UN DEPORTIVO SIN CONCESIONES
El Dallara Stradale es un superdeportivo a la antigua que se impone sobre muchos Ferrari.
El Stradale no pide permiso a nadie, ni siquiera a la ley: es ligero, brutal, y se presenta con una ficha técnica que promete mucho y no engaña en absoluto. En su versión más extrema anuncia 395 CV y apenas 867 kg en seco sobre un chasis de fibra de carbono, motor Ford EcoBoost 2.3 y una filosofía que prioriza peso sobre electrónica. Eso ya marca el tono antes siquiera de sentarte.
No hay amortiguadores adaptativos ni ayudas de chasis sofisticadas, sólo ABS y un control de tracción elemental que dejan al piloto la mayor parte del trabajo. Puedes elegir caja manual de seis marchas o la automatizada de un solo embrague, pero el resto es mecánico puro. La dirección va sin asistencia, el diferencial es mecánico y la relación peso-potencia se acerca más a un coche de competición que a un deportivo matriculable.
Dallara planificó 600 unidades, lleva unas 350 construidas y sabe que las nuevas normas europeas harán que esta pureza sea cada vez más rara. Así que, si buscas algo medido, refinado y domado por software, este no es tu coche, pero si lo que quieres es conexión directa con la carretera, probablemente estés leyendo sobre la compra del año.
Subir al Stradale exige atención porque acceder al habitáculo no es cómodo, la postura es baja y todo queda a mano, pero sin facilidades. El volante transmite cada bache, la dirección, sin asistencia eléctrica, pesa a baja velocidad y se vuelve precisa en cuanto el coche está en movimiento. Esa sensación de autocentrado te informa constantemente sobre lo que hacen las ruedas.
En curvas rápidas el coche gira con naturalidad, casi pivotando desde el asiento. La respuesta es inmediata y la falta de holgura en el tren delantero genera confianza. El motor empuja con decisión, aunque el turbo muestra algo de lag en bajos. A pleno régimen entrega un empuje contundente, ideal para tramos revirados donde la ligereza marca la diferencia.
Los frenos, que han mejorado respecto a las primeras unidades, ofrecen ahora tacto y modulación, tanto en carretera húmeda como en el asfalto hecho polvo. El chasis permite exigir un rendimiento exagerado sin que el coche se vuelva imprevisible.
No es barato porque la barchetta parte de unos 190.000 € antes de impuestos, y un cupé completamente equipado puede acercarse a los 300.000 €. Sí, pagas por exclusividad y por saber que cada coche ha pasado por manos especializadas en Varano de’ Melegari, pero también pagas por una experiencia que no encontrarás en coches pensados para reducir el consumo o que conduzcan por ti.
A nivel práctico hay concesione que se notan en que el espacio para equipaje es testimonial, el acceso es incómodo y en ciudad el volante sin ayudas te ahorra el día de brazo en el gimnasio. Sin embargo, para quien entiende la ecuación (menos peso, más señal directa de lo que sucede bajo las ruedas) esas incomodidades son el precio a pagar por algo que raramente se repite.
El Dallara Stradale es un recordatorio claro de por qué algunos seguimos valorando lo analógico. No es versátil; es verdad al volante.