Feo, fuerte y formal

Évole recorre la leyenda de Loquillo en Barcelona por la Rambla, del Tabú al Liceo: "Me ha costado 46 años y 220 pasos"

El contexto El cantante se define a sí mismo como la mayor estrella que ha dado el rock en España en los últimos 40 años y no duda en dar una lección de humildad a la inversa al presentador.

La Barcelona en blanco y negro que esta noche nos muestra 'Lo de Évole' no es solo una elección estética: es una declaración de intenciones. Jordi Évole acompaña a Loquillo en una sesión de fotos -quizá haya dejado atrás eso del 'feo', aunque no el 'fuerte y formal'- y, desde ahí, activa una máquina del tiempo que arranca en unas Ramblas irreconocibles.

El cantante no tarda en ponerle palabras: "En aquellas épocas, era un hervidero de libertad. Barcelona era la ciudad más libre de España y estaba en conexión directa con Europa. Sin la Constitución aprobada, había un vacío de reglas. Yo soy hijo de esas Ramblas", además de un "mil leches" y un "charnego" orgulloso.

Entre recuerdos de sillas de pago, cigarros sueltos y una ciudad en ebullición, el programa de laSexta mezcla archivo y presente para reconstruir el origen del mito. Loquillo no romantiza sin más: contextualiza. Aquella Barcelona era un laboratorio donde todo estaba por hacerse, también él mismo.

El origen de la leyenda

El relato de sus inicios no elude las bofetadas, aunque a él parece no importarle. "Lo mejor que te puede pasar cuando te dedicas a la música es que te pongan a parir", sentencia antes de recordar los dardos de sus primeros críticos: "Este no sabe cantar, ¿este qué hace aquí?". La narrativa del outsider empieza ahí, deshaciéndose de la humildad y guardándola en algún recóndito lugar que Évole no encuentra.

La intuición, el descaro y la estrategia han marcado su rumbo. Sin grupo, sin maqueta real y con más ambición que certezas, vendió un proyecto inexistente a una discográfica. En cuestión de dos días armó una banda, grabó y mezcló. Un origen que parece leyenda. También habla de la primera vez que salió a un escenario, que lo hizo con una bomba sin explotar de la Guerra Civil en la mano... aunque el escenario era más bien una comisaría de Policía. "Con el rollo este de tu marketing no sé qué creerme", le comenta ya Évole, un poco escéptico.

Tampoco el nombre artístico se libra de la ironía. La explicación de El Loco, su nombre y su iconografía deja una de las frases de la noche: "Es la anécdota más mierda de una estrella del rock que he escuchado", suelta Jordi. Loquillo, imperturbable, continúa construyendo personaje y recordando aquellos tiempos en los que comía suelo jugando al baloncesto con Epi y se dedicaba al 'menudeo' y a estafar a los marines vendiéndoles puntas de lápiz en vez de ácido.

La reacción de Jordi Évole al descubrir el origen del nombre artístico de Loquillo: "Es la anécdota más mierda del rock and roll"

El paseo deriva hacia una Barcelona que ya no existe. "Nos hemos olvidado de nuestra propia gente. Todas las ciudades parecen franquicias", lamenta el cantante. Pero por suerte, la esencia de su ciudad permanece, como acaba reflexionando al final de esta entrevista. Mientras, los vecinos anónimos que le saludan nos dan una pista de ello mientras le cantan 'Cadillac solitario' o 'Quiero un camión' al cruzárselo. "Pero quiero que los turistas encuentren en Barcelona una ciudad propia, no una franquicia", matiza, asegurando que él no es de los de 'tourist go home'.

En sus recuerdos y en su charla también hay espacio para el costumbrismo: trileros como "tasa turística de los 80", policías que entienden códigos de barrio -y que se lo llevaron a casa en lugar de a la comisaría cuando se metió en un lío- y episodios que refuerzan la mitología callejera y canalla. Todo suma en la construcción de un personaje que siempre ha jugado a medio camino entre lo vivido y lo narrado.

La historia de "un chaval del Clot que supuestamente no sabía cantar ni tenía padrinos ni pertenecía a una familia del espectáculo" y que tardó casi medio siglo en recorrer el tramo -corto en la realidad, inmenso en lo simbólico- que separa el Tabú del Liceo. "Me ha costado 46 años de mi vida y 220 pasos", resume él mismo. La imagen final -el mismo chico pisando el escenario del Liceo tras haber dejado atrás el primer sitio en el que actuó- es, para él, pura "magia". "El Loquillo del Tabú, si no se come un tripi no se lo imagina", asegura.

La rabia de clase

Ese Liceo al que acudían en su época los más nobles y adinerados de toda Barcelona. "¿Cómo hubiera podido llegar yo adonde he llegado si no fuera por esa rabia de clase?", reflexiona hoy Loquillo. Hijo de un "perdedor de la guerra civil española", represaliado, criado en un entorno marcado por la posguerra, su relato conecta biografía y posicionamiento: "Todo ha sido un 'por aquí no puedes pasar'". Pero al final, pasó.

El rockero no reniega de su posicionamiento político en los ochenta y noventa y recuerda junto a Évole aquellas fiestas del PSUC -Partit Socialista Unificat de Catalunya- en las que el presentador asistía, a sus 15 años, a su primer concierto, que era, curiosamente, de Loquillo. Más de 100.000 personas acudieron a aquel evento histórico que consagró al Loco como rey del rock en España. Un punto de inflexión en su carrera y en la del partido que después se convertiría en Iniciativa per Catalunya. "Os acabo de pagar la campaña a ti y a Anguita", le dijo en su día al líder del PSUC sobre aquel concierto masivo.

También dio su apoyo en 1993 a Felipe González, para después escribir una canción denunciando las torturas en las comisarías del País Vasco. "Y después salió lo del GAL", recuerda con amargura. Ese tema incómodo lo barrió de todos los ayuntamientos. Ese verano, el Loco y los suyos desaparecieron de los escenarios y de las radios. Nadie les contrataba. Y ese fue el precio que tuvo que pagar por cantar su verdad. , denuncias y veto institucional. "Nos la jugamos que te cagas", admite hoy.

Pero hoy ya no quiere hacerlo: "No digo que ya no lo hagamos, pero ahora, pisar a destiempo te puede costar el resto de tu vida". Y se sitúa, sin modestia, en otro lugar: "Soy la mayor estrella del rock, ya lo tengo hecho, no me toca a mí".

Las drogas y el alcohol

El capítulo de los excesos llega sin filtros. Anfetaminas, cocaína, alcohol. "He probado todas las drogas que he podido", admite, aunque marca las líneas rojas en la heroína por su miedo a las agujas. Defiende hablar claro, incluso delante de los jóvenes, y relativiza el mito y los "lloriqueos": lo importante, insiste, es la música, y no tanto lo que se haya tomado el artista antes de componer o tocar.

Lo que marca la diferencia entre una estrella y una persona normal es su capacidad para hacer lo mismo con o sin droga. Y es que hay mucho que cuando dejaron de doparse, dejaron de componer, asegura.

El 'Cadillac' no es un coche

Loquillo explica el verdadero significado de 'Cadillac solitario': "No es un coche, son todos los sueños que nunca cumpliste"

Tras dar una lección de humildad a la inversa a Jordi, también hay espacio para desmontar símbolos propios. Y es que sus canciones, de las que presume sin reparo, son auténticos himnos que cada uno interpreta como quiere, aunque en su origen tuvieran un significado muy distinto al que muchos le otorgan. Pasa, sobre todo, con 'Cadillac Solitario', su tema más mítico. "No es un coche, son todos los sueños que nunca cumpliste", aclara, dejando a Jordi patidifuso.

Loquillo, Évole, Barcelona

El final llega en un mirador de Barcelona desde el que se divisa el lugar en el que Loquillo un día hizo historia, hoy convertido en un parking. Un lugar romántico donde los haya en los que el Loco saca un anillo y se declara a Évole. Entre bromas y pullitas, y un bolo que Los Niños Jesús se llevan por la cara, el Loco se despide con recuerdos familiares y una advertencia para quien tienen aún a sus padre con ellos: "No perdáis un puto segundo".

Y él no malgasta ni uno solo, ni siquiera para el trabajo. "A las 9 de la mañana ya estoy dando por culo", reconoce. Évole remata con una conclusión sincera: "No quisiera estar dos minutos en tu cabeza". Y seguramente, tampoco en la nevera en la que El Loco se mete para parar el reloj de su cuerpo y reponerse.

Al final, con Barcelona a sus pies, pero desde las alturas, El Loco admite tener esperanza para su Barcelona, que no es tan diferente de aquella que recuerda de hace 60 años: "Soy barcelonés, soy un mil leches, un charnego. Me gusta que Barcelona sea mezcla, me gusta que represente eso: un lugar donde todo el mundo es bien recibido y todo el mundo puede aportar sus culturas y su buen hacer". Y eso es algo que hoy todavía ocurre.

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