NUEVO ESTUDIO

TDAH y dolor crónico: una conexión que se ignoraba

"Encontramos que los rasgos relacionados con el TDAH eran más frecuentes en pacientes con dolor crónico que en la población general", señala un nuevo estudio.

TDAH en adulto mayoriStock

Durante años, más bien siglos, hubo un claro divorcio entre cuerpo y mente en lo que respecta a medicina. Las enfermedades del cuerpo se trataban en un tribunal médico y las dolencias mentales eran territorio jurídico de otros expertos. Pero siempre hubo un tercero en discordia en esta relación: el dolor.

Hay dolores que no aparecen en una radiografía. Persisten, se cronifican, resisten tratamientos… y, sin embargo, no se explican del todo por una lesión visible. En ese territorio difuso se mueve el dolor crónico, una condición que hoy afecta a cientos de millones de personas y que obliga a la medicina a mirar más allá del cuerpo.

Según la Organización Mundial de la Salud, el dolor crónico (aquel que dura más de tres meses o persiste más allá del tiempo normal de curación) afecta aproximadamente a una de cada cinco personas en el mundo. En Europa, distintas estimaciones sitúan la prevalencia en torno al 20% de la población adulta. No es solo una cuestión de incomodidad: es una de las principales causas de discapacidad, con impacto directo en la calidad de vida, el trabajo y la salud mental. De hecho, la pérdida de bienestar de una persona por dolor crónico intenso se estima en casi 50.000 euros al año

Porque el dolor, cada vez lo sabemos mejor, no es solo físico. El cerebro no se limita a "recibir" señales de dolor: las modula, las amplifica o las atenúa en función de factores emocionales, cognitivos y sociales.

Y luego llega el otro fuero. Se trata de un fenómeno cada vez más presente en la práctica clínica: el aumento del reconocimiento del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad en adultos. Tradicionalmente asociado a la infancia, hoy sabemos que el TDAH puede persistir a lo largo de la vida. Se estima que afecta aproximadamente al 5% de los niños y en torno al 2–3% de los adultos, aunque muchos casos permanecen sin diagnosticar, especialmente fuera de contextos psiquiátricos.

El TDAH no es solo distracción o hiperactividad. Implica diferencias en la atención, la impulsividad y, de forma crucial, en la regulación emocional. Ansiedad, depresión y patrones de pensamiento negativos aparecen con mayor frecuencia en estas personas, configurando un perfil psicológico complejo que puede influir en cómo se experimenta el mundo… y también el dolor.

En ese cruce entre mente y cuerpo se sitúa un nuevo estudio, publicado en Scientific Reports y liderado por expertos de la Universidad de Tokio, que ha analizado a cerca de mil pacientes con dolor crónico atendidos en centros especializados en Japón. La pregunta era directa: ¿hasta qué punto los rasgos asociados al TDAH están presentes en esta población, y qué relación tienen con la intensidad del dolor?

La respuesta, al menos en esta muestra, es llamativa. "Encontramos que los rasgos relacionados con el TDAH eran aproximadamente 2,4 veces más frecuentes en estos pacientes que en la población general", señala el líder del estudio, Satoshi Kasahara, en un comunicado. Pero el hallazgo no se queda en la prevalencia. Esos rasgos también se asociaban con una mayor intensidad del dolor y con factores psicológicos como la ansiedad, la depresión y formas negativas de pensar sobre el propio dolor.

Lo interesante es que la relación no parece ser directa, sino mediada. No es tanto que el TDAH "cause" dolor crónico, sino que influye en cómo se percibe y se procesa. A través de la ansiedad, del estado de ánimo, de la tendencia a anticipar lo peor. En otras palabras, el dolor no solo se siente en los tejidos, sino también en la forma en que el cerebro lo interpreta.

El origen de la investigación, de hecho, fue clínico. "En nuestra práctica, nos encontramos con frecuencia con pacientes con dolor crónico que no responden bien a los tratamientos convencionales – añade Kasahara -. Entre ellos, muchos muestran características típicas del TDAH, como falta de atención, impulsividad o dificultades en la regulación emocional". Esa observación cotidiana llevó a los autores a preguntarse si estaban ante un patrón infradiagnosticado.

Y esa es otra de las implicaciones importantes del estudio: el posible "punto ciego". Muchos adultos con TDAH nunca han recibido un diagnóstico, y menos aún cuando acuden a consulta por problemas aparentemente no relacionados, como el dolor crónico. Identificar estos rasgos podría abrir nuevas vías terapéuticas o, al menos, explicar por qué algunos pacientes no mejoran con los enfoques habituales.

Las soluciones no son únicamente farmacológicas. De hecho, los propios autores insisten en la necesidad de un enfoque más amplio. Terapias como la cognitivo-conductual, programas de ejercicio o intervenciones centradas en la educación del paciente (entender cómo funciona su propio cerebro) pueden ayudar a reducir la ansiedad, la depresión y los patrones de pensamiento negativos que amplifican el dolor.

"Algunos pacientes con rasgos de TDAH no son plenamente conscientes de ellos, y eso puede dificultar su vida diaria y sus relaciones. En estos casos, la psicoeducación puede desempeñar un papel clave", concluye Kasahara. La idea es simple, pero promete resolver un contencioso de la medicina: comprender cómo pensamos puede cambiar cómo sentimos.

El siguiente paso del equipo de Kasahara será comprobar si tratar el TDAH —cuando está presente— puede reducir también el dolor crónico. Para ello, el equipo ya plantea estudios prospectivos e intervenciones específicas.

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