Viñeta de la novela gráfica 'Ya no llama nadie', de Elisabeth Casillas y Blanca Vázquez | Astiberri

‘Ya no llama nadie’: la novela gráfica que mira de frente a la soledad de nuestros mayores

Elisabeth Casillas y Blanca Vázquez se ponen en la piel de una mujer que está en la última etapa de su vida, que se siente vacía y que no sabe cómo expresarlo. Una historia sobre la vejez, el amor y todo lo que dejamos atrás.

 |   | 30/09/2026

Elisabeth Casillas

Ilustraciones: Blanca Vázquez

Editorial: Astiberri

Año de publicación original: 2026

Envejecer es, sin duda, una de las experiencias más extrañas de la vida. Cuando eres joven lo ves tan lejano que ni te preocupas. "Los viejos...", dices, con desdén, con esa superioridad que te da el exceso de energía, la inexperiencia y toda una vida por delante.

Pero sin darte cuenta, tu vida ha pasado en un suspiro. Y ahora eres tú "el viejo" del que hablabas con pereza cuando no tenías ni puñetera idea de qué iba esto de vivir. Y un día pasas de tener amigos, una casa —con suerte, claro, que ya sabemos como está el panorama, Maricarmen—, una pareja, hijos —o no— y mil cosas que hacer sin tiempo para hacerlas.

'Ya no llama nadie' es una llamada para que veamos la realidad de muchos de nuestros mayores

De ahí llegas a un momento en el que tienes todo el tiempo del mundo para echar en falta, precisamente, todas esas cosas que tenías y que el maldito e inexorable reloj te ha ido arrancando de las manos sin pedirte permiso.

Pasas de ser tú el que visitas, a ser el visitado. Los domingos o, si suena la flauta, incluso algún sábado. Un día a la semana. Para qué más. O una llamadita entre diario. Y ya. Yo todavía no he llegado ahí y podría pensar que no pasa nada, que nuestros mayores tienen compañía, tienen familia, tienen todo lo que necesitan. Iluso de mí.

Ya no llama nadie es, paradójicamente, una llamada. ¿De atención? No sería tan osado. No es la intención de sus autoras. Es una llamada para que paremos y observemos. Para que nos detengamos un momento y veamos la realidad de muchos de nuestros mayores.

El ocaso de Mariona

Mariona tiene 87 años y vive con Vicente, su marido, en un pueblo de esa España vacía y abandonada donde cada vez quedan menos personas de su generación. Sus amigas se han ido muriendo y Vicente empieza a tener problemas de memoria. Para colmo, ella está bastante sorda y le cuesta entender lo que le dicen. Vamos que el aislamiento le ha llegado por varios flancos.

Hay una conversación que desea tener con su hija pero que no le sale y además, su hija huye de ella en cuanto la intuye

Pasa sus días cuidando de su jardín, tratando de discutir lo menos posible con su marido y esperando como agua de mayo a que su familia venga a visitarla. Pero cuando llegan, hay una angustia que cada vez crece más dentro de sí.

No es porque esté harta de los suyos, sino porque no se siente escuchada. Hay una conversación que desea tener con su hija pero que no le sale y además, su hija huye de ella en cuanto la intuye. Es, un picor, una comezón. "Me voy a morir, hija. Quiero dejarlo todo en orden antes de que llegue la hora". Pero debajo de esa frase hay una pregunta que sacude el interior de la propia Mariona: "¿Qué quedará de mí cuando ya no esté?"

Las autoras

Elisabeth Casillas, la escritora de esta novela gráfica, lleva años trabajando alrededor del cómic, la literatura y el feminismo. Esta periodista ya había abordado cuestiones sociales en Todas nosotras, sobre el aborto en El Salvador, y en La palabra que empieza por A, un ensayo gráfico que recorre la historia, la legislación y las desigualdades relacionadas con el aborto. Siempre está allí donde normalmente preferimos apartar la mirada.

El camino de Blanca Vázquez, la ilustradora de Ya no llama nadie se iluminó con Juntas en esto, un cómic prácticamente sin palabras, en el que contaba dos embarazos no deseados separados por varias décadas. Ya entonces demostraba su interés por narrar mediante gestos, silencios y pequeñas acciones. Igual que en la novela gráfica que nos ocupa.

Gestos

La historia de Mariona se cuenta a través de los gestos. Es una maravilla sentir que estos personajes parecen estar vivos. Vázquez construye a Mariona y Vicente a través de sus cuerpos, de cómo se sientan, caminan, se ayudan o, simplemente, permanecen juntos.

La propia ilustradora ha contado que para algunas escenas se fijó en cómo sus abuelos se apoyaban el uno en el otro

La propia ilustradora ha contado que para algunas escenas se fijó en cómo sus abuelos se apoyaban el uno en el otro y en esa manera que tienen algunas parejas de demostrar el amor sin decir "te quiero" o "no te aguanto". Preparar el café, ayudarse en el baño... el día a día.

No estamos hablando aquí de abuelos entrañables. Y tampoco están dibujados ni escritos para inspirar lástima. Mariona y Vicente se cansan, están de mal humor, discuten... pero también se adoran. Y solo un gesto es necesario para comprobar cuánto se quieren dentro de una intimidad que les pertenece exclusivamente a ellos.

Es esta una novela gráfica que entiende algo fundamental: cuando las palabras empiezan a fallar, el resto del cuerpo puede seguir contando una historia entera.

Legado

Es inevitable pensar en Arrugas, de Paco Roca cuando nos enfrentamos a una obra como esta. Ya no llama nadie comparte esa voluntad de devolver complejidad a unos personajes que la ficción suele colocar en segundo plano. Aquí no importa tanto qué nos ocurre cuando envejecemos como qué ocurre cuando dejamos de sentirnos necesarios para los demás.

Y aquí aparece una conexión hermosa con El abismo del olvido, también de Paco Roca —y Rodrigo Terrasa en el guion—. Aquella obra hablaba de la necesidad de recuperar a quienes asesinaron para que no desparezcan definitivamente de nuestra memoria. Esta quiere que pensemos en qué podemos hacer mientras los que queremos todavía están aquí.

'Ya no llama nadie' quiere que entendamos que nuestros mayores no son un prólogo de nuestra propia historia

Un legado que no tiene que ser una gran obra, ni una casa, ni un apellido. Quizá sea un jardín que alguien decide seguir cuidando porque recuerda quién lo plantó. Una receta. Una costumbre. La forma de preparar el café. Una historia que alguien cuenta años después. Las pequeñas cosas que dejamos en los demás sin saber que se las estamos dejando.

Para terminar hay algo que me gustaría destacar. Ya no llama nadie habla de la muerte. Por supuesto. Pero, sobre todo, habla de la vida cuando todavía está sucediendo. Y, más que nada, habla de la responsabilidad que tenemos de entender que nuestros mayores no son un prólogo de nuestra propia historia.

Son una parte esencial de ella. Una parte, que, algún día, nos tocará ocupar a nosotros. Por eso esta novela gráfica tan maravillosa, duele tanto.

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