INVESTIGACIÓN

La vacuna contra la tuberculosis podría ayudar al cerebro a defenderse del alzhéimer

En un reciente estudio se demostró que se lograba reducir la temida proteína beta-amiloide.

Bacteria de la tuberculosis NIAID

Durante décadas, los libros de medicina describían el cerebro como una especie de fortaleza biológica. Mientras el resto del organismo convivía con un ejército de células inmunitarias patrullando continuamente en busca de virus y bacterias, el sistema nervioso central permanecía protegido tras una barrera casi infranqueable: la barrera hematoencefálica, una frontera que controlaba el paso de diferentes organismos. Aquella imagen demostró ser útil, pero incompleta.

Hoy sabemos que el cerebro posee su propio sistema inmunitario y que mantiene una conversación constante con el resto de las defensas del organismo. Esa comunicación podría desempeñar un papel decisivo en enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer, una patología que afecta ya a más de 55 millones de personas en todo el mundo y cuya incidencia podría superar los 130 millones de casos hacia 2050 debido al envejecimiento de la población. De hecho, cada tres segundos alguien en el planeta desarrolla algún tipo de demencia.

Ahora, un equipo de científicos del Mass General Brigham y la Facultad de Medicina de Harvard ha descubierto que una de las vacunas más antiguas que existen (la vacuna BCG contra la tuberculosis, desarrollada en 1921) parece modificar ese diálogo entre el sistema inmunitario y el cerebro. El estudio, publicado en Communications Medicine, ofrece una posible explicación biológica a una observación que llevaba años intrigando a los expertos: las personas vacunadas con BCG parecían desarrollar alzhéimer con menor frecuencia. Este fenómeno recibe el nombre de inmunidad entrenada.

A diferencia de la memoria inmunológica clásica, que depende principalmente de linfocitos T y B y reconoce patógenos específicos, la inmunidad entrenada consiste en una reprogramación funcional de células del sistema inmunitario innato, como monocitos y macrófagos. Tras la vacunación, estas células responden de forma más rápida y eficaz ante desafíos posteriores, incluso cuando no guardan relación con la tuberculosis. En cierto sentido es como un sistema de aduanas que guarda la foto de delincuentes del pasado y no les deja entrar. Lo que no estaba claro era si ese “control de fronteras” también alcanzaba al entorno inmunitario del cerebro.

Este órgano dispone de mecanismos inmunitarios muy especializados. Sus principales guardianas son las microglías, unas células que representan aproximadamente el 10% de todas las células cerebrales. Actúan como una mezcla entre centinelas, basureros y jardineros: eliminan restos celulares, destruyen microorganismos que consiguen atravesar la barrera hematoencefálica y ayudan a remodelar las conexiones entre neuronas durante toda la vida.

Pero no están solas. Además de la microglía, el cerebro cuenta con otras células inmunitarias residentes y mantiene una comunicación continua con el sistema inmunitario periférico mediante moléculas señalizadoras, los vasos linfáticos de las meninges y el líquido cefalorraquídeo, el fluido transparente que rodea el cerebro y la médula espinal.

En los últimos años, numerosos estudios han demostrado que ese diálogo es mucho más intenso de lo que se creía. Cuando el sistema inmunitario envejece o permanece crónicamente activado, también cambia el comportamiento de la microglía. Y esa alteración parece favorecer la acumulación de proteínas anómalas, la inflamación cerebral y la pérdida progresiva de neuronas características del alzhéimer.

Para averiguarlo, los autores del estudio, liderados por Marc Weinberg, siguieron durante un año a 23 voluntarios mayores de 55 años. Doce de ellos no presentaban biomarcadores compatibles con alzhéimer, mientras que once sí mostraban signos biológicos tempranos de la enfermedad. A todos se les administró la vacuna BCG y se analizaron periódicamente muestras de sangre y de líquido cefalorraquídeo.

Los resultados mostraron que, tras la vacunación, las células inmunitarias respondían con mayor intensidad cuando recibían nuevos estímulos, una señal compatible con la inmunidad entrenada. Lo más llamativo es que ese aumento de actividad no fue acompañado por un incremento de los marcadores inflamatorios.

Ese detalle resulta especialmente importante porque la inflamación crónica constituye uno de los factores que favorecen la neurodegeneración. Es decir, el sistema inmunitario parecía activarse... sin entrar en un estado inflamatorio perjudicial.

Pero el hallazgo más interesante apareció al analizar uno de los biomarcadores más conocidos del alzhéimer: la proteína beta-amiloide. Durante años se creyó que esta proteína era simplemente un residuo tóxico que se acumulaba entre las neuronas formando las famosas placas amiloides.

Hoy la situación es más compleja. La beta-amiloide parece cumplir también funciones fisiológicas, probablemente relacionadas con la defensa frente a microorganismos. El problema surge cuando comienza a acumularse de forma excesiva y deja de eliminarse correctamente.

En los participantes que todavía no mostraban signos biológicos de alzhéimer, los niveles de beta-amiloide disminuyeron de forma significativa en el líquido cefalorraquídeo mientras aumentaban en la sangre. El equipo de Weinberg señala que este cambio podría indicar que el cerebro estaba eliminando con mayor eficacia esta proteína hacia la circulación periférica.

Sin embargo, ese efecto desapareció en los participantes que ya presentaban biomarcadores compatibles con alzhéimer.

"El sistema inmunitario y el cerebro pueden estar mucho más conectados de lo que pensábamos – confirma Steven Arnold, coautor del estudio -. El siguiente paso será comprobar rigurosamente estos resultados en estudios más amplios y controlados, especialmente en prevención, donde el objetivo sería preservar la salud cerebral antes de que se desarrolle una enfermedad de Alzheimer significativa".

Como muchos estudios, se trata de un avance prometedor, pero todavía preliminar. Solo participaron 23 personas, todos recibieron la vacuna y no existió un grupo placebo con el que comparar los resultados. Además, los científicos evaluaron una estrategia concreta de vacunación en adultos mayores, por lo que los resultados no pueden extrapolarse a las vacunaciones infantiles realizadas en muchos países.

Será necesario realizar ensayos clínicos mucho más amplios para confirmar que los cambios observados en los biomarcadores terminan traduciéndose en una reducción real del riesgo de desarrollar alzhéimer. Pero lo interesante es que una vacuna diseñada hace más de cien años para combatir una bacteria podría ayudar a revelar uno de los mecanismos con los que el cerebro intenta protegerse del envejecimiento. ¿Habrá otras vacunas con efectos similares?