Estado del bienestar
Laura, desahuciada junto a sus hijas de 4 y 6 años por un fondo buitre en Manilva: "Firmé el derecho a compra de la casa"
Los detalles Hace casi un mes desahuciaron de su casa en Manilva a Laura y a sus dos hijas, Julieta y Lucía, de 4 y 6 años. No han dejado de pagar nunca su alquiler. Un fondo buitre ha comprado ese edificio, quieren hacer un complejo de lujo y Laura y sus hijas les estorban.
Resumen IA supervisado
En Manilva, Julieta y Lucía, de cuatro y seis años, juegan en un parque creyendo estar a salvo, pero su hogar ya no existe. Desde hace un mes, fueron desahuciadas junto a otras 62 familias debido a un sistema que no protege el bienestar social. El 24 de marzo, un dispositivo policial desalojó a las familias de un edificio adquirido por un fondo de inversión extranjero, dejando a más de 300 personas sin hogar. Laura, madre de las niñas, relata cómo, tras años de vivir allí con contratos de alquiler, se sienten estafadas. Ahora, enfrentan la incertidumbre y la resistencia diaria, mientras el sistema falla en protegerlas.
* Resumen supervisado por periodistas.
En un parque de Manilva, dos niñas juegan a salvo. Eso creen. En su juego, siempre hay un lugar al que volver: "casa". Pero desde hace casi un mes, ese lugar ya no existe. Esta es la historia de lo que ocurre después de perderlo todo por culpa de un sistema que mira hacia otro lado cuando lo que está en riesgo son nuestras vidas, nuestro Estado del Bienestar.
Julieta tiene cuatro años. Lucía -Lulú, como la llaman en su familia- tiene seis. Nacieron en Manilva, en Málaga. Y como tantos niños en su municipio, suelen ir al parque a jugar después del cole. Hoy, junto a su madre, las acompañamos.
Su juego favorito es el pilla-pilla. Y tienen clarísimas las normas: los columpios son casa. El tobogán y el castillo, también. Allí, nos cuentan, están a salvo. "Aquí no me pillas", sonríe una Lulú orgullosa de haberse salvado a la vez que preocupada porque su hermana pequeña llegue también a "casa".
Observamos con su misma inocencia -o lo intentamos- lo que significa para ellas este momento: la vida. Porque para ellas, más o menos, de eso se trata. De vivirla como un juego. Un lugar al que siempre se puede volver. Como a casa.
Pero para ellas esta vez no. Desde hace casi un mes no vuelven a casa. No duermen en su cama. No recorren el único camino de vuelta a casa que conocían hasta ahora. Las han desahuciado. Como a decenas de niños más en su municipio.
62 familias desahuciadas
24 de marzo. Un amplio dispositivo policial- a ordenes de un juez- rodea un edificio de la calle Sarmiento. Entre ellos, decenas de antidisturbios. Agentes en la entrada esperan la orden de la comitiva judicial que los acompaña. Ni rastro de los servicios sociales que se hagan cargo de gestionar la salida no forzosa de los menores que aún siguen en sus camas.
Órdenes cortas. Movimiento constante. Dentro, nervios. Fuera, gritos. Vecinos en las ventanas. Familias recogiendo lo que podían. Voces pidiendo tiempo. Un tiempo que no llegó. "Soy víctima de violencia de género, estoy sola, tengo a las niñas en la cama, asustadas", se escucha decir, desesperada, a una de las vecinas.
Todas fueron desahuciadas. La mayoría de ellas creían estar protegidas por contratos de alquiler. 62 familias. Más de 300 personas. Decenas de menores. Entre ellos, Julieta y Lucía.
Las voces sindicales que trataron de evitar el desahucio tampoco fueron escuchadas: el nuevo dueño del edificio (un fondo buitre al que ni Ayuntamiento ni inmobiliarias locales han querido señalar) no firmaría, denuncian fuentes del entorno a laSexta, el contrato de venta si antes no eran desalojadas las familias que vivían desde hace más de una década en ese edificio.
Las viviendas fueron adquiridas en 2023 por Spv Reoco 3 S.L, un fondo de inversión extranjero que se convirtió en titular. Pese a estar habitadas. Y ahí es cuando empezó "su persecución" (la de los vecinos). "De esto nadie nos informó", insiste Laura.
Acompañamos a Laura hasta la puerta de lo que hace solo unas semanas era su casa. El silencio, ahora, lo ocupa todo. Camina despacio. Mira alrededor. En el patio, la vida sigue tirada: ropa, juguetes, recuerdos. Restos de una vida interrumpida. Como si todo lo que había en aquellas casas, fuese basura.
"No nos dieron ni diez minutos. Pedí a la policía que no tirasen la puerta abajo, que había niñas. Mis niñas. Les pregunté por la asistencia social. Me dijeron que no había venido. Dejé mi casa con lo puesto. Y ahora resulta que esto es para multimillonarios", dice.
"Algunos vecinos", cuenta, "por el enfado, por la impotencia, rompieron algunos de sus muebles. Ellos habían construido estas casas. Se las encontraron casi vacías, porque la empresa promotora había quebrado, y la inmobiliaria que ofreció los contratos -muy bajos al principio, de unos 50 euros mensuales, después de 200- les dijo que tenían que rematar ellos las viviendas. A cambio de ese precio tan bajo. Y se aceptó. Mi madre fue una de esas vecinas".
"Nos han estafado"
Laura llegó a la calle Sarmiento hace 7 años. En 2018. Su madre llegó antes, en 2015. Ella se mudó y la renovación del contrato de alquiler se hizo a nombre de Laura. Entonces, con quien ella firmó fue con el anterior dueño: la promotora Satek.
Ese edificio, aseguran fuentes de una inmobiliaria cercana que se hizo cargo de la gestión de los alquileres, ha pasado "está marcado por irregularidades desde que se construyó, entre 2004 y 2007. Y en los últimos años ha pasado por muchas manos". Un dato que los inquilinos aseguraban no conocer hasta ahora.
Algunas de las familias víctimas del desahucio insisten en que sus contratos tenían opción a compra. Así lo confirma los de Laura, a los que laSexta ha tenido acceso. Ella misma nos cuenta cómo llegó incluso a pedir una hipoteca para comprar la vivienda. Hipoteca que le concedieron, aunque nunca llegó a firmar por "desconfianza" con la inmobiliaria.
"Nos han estafado", dice Laura. Lo dice sin levantar la voz. Como quien ya ha pasado del enfado a la certeza. "Yo pagaba mi alquiler. Llevaba años aquí. Mis hijas nacieron aquí. Pensábamos que esto en algún momento sería nuestro. Pagando, por supuesto". Seguimos paseando por los alrededores de su hogar. Donde antes había vida, ahora hay alarmas. Puertas cerradas. Seguridad. Protección para un lugar vacío.
Nos cuenta Laura que lo más difícil fue explicárselo a las niñas. ¿Cómo explicas a unas niñas de seis y cuatro años que su casa...ya no lo va a ser más? ¿Que no tienen dónde ir? ¿Que el precio de la vivienda, la burocracia, la mala fe, la dejadez institucional, las está obligando a dejar su hogar? Laura aún no tiene respuesta. "¿Qué hago yo? Las intento explicar, pero no terminan de entender. Son muy chiquitas".
Al caer la tarde, Julieta y Lucía siguen yendo al parque. Juegan. Corren. Ríen. Como cualquier niña. Pero cuando termina el juego, no hay casa a la que volver. Laura ya no habla de soluciones. Habla de resistencia. "Haría lo que fuera por mis hijas". Y en esa resistencia diaria -silenciosa, invisible- se empieza a dibujar algo más grande: la fragilidad de un sistema que ya no protege como antes.
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