El escritor Juan Gómez Jurado en una foto promocional de su última novela, 'Mentira'. | Ediciones B

'Mentira', de Juan Gómez-Jurado: una crítica honesta sobre una novela que juega con la verdad

Juan Gómez-Jurado rompe diez años de fidelidad a Reina Roja con Mentira, un thriller que se encierra en un pueblo asturiano aislado por la nieve, donde dialoga con la posverdad y con una tradición literaria que va de Agatha Christie a Steinbeck.

César González Antón
 |   | 27/02/2026

Juan Gómez Jurado

Editorial: Ediciones B

Año de publicación original: 2026

Por César González Antón

Mi trabajo es convencerte de que te leas esta novela, pero contigo no voy a hacerlo. Respeto demasiado tu inteligencia.

Pero si tuviera que hacerlo, no utilizaría los comodines clásicos marca Gómez-Jurado: superventas, narrador adictivo, maestro del thriller, vertiginoso, comercial, ingenioso, provocador, cinematográfico, sólido dialoguista, fenómeno editorial... Son verdades tan rectas y sólidas como los postes de las porterías del Molinón. Pero todo esto ya se ha dicho demasiadas veces.

Si tuviera que convencerte para que leas esta novela, te diría algo que se dice poco, que queda opacado por todos los adjetivos colocados con luces de neón del párrafo anterior. Y es que Juan Gómez-Jurado escribe muy bien. Y no hablo de ritmo, de tensión o de esa habilidad para lanzar cientos de piezas narrativas al aire y hacerlas encajar justo antes de que toquen el suelo. Hablo de algo más sencillo y profundo: a este señor le corren las letras como galgos desatados.

Pisar literatura en cada página

Si crees que te miento, hagamos un experimento. Vete a una librería, abre Mentira sin miedo y busca la página 252. Lee ese arranque del cura Fermín contando la historia del escenario nevado donde está encerrada esta novela: "Somiedo no empezó con casas ni con nombres. Empezó con un silencio tan hondo que hasta el corazón más valiente se encogía al escucharlo. Era un silencio de piedra, de agua helada y de cielo bajo. Un silencio que se rompía solo con el viento que descendía de las peñas y se colaba por los valles, y con el murmullo del río que nacía más arriba. En aquel tiempo, la montaña no pertenecía a nadie… y todos le pertenecían a ella".

Esa forma de convertir el paisaje en mito, de hacer que el silencio pese y respire, me evoca al silencio triple de Patrick Rothfuss en el arranque de El nombre del viento. También en Somiedo hay algo de magia.

Ahora retrocede hasta la 166. No te preocupes, no voy a desvelarte nada, solo estamos contando eldecorado. Bajamos la montaña y Jurado nos transporta a la gélida aldea: habla de un "frío que me muerde la piel", de "chimeneas que exhalan un humo denso, señal de vida en este páramo helado", de "un pueblo entero expectante, como si supiera que una intrusa camina por sus venas".

La lectura desliza sin perder nunca la conciencia de la belleza. No es simple: es luminoso

El libro está lleno de ese hielo bien pulido sobre el que la lectura desliza sin perder nunca la conciencia de la belleza. No es simple: es luminoso. Las imágenes se encadenan con una precisión que activa los cinco sentidos. Y, al mismo tiempo, lo sublime convive con lo cotidiano: una factura de Movistar, una bolsa del Opencor, un Marca viejo y amarillento que todavía habla del Madrid de los galácticos.

Esa mezcla —metáfora alta y detalle doméstico— convierte lo abstracto en algo cercano, casi táctil. Eso es escribir bien: lograr que el lector avance rápido, sí, pero sabiendo que en cada línea está pisando literatura. Hacer que todo fluya, que todo parezca natural, que pasen las páginas sin sentir la mecánica que sostiene el movimiento. Por eso el público no solo lee sus novelas: las atraviesa, las devora, llega al final con la sensación de haber ido demasiado deprisa y, aun así, con ganas de volver.

La trampa perfecta

Vale, te he mentido. Claro que estoy intentando convencerte de que compres esta novela. Tómalo como un entrenamiento previo, porque cuando empieces a leerla conviene que tengas una cosa clara: la única verdad es que cada línea puede ser una trampa.

Desde la primera frase —"No me llamo Eva Ramos, pero tú vas a llamarme así"— sabes que estás en manos de una narradora que juega sucio. Eva se define como mentirosa profesional y, lo más inquietante, te avisa. Jurado no oculta el truco: construye la novela sobre la figura del narrador no fiable y te coloca en esa incomodidad desde el minuto uno.

No es un giro final, es un pacto inicial. La historia no solo habla de la mentira: está diseñada como una mentira sostenida, como un tablero donde crees avanzar hacia la verdad mientras alguien ha decidido ya las casillas por las que vas a pasar. Y ahí está la gracia —y la perturbación—: lees buscando certezas y lo único seguro es que estás siendo guiado.

La mentira pierde artificio tecnológico y se vuelve primitiva

Y lo más inteligente es el lugar donde nos lleva. Jurado arranca a la mentira del ruido contemporáneo —pantallas, titulares, redes— y la encierra en un pueblo aislado, casi detenido en el tiempo, un Somiedo que parece suspendido en una Edad Media emocional donde todo el mundo se conoce, se vigila y se miente.

Allí, sin cobertura y sin escapatoria, la mentira pierde artificio tecnológico y se vuelve primitiva: rumor, silencio, media verdad, rencor heredado. Es brillante que una mentirosa profesional tenga que buscar la verdad en un territorio donde todos ocultan algo y donde la comunidad funciona como un tribunal invisible. Esto conecta de lleno con la posverdad que habitamos. Nos obliga a mirarlo sin filtros. Y, de paso, a reconocernos.

De Bogart a Christie pasando por Steinbeck

Jurado cita a Tyrone Power y Marlene Dietrich en 'Testigo de cargo', pero sobre todo juega con el Todopoderoso Bogart como tótem del ingenio seco y la frase perfecta —que en realidad no solo es cine; es Hammett y es Chandler—. Pero si uno afina el oído, lo que de verdad resuena en Mentira no es tanto el humo del noir como el mecanismo limpio de Agatha Christie: el engranaje moral, el juego de sospechas, la revelación que reordena todo lo anterior. Es más salón cerrado que callejón húmedo.

Hay en 'Mentira' una vibración que recuerda a 'Al este del Edén', no por la trama, sino por el clima

Pero como ese paralelismo con Christie seguro que será más recurrente, me permito otro menos transitado: hay en Mentira una vibración que recuerda a Al este del Edén. No por la trama, sino por el clima. Esa sensación de que los grandes conflictos no necesitan metrópolis, sino comunidades pequeñas donde todo se ve y todo se comenta.

En el valle de Salinas de Steinbecky en el Somiedo de Gómez-Jurado, deseo, culpa y mentira no se diluyen; se concentran. La reputación pesa, la mirada ajena moldea destinos y, en ambos casos, dos familias de largo linaje se enfrentan como si la batalla moral fuera también una herencia.

Un nuevo rumbo

Yo empecé a leer a Gómez-Jurado cuando todavía merodeaba por conspiraciones teológicas y símbolos oscuros, cuando sus tramas olían a incienso y traición, cuando convirtió a un muchacho en ladrón de leyenda y a nosotros en cómplices felices. Han pasado más de veinte años desde aquel primer deslumbramiento.

Con 'Mentira' me he vuelto a encontrar con Gómez-Jurado: todo es nuevo, pero hay un pulso antiguo, una música reconocible

He atravesado cruzadas, acertijos imposibles, cicatrices y reinas rojas de inteligencia afilada, y en algún punto del camino me alejé, como quien se distancia de algo que ya siente aprendido. Con Mentira me he vuelto a encontrar. Todo es nuevo, pero hay un pulso antiguo, una música reconocible. Quizá porque el buen narrador sabe que si empieza mintiendo no puede titubear: debe sostener la ficción hasta el final, incluso cuando la soga ya aprieta.

Un placer volver a dejarme engañar por tus letras, compañero.

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