Déborah García Bello | Editorial Planeta

La doctora en Química que planta cara a la desconfianza: “Me da más miedo un médico diciendo tonterías que un político”

Hablamos con Déborah García Bello, doctora en Química y divulgadora. Acaba de publicar Diario de un laboratorio, un ensayo que sale en defensa de la ciencia.

   | 09/06/2026

Después de un día de playa te subes al coche. Lleva horas abandonado en el aparcamiento, cocinándose al sol. El volante quema. Los cinturones son trampas de calor. Bajas las ventanillas y el aire del mar entra a borbotones. Sacas la mano. A medida que el coche gana velocidad, notas cómo el viento se vuelve más intenso. Se desliza entre los dedos, rodea la palma, se adapta a su forma. Como si fuera un guante invisible.

Otro verano. Otra escena. Tienes doce años y pasas las vacaciones en casa de tus abuelos. Entonces aparece él. Un chico de piel dorada por el sol, brillante como si alguien le hubiera dado una capa de barniz. Huele a colonia, una que recordarás durante décadas. Lo ves acercarse y algo sucede. El corazón empieza a galopar. El estómago se llena de mariposas.

Hay otro placer de verano. El olor a tierra mojada cuando estalla una tormenta después de días de calor insoportable. O incluso unos segundos antes, cuando el cielo ya se ha oscurecido y la lluvia todavía no ha caído. Ese aroma que abre una puerta secreta en la memoria y te devuelve de golpe a lugares que creías olvidados.

La magia de la química

Detrás de todas esas escenas —la mano atravesando el viento, el vértigo de un primer enamoramiento, el perfume de la lluvia sobre la tierra— no hay magia. Hay química.

De eso trata Diario de laboratorio, el nuevo libro de la doctora en Química Deborah García Bello. De mirar la vida cotidiana como quien levanta el telón de un escenario. De descubrir las reacciones que trabajan entre bambalinas mientras nosotros seguimos adelante sin advertirlas. Las pequeñas explosiones moleculares que explican por qué el aire acaricia una mano, por qué el amor nos vuelve imprudentes y por qué la lluvia puede oler a recuerdos.

De eso trata 'Diario de laboratorio', de mirar la vida cotidiana como quien levanta el telón de un escenario

El libro lo explica todo. Cuando sacas la mano por la ventanilla y el viento te golpea la piel, lo que sientes son millones de átomos chocando contra ti. El aire parece invisible, inmaterial, pero basta ponerlo en movimiento para que revele su presencia.

Cuando observas a aquel chico, es la noradrenalina la que dispara el pulso y la dopamina la que inunda el cerebro con una euforia que no tiene palabras. Y el olor de la lluvia también tiene nombre: petricor. Una palabra hermosa para un fenómeno igual de hermoso. Ocurre cuando ciertas bacterias del suelo liberan compuestos que las primeras gotas dispersan en el aire.

Un libro para defender a la ciencia

Tras años explicando la química en periódicos, radio, platós de televisión y redes sociales, y tras publicar libros como Todo es cuestión de química, García Bello sintió la necesidad de cambiar de registro. Quería dejar atrás el ascetismo del laboratorio y escribir un libro capaz de escapar de la estantería de ciencia.

"Quería utilizar la ciencia y la química como una figura de estilo"

Un libro que pudiera convivir con un ensayo filosófico o incluso con una novela. "Quería utilizar la ciencia y la química como una figura de estilo", explica en conversación con laSexta.

Diario de laboratorio no sólo ilumina los procesos invisibles de una vida corriente. También se adentra en una de las grandes tensiones de nuestro tiempo: la relación cada vez más desconfiada entre la ciencia y la sociedad. García Bello incluso le pone nombre a ese fenómeno: el "efecto Frankenstein". La tendencia a contemplar los avances científicos no como una promesa de progreso, sino como una amenaza en potencia.

Los caballos de Troya de la ciencia

Esta desconfianza, sostiene García Bello, no nació con las redes sociales ni con los líderes políticos actuales que hoy convierten los hechos en una cuestión de opinión. Sus raíces son mucho más antiguas. "El agujero de la capa de ozono, Chernóbil, la talidomida...", enumera. "Hubo una serie de desastres concentrados en un periodo relativamente corto que hicieron que se difuminase todo lo positivo que la ciencia había aportado”.

Una herida que, décadas después, sigue abierta. "Esos temores se contagian entre generaciones", lamenta. "Aunque hables con alguien que nació después de 1986, cuando ocurrió Chernóbil, ese miedo sigue latiendo".

"Cada vez hay más libros escritos por científicos que hablan de todo lo que se hace mal"

Lo que más preocupa a García Bello es que algunos de los principales alimentadores de ese miedo no sean políticos, agitadores de redes sociales ni algoritmos. Están mucho más cerca. Habitan los mismos espacios donde se produce el conocimiento.

Los llama los "caballos de Troya" de la ciencia: divulgadores y científicos que han convertido la crítica a la investigación en un género de éxito. "Cada vez hay más libros escritos por científicos que hablan de todo lo que se hace mal. Del lado oscuro de la industria farmacéutica, de la tecnología, de la investigación".

Las cuatro alarmas del siglo XXI

Precisamente por la autoridad que se les presupone, la doctora cree que su responsabilidad es mayor. "Si un político mete la pata o dice un disparate, pienso: ‘Qué pena que tengamos un político que crea estas cosas’. En cambio, si un científico, un médico o alguien con un doctorado dice una barbaridad, la gente le va a creer".

Ese clima de sospecha acaba proyectándose sobre determinadas tecnologías, convertidas casi automáticamente en motivo de alarma. Si el "efecto Frankenstein" tiene rostro, García Bello cree que hoy adopta cuatro formas distintas: la energía nuclear, la inteligencia artificial, los organismos modificados genéticamente y los plásticos.

"La IA está ayudando a diagnosticar enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer"

Cuatro palabras que suelen aparecer asociadas al miedo antes que a la esperanza. Cuatro tecnologías convertidas, a menudo, en los villanos perfectos de nuestro tiempo.

Lejos de sumarse a este relato, García Bello prefiere cambiar el foco: "¿Por qué no abrimos un informativo contando que la inteligencia artificial está ayudando a diagnosticar enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer?" o también escribe: "Permite desde el uso y reparto eficiente de la energía hasta la optimización de cultivos".

Un discurso a contrapelo

Divulgar estos temas no siempre resulta cómodo, advierte. Hay asuntos en los que el divulgador cuenta con el respaldo de la opinión pública. En otros debe enfrentarse a ideas profundamente arraigadas. García Bello conoce bien esa resistencia. La ha experimentado de primera mano en uno de los frentes más controvertidos: la defensa de los plásticos.

"Después del COVID-19, la gente que desconfiaba de las vacunas sigue desconfiando"

Durante la pandemia creyó que algo podía cambiar. Pensó que la vacuna contra la COVID-19 sería el "gran golpe sobre la mesa" de la ciencia. No pasó. "La gente que desconfiaba de las vacunas sigue desconfiando. La que desconfiaba de la ciencia sigue desconfiando. Incluso hay quien sigue pensando que la pandemia no fue una pandemia", apunta.

Otra idea recorre su discurso a contrapelo: que el cambio climático es, en el fondo, una responsabilidad individual, cuando en realidad exige respuestas de una escala completamente distinta. "Como ciudadano, tú no vas a parar el cambio climático. No vas a salvar el mundo por usar una bolsa de papel ni por tener un coche eléctrico", señala.

"Como ciudadano no vas a salvar el mundo por usar una bolsa de papel ni por tener un coche eléctrico"

No lo dice para restar importancia a los hábitos individuales. Lo dice porque cree que el foco suele colocarse en el lugar equivocado. "Es una forma muy fácil de que nuestros dirigentes se laven las manos", lamenta.

Para García Bello, las decisiones que realmente marcan la diferencia se toman en otra dimensión: en los planes energéticos de un país, en la gestión de los residuos, en las políticas industriales o en las infraestructuras que determinan cómo producimos y consumimos energía. Es allí, sostiene, donde se juega buena parte de la partida.

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