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ALERTA SANITARIA
Aunque se trata de una cepa con unas tasas de mortalidad mucho menores que otras variantes del ébola, no existen vacunas ni tratamientos específicos.
La reaparición del ébola en África ha vuelto a activar las alertas sanitarias internacionales. Tras detectarse nuevos contagios en República Democrática del Congo y Uganda, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado una emergencia de salud pública de importancia internacional. Aunque el virus no es nuevo, el foco de preocupación actual tiene nombre propio: la cepa Bundibugyo, una variante menos letal que otras formas del ébola, pero para la que todavía no existe una vacuna autorizada.
Según la OMS, la Bundibugyo es una de las variantes identificadas del virus del ébola, una enfermedad infecciosa grave que se transmite de animales a humanos y posteriormente entre personas mediante contacto estrecho con fluidos corporales, sangre u objetos contaminados. El virus pertenece a la familia de los filovirus y está compuesto por varias especies capaces de provocar brotes epidémicos.
Esta cepa fue identificada por primera vez en 2007, durante un brote registrado en el distrito de Bundibugyo, en Uganda, del que toma su nombre. Desde entonces, ha sido considerada una de las formas de ébola con menor capacidad letal en comparación con otras variantes.
Los expertos sitúan su tasa de mortalidad en torno al 20% y el 30%, una cifra considerablemente inferior a la de la cepa Zaire (la más mortífera), capaz de alcanzar porcentajes de letalidad mucho más elevados.
El problema es que mientras la cepa Zaire ya dispone de vacunas y tratamientos específicos, Bundibugyo todavía no cuenta con inmunización aprobada. Esta situación obliga a centrar la respuesta sanitaria en medidas de rastreo, aislamiento de contactos y control epidemiológico para frenar la transmisión.
La infección por la cepa Bundibugyo comparte síntomas con otras formas de ébola. El inicio suele ser repentino y se caracteriza por fiebre alta, dolor muscular, dolor de garganta, cansancio intenso y cefaleas.
También pueden aparecer vómitos, diarrea, erupciones cutáneas y complicaciones graves relacionadas con el funcionamiento del hígado y los riñones. En los casos más severos, el deterioro orgánico puede derivar en hemorragias internas.
El periodo de incubación oscila entre dos y 21 días, un margen que dificulta el control de brotes cuando no se detectan rápidamente los contactos estrechos de los pacientes infectados.