Estado del bienestar

De Madrid a Bruselas para abortar : “Yo me imaginé que estaba en el franquismo”

El contexto Reyes abortó más allá de la semana 22 por causa médica. En estos casos un comité clínico tiene que confirmar el diagnóstico del feto: si tienen o no una enfermedad extremadamente grave e incurable. Si no confirman el diagnostico, la mujer no puede abortar.

Embarazada de ocho meses, Reyes tuvo que salir de España para abortarpor causas médicas. En Bruselas, un comité de un hospital público sí confirmó el diagnóstico que en Madrid había sido rechazado. "En la primera bocanada de aire del bebé es posible que se muera", le dijeron. Fue entonces cuando decidió no seguir adelante. Cuenta su historia porque, asegura, esto le ocurre a numerosas mujeres aunque la sociedad no sea consciente.

"El camino que hicimos de Madrid a Bruselas fue desgarrador. Yo iba en ese avión pensando que iba a morir con mi bebé. Me imaginé que estaba en el franquismo y me vinieron a la mente todos esos embarazos clandestinos con prácticas peligrosas", explica a laSexta. Así recuerda el viaje que la llevó en 2019 a abandonar España para poder interrumpir su embarazo. Lo cuenta sentada en el salón de su casa donde tiene una ilustración del bebé, que se iba a llamar Thiago, y la huella de su pie. En muchos hospitales cuando se aborta por causas médicas entregan estos recuerdos para ayudar a la madre a superar el duelo, forma parte de un protocolo.

En Madrid no pudo abortar a pesar de que sus propios médicos del hospital público Gregorio Marañón de Madrid se lo recomendaron desde la semana 21, relata. En la semana 21 de gestación detectaron malformaciones graves en el feto al hacerle una ecografía. "Los huesos largos no crecían como debían y el desarrollo del tórax hacía prever que no podría respirar", recuerda Reyes.

Desde ese momento, sus médicos le hablaron de la interrupción del embarazo, pero nadie le informó de nada más. Ni de la existencia de unos plazos legales ni de un comité clínico. Fue dando tumbos de un sitio a otro, haciéndose pruebas y buscando respuestas por su cuenta, sin saber que el tiempo iba en su contra.

El tiempo que la dejó sin decidir

El proceso se alargó: citas y más citas. Las semanas pasaron y la desesperación y la angustia iban en aumento. Reyes denuncia ahora que nadie le explicó que ese retraso lo cambiaría todo. En la semana 30 le informan de que, si quiere abortar, tiene que solicitar una confirmación del diagnóstico en el comité clínico, en su caso, de la Comunidad de Madrid. El comité no confirmó el diagnóstico y, por lo tanto, no podía abortar. El argumento: la enfermedad no era incompatible con la vida ni extremadamente grave e incurable, como se puede leer en el dictamen que muestra y que aún guarda en una carpeta. "No sé ni por qué lo conservo", dice. En ese momento, Reyes se agarra al anillo que lleva. Más tarde confesará que en él guarda parte de las cenizas de ese bebé.

Cuando recibió ese dictamen para ella fue una contradicción. "Si mis médicos me lo recomendaban desde la semana 21, ¿cómo es posible que el comité lo deniegue?", dice, a la vez que asegura que no recibió información clara sobre los plazos ni sobre el funcionamiento de ese proceso. "Si lo hubiera sabido, habría interrumpido antes", agrega.

Era un embarazo muy deseado, se hacía todas las pruebas que le indicaban a la espera de una respuesta clara, pero no sabía que esa espera condicionaría la decisión "posiblemente más difícil de su vida". Ella vivía en México con su pareja y regresó a España cuando decidieron que querían formar una familia.

Reyes no entendía esa contradicción. Así que se sentó en el sofá de su casa, con el portátil sobre sus piernas, y trató de buscar respuestas. Se puso a investigar quiénes eran las personas que formaban ese comité, si podían o no tener alguna razón o convicción religiosa que los enfrentara a un dilema moral. "Hice mi propia lista de objetores", sentencia. Pasó tantas horas en ese sofá que, a la vuelta de Bruselas, lo cambió. No podía ni verlo: le recordaba a esas tardes de desesperación en las que solo veía cómo los días pasaban.

De casualidad, por su cuenta, se enteró de que tenía derecho a elegir a uno de los miembros del comité. Nadie le había informado, de nuevo, de que por ley tenía esa posibilidad. Se documentó y eligió al médico que consideró que mejor podría defender su caso ante "ese tribunal que tiene la última palabra y que estaba condenando a mi hijo, a mí y a mi pareja".

Lo intentó, pero de nuevo fue rechazado. Esta vez, el enfado fue monumental. Su decisión, dice, no era un capricho. No quería tener un hijo y tener que despedirse de él a las pocas horas de nacer. "¿Por qué tenían que decidir por mí?", se pregunta.

Bruselas: la única salida

Reyes llegó a plantearse comprarse un piso en Barcelona, cerca de un hospital infantil, donde creía que, si su hijo vivía unas horas, días o semanas, tuviese la mejor atención. Con ese pensamiento en la cabeza, habló con una doctora y esta le sugirió que probara a irse a Bruselas. Y así lo hizo. Compró vuelos para ella, su pareja y sus padres, hizo las maletas y se marcharon.

Allí, un centro público evaluó su caso. El comité de ese centro confirmó el diagnóstico que le habían dado sus médicos del Gregorio Marañón: su bebé moriría nada más nacer. Jamás olvidará las palabras de la ginecóloga que la atendió. "Reyes, en la primera bocanada de aire que coja tu hijo es posible que se muera", le dijo. Esa valoración fue determinante. En la semana 33, interrumpió su embarazo, a miles de kilómetros de su hogar y lejos del resto de su familia y amigos, ocultando todo el proceso "como si estuviera haciendo algo malo". "Muchos se van a enterar ahora", confiesa.

Reyes asegura que su caso no es aislado. "Nos empujan fuera para poder ejercer un derecho", insiste. Cuenta su historia ahora porque se siente fuerte, pero también le consta que esto sigue pasando. "Estamos en 2026 y las mujeres siguen saliendo de su comunidad autónoma y de su país para interrumpir el embarazo", añade. Además, pide poder hacerlo en España y con los médicos que la tratan desde el minuto uno, "en la sanidad pública, que es en la que confiamos".

La mujer confía en que esa red de mujeres que lleva años tejiéndose —en la que se ayudan unas a otras para saber qué hacer y cómo actuar— desaparezca y quede en el pasado. Que se convierta en ese tipo de historias que las abuelas cuentan a sus nietas, como le ocurrió a ella, y no verse siendo la protagonista como jamás hubiera imaginado.