"Qué bonito es el amor"

Loquillo se 'declara' a Jordi Évole, anillo en mano, en un mirador de Barcelona: "Sí, quiero"

Se conocen desde hace tiempo y entre ellos hay chispa. Eso es innegable. Loquillo está a punto de dar un paso más allá con Évole en este mirador de Barcelona, con la ciudad a sus pies. Pero el presentador tiene una boca como un buzón y casi se carga este momento tan romántico.

La escena final entre Jordi Évole y Loquillo en Lo de Évole tiene algo de fábula urbana con giro cómico. Arranca como un paseo nostálgico por una Barcelona reconstruida a base de recuerdos -calles actuales, memoria de otro tiempo- y termina convertida en una declaración de amistad con pulla dental incluida.

El cantante se suelta sin demasiados filtros: repasa su postura política en los 90, habla de publicidad, de drogas, de lo que de verdad se esconde detrás de 'Cadillac solitario' y, en un giro inesperado, propone a Jordi que se suba a un escenario como su telonero. Todo muy Loquillo: intensidad, ironía y un punto de provocación.

El clímax llega en un mirador con vistas a un parking donde una vez hubo un escenario, con la ciudad desplegada a sus pies. El ambiente parece pedir violines, pero Loquillo decide afinar en otra clave. "¿Te estás poniendo romántico de golpe?", dispara, tanteando el terreno. Jordi no termina de ver por dónde va la cosa.

"Te tengo que decir una cosa. No sé si alguien te lo ha dicho, pero con el dinero que has ganado, ¿tú no te has podido poner unas funditas en las muelas esas que te faltan?", le responde el entrevistador, metiendo la pata.

La estocada es limpia. En cualquier otro guion, Loquillo se habría ido como la rubia de la canción que probó el asiento de atrás. Pero aquí no. El Loco sonríe, encaja y contraataca: "Las tengo de oro". Jordi no afloja: "Pero tienes un agujero".

"Hace un montón de tiempo que te conozco y...", insiste. Pero el rockero, le corta el paso con un cambio de tercio digno de escenario: "Es que he gastado todo mi dinero en esto... para ti."

Y entonces aparece el anillo. Risas, sorpresa y ese momento incómodo-maravilloso que solo funciona cuando hay química de verdad. La escena es digna de una comedia romántica de sobremesa: "Ay, qué bonito es el amor."

Y la guinda, servida por el propio Jordi, que se hace la pregunta y se concede la respuesta, sin necesidad de más testigos: "¿Quieres a Loquillo como amigo? Sí, quiero".

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