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CONFUSIÓN
Hay personas que encadenan una relación tras otra por miedo al silencio, a la rutina sin nadie, o a ese vacío que aparece cuando se acaba un vínculo y toca mirarse de frente.
A veces creemos que estamos empezando una nueva historia de amor… cuando en realidad solo estamos intentando tapar un agujero. Hay personas que encadenan una relación tras otra sin casi respirar entre una y la siguiente. Desde fuera parece que "no pierden el tiempo", pero por dentro lo que suele haber es miedo: miedo al silencio, a la rutina sin nadie, a ese vacío que aparece cuando se acaba un vínculo y toca mirarse de frente.
Las llamadas "relaciones liana" funcionan justo así: saltas de una pareja a otra para no caer en el espacio de la soledad. Y lo curioso es que, aunque parezca una forma de seguir adelante, casi siempre se convierte en lo contrario. Si no te das tiempo para entender qué ha pasado, para sentir el duelo o para recordar quién eres cuando no estás en pareja, lo más habitual es repetir patrones que al final te cansan, te frustran o te hacen sentir que siempre acabas en el mismo punto.
Detectarlo no es tan complicado: prisas por encajar, necesidad constante de atención, ganas de compromisos grandes demasiado pronto… señales de que buscas compañía, no amor. La buena noticia es que se puede frenar. Darse espacio, reconectar contigo, aprender a estar solo sin verlo como castigo. Porque cuando la soledad deja de asustar, las relaciones dejan de ser refugio y empiezan a ser elección.
En muchos casos, ese salto constante entre relaciones tiene que ver también con la dificultad para tolerar la incomodidad emocional. El final de una relación suele remover inseguridades, dudas o heridas antiguas, y empezar otra puede dar una sensación rápida de alivio y validación. Sin embargo, ese "parche" emocional suele ser temporal: lo que no se trabaja en un vínculo reaparece en el siguiente, a menudo con más intensidad.
Por eso, más que medir el tiempo que pasas sin pareja, lo importante es qué haces durante ese periodo. Aprovecharlo para fortalecer amistades, recuperar intereses propios o simplemente acostumbrarse a la calma puede cambiar por completo la forma de relacionarte después. Cuando una relación llega desde el deseo de compartir —y no desde la necesidad de llenar un vacío— las decisiones se vuelven más conscientes y las probabilidades de construir un vínculo sano aumentan notablemente.