LASEXTA COLUMNA
Montejurra 76: la herida abierta de la Operación Reconquista del servicio de inteligencia del franquismo en su fase final
Los detalles El relato oficial lo llamó "pelea entre hermanos". Durante décadas, esa versión funcionó como coartada, pero el 9 de mayo de 1976, en un monte de Navarra, no hubo una trifulca, sino una emboscada diseñada por el SECED.
Resumen IA supervisado
La Operación Reconquista fue una acción meticulosamente planificada en la que elementos ultraderechistas, incluidos mercenarios internacionales, tomaron posiciones estratégicas mientras seguidores de Carlos Hugo de Borbón ascendían al monte navarro de Montejurra. La Guardia Civil, presente en el lugar, no intervino ante civiles armados que provocaban a los asistentes. Este evento convenció a algunos, como Carlos Catalán, de que la vía democrática estaba cerrada, empujándolos hacia la lucha armada. Documentos implican al Ministerio de Gobernación y a la cúpula de seguridad del gobierno de Arias Navarro en los hechos, que en 2003 fueron reconocidos judicialmente como terrorismo. La Transición española no fue un proceso idílico, y muchos responsables de estos actos continuaron activos en grupos como el Batallón Vasco Español y los GAL.
* Resumen supervisado por periodistas.
La Operación Reconquista no se improvisó. Mientras miles de seguidores de Carlos Hugo de Borbón ascendían desarmados al monte navarro, elementos ultraderechistas ocupaban posiciones estratégicas. Entre ellos, mercenarios internacionales con nombre y apellido: Jean Pierre Cherid, Stefano delle Chiaie. Detrás, según los testimonios, la coordinación del SECED, el servicio de inteligencia del régimen en su fase de reconversión.
Carlos Catalán era un joven carlista que ascendía el monte con los mismos ideales que desde los años 60 habían convertido Montejurra en una reivindicación del socialismo y la autogestión de los pueblos: "Yo tenía 27 años y el día de Montejurra era una mezcla de celebración religiosa, porque esto procedía de un vía crucis que se hacía en honor a los muertos. A partir del año 39, fue evolucionando hacia un acto de afirmación antidictadura, progresivamente; no fue de un día para otro, pero en aquellos años era una de las manifestaciones semitoleradas por el régimen. Con el ambiente agradable de todos los años de celebración, la gente almorzaba y bebía vino en bota antes de que comenzaran los actos", recuerda Carlos Catalán.
La fiesta cesó tras escuchar las cornetas y los tambores de una tropa que accede a la explanada del Monasterio de Iratxe. Son los ultraderechistas españoles e internacionales liderados por Sixto de Borbón. "Había italianos, había ustahas croatas, había gente de la triple A, gente de la Guardia Nacional, gente de Ordine Nuovo, gente de Fuerza Nueva, de la extrema de la derecha española y se rumoreaba que iban a tratar de boicotear y apoderarse del acto por cualquier medio", relata el testigo de las dos muertes de aquel día.
"Y lo más importante de todo es que la Guardia Civil presente vio a gente civil armada que se campaneaba con las armas y nos provocaba desafiándonos y no hizo nada", añade Catalán, quien concluye que "fue una operación minuciosamente planificada por las cloacas del Estado, con conocimiento del ministro del Interior, que era el señor Fraga".
Lo que presenció le convenció de que la vía democrática estaba cegada por la violencia, lo que le empujó hacia la lucha armada en ETA. Años después protagonizaría uno de los primeros procesos de reinserción, renegando de las armas. Nos atiende en su casa y habla sin reservas: "Me equivoqué de camino —dice hoy—, pero lo que vi en Montejurra me empujó hacia él". Su trayectoria refleja lo que aquellos hechos produjeron más allá de los muertos: una generación que perdió la fe en las instituciones antes de que la democracia echara a andar.
José Mari Esparza nos recibe a los pies del mismo Montejurra donde, 50 años antes, trató de mantener con vida a Ricardo García Pellejero. Simpatizante del sindicato Comisiones Obreras, todavía ilegal, es el hombre que, en una fotografía icónica, aparece practicando el boca a boca en la cumbre mientras los disparos aún resonaban.
Habla con la memoria intacta: "Y de repente, desde la cima donde estaba, empiezo a ver ráfagas de fusil ametrallador; había un chaval en el suelo que tenía dificultades para respirar. Y entonces yo había hecho recientemente un cursillo de salvamento y, como veía que no podía respirar, aparentemente no tenía nada, yo qué sé si se le había dado un colapso, o qué, y empecé a hacer la respiración artificial".
La matanza había comenzado minutos antes, en la explanada del Monasterio de Iratxe a unos kilómetros de la cumbre. El ultraderechista García-Verde, oficial jubilado del ejército, había descerrajado dos tiros a bocajarro sobre Aniano Jiménez Santos.
La documentación que implica a altos cargos del Estado
Sobre la mesa, dos carpetas azules de cartón, sujetas con gomas, José Lázaro Ibáñez, exsecretario general del Partido Carlista, extiende informes, comunicaciones internas y registros originales que el gobernador civil de Navarra guardó en su día y que, tras su muerte, su hijo decidió legar al partido carlista. Aquel día, José Lázaro estaba a menos de dos metros de Aniano Jiménez cuando le dispararon. "No son copias ni interpretaciones —dice—: son papeles de época que respaldan lo que los testigos afirman".
Los documentos implican al Ministerio de Gobernación, dirigido por Manuel Fraga, y a la cúpula de seguridad del gobierno de Arias Navarro, bajo la jefatura de Estado de Juan Carlos I.
El legado de Montejurra
En su casa, los hermanos de Ricardo García Pellejero llevan décadas manteniendo vivo el recuerdo que el tiempo no ha desgastado. Nos recibieron con fotografías, cartas y franqueza: "A todos los que cogieron, hicieron un paripé cogerlos para luego soltarlos ¡Amnistía!".
En 2003, una resolución de la Audiencia Nacional reconoció que la muerte de Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos fue un acto de terrorismo. Es un reconocimiento judicial que no admite matices: lo ocurrido en Montejurra no fue una reyerta, fue un crimen con nombre legal.
Para Manuel Martorell, historiador y periodista, saber hasta dónde llega exactamente la responsabilidad institucional es algo que estos documentos sugieren, pero no agotan: "Ese mismo Estado que firmó esa resolución mantiene clasificados los archivos del SECED que permitirían establecer toda la cadena de responsabilidades. El reconocimiento existe. La verdad completa, todavía no".
La Transición española no fue el proceso idílico que el relato oficial construyó. Lo que ocurrió después es tan revelador como lo que ocurrió en el monte. Los perpetradores no fueron juzgados. No desaparecieron. Reaparecieron. Varios de los ultraderechistas que actuaron aquel día volvieron a aparecer años más tarde en las estructuras del Batallón Vasco Español y los GAL. Para los testigos con los que hemos hablado, esa continuidad no fue casualidad.