escribe Eliana al fantasma de su amiga. Con lo que el lector intuye la violencia, la huida y el precipicio del horror, sin que la autora se detenga a explicitarlo.
La autora no está tan interesada en la narración de un maltrato como en retratar toda la incomprensión que genera
Un cráter que Torres sortea recurriendo al recuerdo. No parece tan interesada en la narración de un maltrato y de un asesinato machista como en retratar toda la incomprensión que genera. ¿Se pudo evitar? ¿Pasó por cómo era ella, la víctima? ¿Qué se recuerda de una persona que terminó anulada?
"Había muchísimas cosas que nunca, pero nunca entendí de ti, Anto", se desahoga Eliana en uno de los párrafos más íntimos y generosos. Página 85, superado el ecuador del libro. La prueba de que al añorar a alguien arrebatado se añora el todo, lo que gustaba y lo que no. Hasta en las divergencias están las querencias.
La violencia destructiva
Imposible no pensar en las influencias de esta autora que firma con nombre compuesto y dos apellidos. Laurandrea Torres Martínez es antropóloga y abogada. Y en esta ópera prima despieza el ejercicio de una justicia que critica por compleja, incompleta e insuficiente, sin olvidar la máxima antropológica del Nosce te ipsum, conócete a ti mismo.
En ese ánimo didáctico recurre a la metáfora, comparando varias de sus escenas con el cuidado que necesita un aguacate para madurar o con las ondas que deja una piedra al chocar contra el agua del estanque. Otro cráter. Otra metáfora. "No te daba miedo nada. Y si lo sentías, no se notaba. Tal vez el único que fue capaz de volverte diminuta fue él, que necesitaba más espacio para su ego y su inseguridad".
A ningún asesino machista le importa la onda destructiva que deja
Fernando tiró la piedra y escondió la mano. Huyó como tantos asesinos, clamando su inocencia. Y como tantos, extendió la rabia que también ocupa un lugar destacado en la novela. Torres ahonda en cómo se cuela, hurga, pudre y supura, de manera cruel, incomprensible y desgarradora, fruto de la obsesión de un asesino que solo ve la aniquilación de su víctima. Sin importar las consecuencias.
"Te mataron a ti y mataron todo lo que tejiste". A ningún asesino machista le importa la onda destructiva que deja.
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