Un corte de pelo muy "equivocado"

Fernando Tejero, sobre lo poco que recuerda del día que le dieron el Goya: "Parecía un yonqui con la cara chupada y ese corte de pelo"

Fernando Tejero se abre como nunca en Lo de Évole, en una entrevista improvisada por pisos de Madrid donde repasa su salto a la fama, el Goya que apenas recuerda y las heridas que marcaron su vida.

El encuentro entre Jordi Évole y Fernando Tejero en Lo de Évole arranca lejos de cualquier plató convencional. Ambos recorren las calles de Madrid llamando a telefonillos al azar en busca de vecinos que les cedan su casa para grabar. Tras varios intentos fallidos, la puerta se abre y el salón de Carmen, una mujer de 85 años, se convierte en el escenario improvisado de esta conversación.

Carmen no solo ofrece su casa, también aporta un universo propio: recuerdos de viajes, anécdotas de otra época y una vida que parece sacada del guion de 'Aquí no hay quien viva', la serie que catapultó a Tejero a la fama. Entre ellas, su experiencia esquiando con "el Borbón que se mató" en la pista.

Ya instalados en ese 'plató' prestado, la conversación se adentra en la trayectoria de Tejero, una carrera marcada por un despegue tardío pero fulgurante. El actor comenzó a estudiar interpretación en 1996, cuando tenía 31 años, y terminó en el 2000. Apenas tres años después, su vida cambió radicalmente con el éxito simultáneo de 'Días de fútbol' y 'Aquí no hay quien viva', dos proyectos que, como recuerda Évole, coincidieron en el estreno en la misma semana de 2003.

Ese doble impacto lo catapultó a una fama para la que reconoce que no estaba preparado. Antes de ese salto, sin embargo, hubo un breve camino: "Tan solo me presenté en un casting, que era para una figuración especial y me cogieron. Luego empecé a hacer teatro. Alberto San Juan se fijó en mí cuando estábamos en la escuela de arte dramático y me propuso trabajar para 'El animalario'", rememora.

El reconocimiento definitivo llegó con el premio Goya, aunque su recuerdo de aquel momento es, cuanto menos, difuso. "Iba de lexatines hasta el culo", admite con una mezcla de humor y sinceridad. "Cuando te nominan, hay veces que sucede que todo el mundo te dice que lo vas a ganar y eso, aunque tú no quieras, te crea unas expectativas que, al final, si no te lo dan, es una putada", asegura sobre la presión que sintió en aquellos momentos.

Los nervios no los vivió solo. Su compañero de reparto Ernesto Alterio también estaba nominado y ambos compartieron una semana previa... interesante: "Ernesto y yo estábamos tan nerviosos que para no pensar en ello nos cogimos en una semana cada día unos ciegos de casi reventar".

Aún así, el día de la ceremonia no fue más tranquilo. "Yo decía que no quería ir", reconoce. "Me tomé un Lexatin de una vecina mía, otro me lo dio mi hermana, y Tomás Cimadevilla, el productor, me dio otro", cuenta. Entre risas, remata: "Pero vamos, que me hubiera hecho falta otro".

Esa mezcla de nervios y medicación explica que apenas conserve recuerdos claros de la gala. "Por fotos que he visto después sé que me lo dieron Leonor Watling y Leonardo Sbaraglia. Y eso es lo único que recuerdo", asegura. Sí mantiene, en cambio, una imagen muy concreta de sí mismo aquella noche, aunque no precisamente positiva: "Parecía un yonqui con la cara chupada y ese corte de pelo tan equivocado. Estaba delgado, blanco...".

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