SEGÚN UN INFORME

El 51% de los españoles afirma saber detectar bulos, pero solo el 18% cree que el resto puede hacerlo

La segunda edición del informe desarrollado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología sobre desinformación científica en España profundiza sobre la relación de la ciudadanía con este fenómeno y el papel que tienen en la actualidad la inteligencia artificial y las redes sociales. El 63,5% de la sociedad apoya que el Gobierno adopte medidas para restringir la información falsa online, aunque eso implique limitar la libertad de prensa.

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El 51,5% de la ciudadanía española afirma de ser capaz de distinguir entre información científica verídica y bulos, pero solo el 18% cree que una persona puede distinguir la desinformación en nuestro país. Esta es una de las principales conclusiones de la segunda edición del informe Desinformación científica en España, desarrollado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), en el marco del proyecto IBERIFIER Plus.

El trabajo, realizado entre enero y febrero del 2026, ha contado con una muestra de 2.215 personas mayores de 16 años, residentes en España y usuarios habituales de Internet. En el centro están tanto los temas que generan desinformación, que se alejan cada vez más de la covid-19, como los nuevos canales de información que ocupan puestos cada vez más relevantes en la parrilla informativa, como la inteligencia artificial y las redes sociales.

Además, el nuevo informe cuenta con un experimento en el que se estudia cómo cambia la propensión de compartir bulos científicos cuando se reflexiona sobre el impacto emocional de cierta información y cuando prima la necesidad de verificar las fuentes. Según los resultados, las personas son más proclives a difundir desinformación científica cuando están en juego las emociones.

Las emociones y los bulos

Para entender mejor el impacto de las emociones en la difusión de noticias falsas, los investigadores dividieron a los participantes en cuatro grupos: uno de control, uno que reflexionó sobre el lado emotivo, otro que pensó tan solo sobre el aspecto de credibilidad de la información, y un último grupo que tomó en consideración ambos aspectos.

Según los resultados, las personas a las que se les hacía reflexionar sobre sus emociones tendían a compartir más información falsa que aquellos que reflexionaban sobre la credibilidad y, en algunos casos, también el grupo de control que no recibía ninguno de los estímulos.

"Hay un ejemplo con uno de los ítems que apelan a una emoción muy concreta: el miedo. Esta información era una noticia falsa sobre que la IA fue diseñada para acabar con la humanidad. Las personas expuestas afirmaban que le hacía sentir miedo y la compartían más que los que habían recibido el estímulo de credibilidad", explica Pablo Cabrera Álvarez, investigador de la Universidad de Essex en Reino Unido y coautor del informe en un briefing organizado por el Science Media Centre España.

"Generalmente, compartimos la información que está más alineada con nuestras opiniones y nuestras actitudes previas", añade Celia Díaz-Catalán, investigadora de la Universidad Complutense de Madrid y coautora.

"Eso tiene una implicación concreta para el diseño de campañas de alfabetización: lo que se debe perseguir también es este hábito de entrenar la verificación precisamente en el momento en que las noticias generan emociones, que es justo cuando es más improbable que tengamos el hábito de verificación", continúa.

La IA: más usada, pero menos fiable

Los canales de información varían sobre todo por edad: las fuentes preferidas de los jóvenes de edades entre 16 y 24 años son principalmente las redes sociales y las plataformas de vídeo y de mensajería instantánea. Con la edad, el panorama cambia y los principales canales llegan a ser la prensa, la radio y la televisión.

En cuanto a la confianza en los canales y actores de difusión de información científica, el más valorado es el personal científico (83,8 %). La AEMET ocupa el segundo lugar con el 73,9% de confianza. En cuanto al periodismo, solo el 31,2% de la ciudadanía confía mucho o bastante en esta profesión. La desconfianza en los medios se extiende homogéneamente en todos los grupos de la población.

Por primera vez, se ha incluido la inteligencia artificial como posible respuesta, y es allí donde se observa la diferencia generacional más pronunciada: el uso diario cae desde el 28,8% en el grupo de 16-24 años hasta el 7,0% en mayores de 65.

Casi un tercio de la población ya usa aplicaciones como Chat, GPT o Gemini al menos una vez a la semana para informarse sobre ciencias, salud y medio ambiente, niveles similares a la prensa y a la radio. Sin embargo, el 62,4% cree que facilita la propagación de bulos, frente a un 27% que la ve útil para desmentirlos.

El populismo en la ciencia

Esta edición también mide por primera vez el populismo científico, es decir, la tendencia a desconfiar del conocimiento experto y a reivindicar el sentido común o la experiencia propia como alternativa válida. Los resultados muestran que se trata de una actitud que existe en una minoría relevante de la sociedad española.

"La gente corriente debería participar en las decisiones sobre qué investigan los científicos" es la afirmación que genera mayor acuerdo (29,4%), seguida por afirmaciones que ponen la experiencia cotidiana por encima de la ciencia: el 27,2% opina que "la gente corriente debería confiar más en su experiencia vital que en las recomendaciones de los científicos", mientras que el 25,5% piensan que "la sociedad debería confiar más en el sentido común que en los estudios científicos".

"En principio lo que vemos del populismo científico es que no hay tanto una desconfianza en la ciencia. Vemos que todas las instituciones científicas, los actores científicos son los más confiables y la gente confía en la ciencia en términos epistémicos, como que es la forma de generar conocimiento más veraz que se conoce", apunta Díaz-Catalán.

"Pero lo que sí implica el populismo científico tiene que ver con que hay una desconfianza acerca de lo que rodea la ciencia, tanto en la elección de temas como en los actores con los que juega la ciencia, que pueden ser empresariales, políticos, etc.", insiste.

La responsabilidad del periodismo científico

Según el informe, los factores que más influyen en la intención de compartir desinformación científica son el pensamiento conspirativo, las actitudes populistas hacia la ciencia y el consumo pasivo de noticias, es decir, la creencia de que no es necesario buscar información porque llegará sola a través de las redes sociales.

Esto se traduce en una confianza en las propias habilidades y, a su vez, desconfianza en las habilidades de los demás. "Si yo pienso que la gente no es capaz de diferenciar entre información veraz y bulos, lo que voy a pedir es un mayor nivel de regulación pública", afirma Pablo Cabrera Álvarez a SINC.

La percepción generalizada del daño que genera la desinformación se traduce en una demanda de intervención pública. El 63,5% de la sociedad apoya que el Gobierno adopte medidas para restringir la información falsa online, aunque eso implique limitar la libertad de prensa; mientras que solo el 36,2% prioriza la protección de la libertad de prensa aún a costa de permitir la circulación de información falsa.

"Una de las principales razones por esta desconfianza en los medios de comunicación es la falta de distinción entre lo que son las opiniones y lo que son los datos y las evidencias", indica Díaz-Catalán a SINC. "La mayoría de la gente no hace esta distinción, según hemos revelado con este estudio. Para generar más confianza, y ahí es donde destaca el papel del periodismo científico, es importante ofrecer una mayor alfabetización mediática y destacar la importancia de las fuentes".

Referencia:

"Desinformación científica en España". FECYT, IBERIFIER 2026.