SEGÚN UNA INVESTIGACIÓN

El estrés en la infancia se relaciona con problemas digestivos en la edad adulta

Es la conclusión de un estudio que confirma no solo la relación entre cerebro e intestino, también demuestra que los efectos son a largo plazo.

Una niña besando la barriga embarazada de su madrePixabay

Puede que el titular sea muy claro, pero al mismo tiempo abre una pregunta lógica: ¿por qué el sistema digestivo y no el inmunológico o el respiratorio? O cualquier otro en verdad.

Una de las razones reside en el conocido eje cerebro-intestino. Y para muestra, algunos datos. Por ejemplo, más del 90% de la serotonina del cuerpo se produce en el intestino y aunque se haya hecho popular como la hormona de la felicidad, la realidad es que la serotonina hace mucho más: regula el sueño, el apetito, la digestión, la temperatura corporal y el deseo sexual.

A esta conexión hay que sumarle que el sistema digestivo contiene más de 500 millones de neuronas, formando el llamado segundo cerebro. Finalmente, durante el embarazo, algunas hormonas pueden atravesar la placenta. Una de ellas es el cortisol, la que podría llamarse némesis de la serotonina y popularmente conocida como hormona del estrés. Todo esto hace que la relación entre estrés y problemas digestivos sea lógica, pero ¿ya desde la gestación?

Durante el embarazo, el cuerpo de la madre se convierte en un auténtico laboratorio químico. Hormonas, neurotransmisores y señales inmunológicas viajan constantemente entre madre y feto, moldeando el desarrollo de órganos que todavía están en construcción. Ese intercambio es esencial para la vida: regula el crecimiento, la formación del cerebro e incluso la maduración del sistema digestivo.

Una de las hormonas más importantes en este proceso es el cortisol, conocida como la hormona del estrés. En niveles normales cumple una función crucial: ayuda a madurar los pulmones del feto, regula el metabolismo y prepara al organismo para el nacimiento. Sin embargo, cuando el estrés es intenso o prolongado, la concentración de cortisol puede aumentar y atravesar parcialmente la placenta, exponiendo al feto a señales que indican que el entorno es hostil o impredecible.

Varios estudios han demostrado que estas señales pueden influir en el desarrollo cerebral. Otros han establecido relaciones entre el estrés durante el embarazo con un mayor riesgo de ansiedad o depresión en la infancia. Pero las hormonas maternas no solo actúan sobre el cerebro.

Así, el diálogo constante entre cerebro e intestino no solo es fundamental, sino que comienza muy pronto en la vida, incluso antes del nacimiento. Y, según un nuevo estudio, las experiencias de estrés en las primeras etapas del desarrollo podrían alterar ese sistema durante décadas.

El análisis, publicado en Gastroenterology y liderado por Kara Margolis, explora cómo el estrés durante el embarazo y la infancia puede afectar a la comunicación entre el cerebro y el intestino a largo plazo. Para entender este fenómeno, los investigadores combinaron experimentos con animales y el análisis de grandes bases de datos humanas.

En los experimentos con ratones, los científicos recrearon un modelo clásico de estrés temprano: las crías fueron separadas de sus madres durante varias horas al día en los primeros días de vida. Meses después, cuando alcanzaron el equivalente a la juventud en humanos, esos animales mostraban mayores niveles de ansiedad, dolor intestinal y alteraciones en el movimiento del intestino.

Los problemas digestivos no eran idénticos en todos los casos. Las hembras tendían a desarrollar diarrea, mientras que los machos presentaban estreñimiento. Este hallazgo sugiere que distintos mecanismos biológicos (incluidas las hormonas sexuales) podrían influir en cómo se manifiestan los trastornos digestivos.

El resultado es una imagen compleja: los trastornos digestivos asociados al estrés temprano no parecen tener una única causa, sino múltiples circuitos biológicos que interactúan entre sí. Para comprobar si estos mecanismos podían observarse también en personas, los científicos analizaron dos grandes estudios poblacionales.

El primero utilizó datos de Dinamarca que seguían a más de 40.000 niños desde el nacimiento hasta los 15 años. La mitad de ellos había nacido de madres que sufrían depresión durante o después del embarazo sin recibir tratamiento.

Los resultados mostraron que estos niños tenían mayor riesgo de desarrollar diversos problemas digestivos, entre ellos náuseas, vómitos, cólicos, estreñimiento funcional y síndrome del intestino irritable.

Curiosamente, el riesgo parecía mayor cuando la depresión materna no se trataba. Según el estudio, esto sugiere que atender la salud mental durante el embarazo podría ser importante no solo para la madre, sino también para el desarrollo del sistema digestivo del niño.

El segundo análisis utilizó datos de casi 12.000 niños estadounidenses participantes en el proyecto Adolescent Brain Cognitive Development (ABCD). Allí se examinaron las llamadas experiencias adversas en la infancia, como negligencia, abuso o problemas de salud mental en los padres.

Los resultados fueron claros: cuantas más experiencias de estrés temprano había, mayor era la probabilidad de presentar síntomas gastrointestinales a los nueve o diez años de edad.

Estos hallazgos refuerzan una idea cada vez más presente en la medicina moderna: el intestino y el cerebro forman un sistema profundamente interconectado que funciona de manera continua, las 24 horas del día.

Cuando ese sistema se altera en una etapa temprana del desarrollo, las consecuencias pueden aparecer mucho más tarde. Así comprender estos mecanismos podría ayudar a desarrollar tratamientos más precisos. Si distintos síntomas digestivos dependen de diferentes circuitos biológicos, los científicos podrían diseñar terapias dirigidas a cada uno de ellos.

Pero el estudio también deja una lección más amplia. Cuando una persona acude al médico con problemas digestivos, no basta con preguntar por el estrés actual. A veces, las claves pueden encontrarse mucho más atrás en el tiempo: el intestino tiene memoria.

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